miércoles, 15 de enero de 2014

ENSAYO DE SÍNTESIS DE LOS ERRORES EN CURSO EN EL INTERIOR DE LA IGLESIA DESDE EL CONCILIO VATICANO II

En esta tercera entrega del libro "El golpe maestro de Satanás" 
de Monseñor Marcel Lefebvre
Vemos el desarrollo, luego de doce años 
de la finalización del Concilio Vaticano II,
y las consecuencias devastadoras del mismo en sus aplicaciones,
como también a algunos de sus principales ejecutores.


Juan XXIII y Paulo VI los Papas del Concilio Vaticano II

III

            Después de los doce años de periodo pos-conciliar, es más fácil realizar un ensayo de síntesis de los graves errores que ya en el Concilio y desde el Concilio infestan a la Iglesia y condicionan la actitud de aquéllos que tienen las más grandes responsabilidades en la Iglesia, a tal punto que para buen número de ellos uno puede legítimamente preguntarse si tienen todavía la fe católica y, en consecuencia, si tienen todavía su jurisdicción.

Me parece que se puede, razonable y objetivamente, pensar que los autores de esta mutación aparecida en la Iglesia con el Concilio Vaticano II han buscado con vigor este cambio teniendo como objetivo un nuevo humanismo, como lo querían ya los pelagianos, como lo hicieron los autores del Renacimiento.

Esas personas, ya antes del Concilio, cardenales Montini, Bea, Prings, Liénart, etc., estimaron que se debía buscar una vía nueva para universalizar a la Iglesia, para hacerla aceptable al mundo moderno tal como es con sus falsas filosofías, sus falsas religiones, sus falsos principios políticos y sociales.

Prefirieron dejar en la sombra la vía de la Fe, demasiado intolerante para el error y el vicio, demasiado ventajosa para la Iglesia Católica Romana y, en consecuencia, demasiado exigente, que obliga a un combate y a una vigilancia continuos al ubicar a la Iglesia y al "mundo" en un estado de perpetua hostilidad.

Esa vía nueva no podía ser sino un renacimiento de un humanismo acogedor para todo lo que es o aparece humanamente bueno y aceptable en el error y el vicio. En esta óptica, podría realizarse una unión universal de todas las culturas y las ideologías bajo - la égida de la Iglesia.

Se imagina inmediatamente lo que representa como alejamiento de la Fe tal designio: hay que desdibujar el pecado original, abandonar la idea de que únicamente la Iglesia Católica es la Verdad y la posee, que Ella es la única vía de salvación; que ningún acto es meritorio sin la unión con Nuestro Señor.

La Verdad no será más el criterio de la Unidad sino un "fondo común de sentimiento religioso", de pacifismo, de libertad, de reconocimiento de los derechos del hombre...

No se sabría insistir demasiado para mostrar cómo este nuevo humanismo no es sino el término de aquél del Renacimiento; después de varios siglos de naturalismo y, especialmente desde el siglo XVIII, los filósofos subjetivistas y ateos, al rechazar el pecado original y en consecuencia la necesidad de la Redención y de la Encarnación, negaron la Divinidad de Nuestro Señor, juntándose a muchas sectas protestantes.


El  liberalismo  católico  o  sedicente  católico ha obrado a modo de "caballo de Troya" para  hacer penetrar  esos  falsos  principios en el interior de la Iglesia.  Quisieron "desposar a la Iglesia con la Revolución".  Esos esfuerzos se abrieron camino ayudados por las sociedades secretas y los gobiernos laicos y democráticos;  los miembros más eminentes de la Iglesia fueron contaminados: teólogos, obispos, cardenales, seminarios, universidades han sido atraídos poco a poco por esas ideas universalistas, opuestas fundamentalmente a la fe católica.

Para la realización de este universalismo, es preciso suprimir lo que es específico de la Fe católica, que se opone necesariamente a ese "fondo común" que permite la unión universal.

El medio preconizado es "el ecumenismo".

El ecumenismo permitirá a todos los grupos humanos importantes, representativos de una religión o ideología, entrar en contacto con la Iglesia y manifestar a la Iglesia las condiciones que estiman deben exigir de la Iglesia para una unión universal.

Los mayores obstáculos son aquéllos que afirman y expresan la Verdad de la Iglesia, su unidad, la absoluta necesidad de la uni­dad en la Fe católica; que la Iglesia es la única vía de salvación; que posee el único Sacerdocio de Cristo; que proclama la nece­saria Realeza social de Nuestro Señor Jesu­cristo.

En consecuencia:

—hay que modificar la Liturgia;

—hay que modificar el Sacerdocio y la Jerarquía;

—hay que modificar la enseñanza del catecismo, la concepción de la Fe católica; de ahí el cambio del magisterio en las universidades, seminarios, escuelas, etc.;

—hay que modificar la Biblia y constituir una Biblia "ecuménica";

—hay que suprimir los Estados católicos y aceptar el "derecho común";

—hay que atenuar el rigor moral reemplazando la ley moral por la conciencia.

El principio que ayudará a reducir los obstáculos será el de la filosofía subjetiva, porque la filosofía del ser, la filosofía escolástica, obliga a la inteligencia a someterse a una realidad exterior, a Dios, a sus leyes, como la fe católica exige la adhesión de la inteligencia a las verdades reveladas, al Credo, al Decálogo, a las instituciones divinas.

La filosofía subjetiva deja la Verdad y la moral a la creatividad y a la iniciativa personal de cada individuo. Nadie puede ser obligado a adherir a la Verdad y a seguir la ley.

Esta concepción de la Verdad y de la ley moral vuelve las realidades relativas a las personas, a las sociedades, a las épocas. Ella está en la base de los Derechos del hombre.

Se puede advertir esta concepción en los documentos oficiales de la Iglesia y de los Episcopados.

La concepción de esta Fe subjetiva, conforme a la doctrina modernista, se encuentra en la mayoría de los nuevos catecismos, en los documentos de catequesis, en la nueva eclesiología: Iglesia viviente sumisa al Espíritu que la adapta a las condiciones modernas. El Pentecostalismo es una manifestación de ella.

Taizé comparte esta manera de concebir la religión.

El Espíritu se manifiesta en cada individuo de una manera diferente.

Las reformas que han sido impuestas a la Iglesia desde el Concilio se han realizado con este nuevo espíritu: la investigación, la crea­tividad, el pluralismo, la diversidad; espíritu que se opone radicalmente a la verdadera concepción de la Verdad y de la Fe, de tal modo, que únicamente esta concepción será combatida y considerada como inadmisible.

Porque es evidente que la Verdad es intolerante con el error, que la virtud no tolera al vicio, que la ley no tolera la licencia. Es preciso hacer una elección.

Hay que juzgar de esta manera todas las reformas cumplidas en nombre del Concilio y a justo título en nombre del Concilio, porque el Concilio ha abierto horizontes hasta entonces prohibidos por la Iglesia:

—admisión de los principios de un falso humanismo;

—libertad de cultura, de religión, de conciencia;

—respeto, cuando no es admisión del error, al mismo título que la verdad.

La suspensión de las excomuniones concernientes al error y la inmoralidad públicos es un estímulo cuyas consecuencias son incalculables.

Sería necesario estudiar cada reforma en particular para descubrir la aplicación de esos falsos principios en lo concreto.

Una de las más graves y más características es el cambio de actitud de la Santa Sede frente a la Realeza Social de Nuestro Señor Jesucristo. La modificación de los textos litúrgicos de la fiesta de Cristo Rey es significativa. El aliento a la laicidad de la Sociedad civil es una consecuencia inmediata de ello.


Ecône, 20 de junio de 1977




“…DESOBEDIENCIA APARENTE, PERO OBEDIENCIA REAL…”

Hacemos entrega aquí del segundo capítulo del libro de Monseñor Marcel Lefebvre titulado 
“El golpe maestro de Satanás”. Como el título lo indica, Monseñor nos dice en dónde está 
la verdadera obediencia y en qué consiste realmente.
El Concilio Vaticano II se valió de la “obediencia” para imponer sus nefastos cambios: 
Golpe maestro de Satanás

Monseñor Marcel Lefebvre


II

Querido Padre, hoy tenéis la alegría de celebrar la Santa Misa en medio de los vuestros, rodeado de vuestra familia, de vuestros amigos, y con gran satisfacción nos hallamos hoy cerca vuestro para deciros también toda nuestra alegría y todos nuestros augurios para vuestro apostolado futuro, por el bien que haréis a las almas.
Rezamos en este día especialmente a San Pío X, nuestro santo patrono, cuya fiesta celebramos hoy y que estuvo presente en todos vuestros estudios y en toda vuestra formación. Le pediremos que os dé un corazón de apóstol, un corazón de santo sacerdote como el suyo. Y puesto que estamos aquí, muy cerca de la ciudad de San Hilario y de Santa Radegunda y del gran cardenal Pie, ¡pues bien!, pediremos a todos estos protectores de la ciudad de Poitiers que vengan en vuestro auxilio para que sigáis su ejemplo, y para que conservéis, como ellos lo hicieron en tiempos difíciles, la Fe católica.
Habríais podido ambicionar una vida feliz, quizás fácil y cómoda en el mundo, puesto que habíais preparado ya estudios de medi­cina. Habríais podido, por consiguiente, de­sear otro camino que el que habéis escogido. Pero no, habéis tenido la valentía, incluso en nuestra época, de venir a pedir la formación sacerdotal en Ecône. Y, ¿por qué en Ecône? Porque allí habéis encontrado la Tradi­ción, porque allí habéis encontrado lo que correspondía a vuestra Fe. Esto fue para vos un acto de valentía que os honra.
Y es por eso que quisiera responder, con algunas palabras, a las acusaciones que se han hecho estos últimos días en los diarios locales a raíz de la publicación de la carta de monseñor Rozier, obispo de Poitiers. ¡Oh!, no para polemizar. Tengo buen cuidado de evitarlo, no tengo por costumbre el contestar a esas cartas y prefiero guardar silencio. Sin embargo, me parece que está bien el que os justifique porque en esa carta estáis im­plicado igual que yo. ¿Por qué ocurre esto? No a causa de nuestras personas, sino por la elección que hemos hecho. Somos incrimi­nados porque hemos elegido la supuesta vía de la desobediencia. Pero se trataría de que nos entendamos precisamente sobre lo que es la vía de la desobediencia. Pienso que po­demos en verdad decir que si hemos elegido la vía de la desobediencia aparente, hemos elegido la vía de la obediencia real.
Entonces pienso que aquéllos que nos acu­san han elegido quizás la vía de la obedien­cia aparente pero de la desobediencia real. Porque los que siguen la nueva vía, los que siguen las novedades, los que se adhieren a unos principios nuevos, contrarios a los que nos fueran enseñados en nuestro catecismo, contrarios a los que nos fueran enseñados por la Tradición, por todos los Papas y por todos los Concilios, esos tales han elegido la vía de la desobediencia real.
Porque no se puede decir que se obedece hoy a, la autoridad desobedeciendo a toda la
Tradición.
La señal de nuestra obediencia es precisamente seguir la Tradición, ésa es la
señal de nuestra obediencia: "Jesús
Christus heri, hodie et in saecula". Jesucristo ayer,
hoy y por todos los siglos.
No se puede separar a Nuestro Señor Jesu­cristo. No se puede decir que se obedece a Jesucristo de hoy y que no se obedece a Je­sucristo de, ayer, porque entonces no se obedece a Jesucristo de mañana. Esto es muy importante. Por ello no podemos decir: nosotros desobedecernos al Papa de hoy y por ello mismo desobedecemos también a los de ayer. Nosotros obedecernos a los de ayer, por consiguiente, obedecemos al de hoy y por consiguiente obedecemos a los de ma­ñana. Porque no es posible que los Papas no enseñen la misma cosa, no es posible que los Papas se desdigan, que los Papas se con­tradigan.
Y es por ello que estamos persuadidos de que siendo fieles a todos los Papas de ayer, a todos los Concilios de ayer, somos fieles al Papa de hoy, al Concilio de hoy y al Concilio de mañana y al Papa de mañana. Una vez más: "Jesús Christus heri, hodie et in saecu-la". Jesucristo ayer, hoy y por todos los siglos.
Y si hoy, por un misterio de la Providen­cia, un misterio que para nosotros es inson­dable, incomprensible, estarnos en una apa­rente desobediencia, realmente no estamos en la desobediencia, estamos en la obe­diencia.
¿Por qué estamos en la obediencia? Por­que creemos en nuestro Catecismo, porque tenemos siempre el mismo Credo, el mismo Decálogo, la misma Misa, los mismos Sacra­mentos, la misma oración: el Padre Nuestro de ayer, de hoy y de mañana. He ahí por qué estamos en la obediencia y no en la des­obediencia.
Por el contrario, si estudiamos lo que se enseña hoy en la nueva religión, advertimos que ellos ya no tienen la misma Fe, el mismo Credo, el mismo Decálogo, la misma Misa, los mismos Sacramentos, ya no tienen el mismo Padre Nuestro. Basta abrir los cate­cismos de hoy para darse cuenta de ello, basta leer los discursos que se pronuncian en nuestra época para darnos cuenta de que aquéllos que nos acusan de estar en la des­obediencia son ellos quienes no siguen a los Pupas,   son   ellos   quienes   no   siguen   a   los Concilios, son ellos quienes están en la desobe­diencia. Porque no se tiene el derecho a cambiar nuestro Credo, a decir que hoy los Ángeles no existen, a cambiar la noción del pecado original, a afirmar que la Virgen ya no es más la siempre virgen, y así con lo demás.
No hay derecho a reemplazar el Decálogo, por los Derechos del hombre; ahora bien y hoy ya no se habla sino de los Derechos del hombre y no se le habla de sus deberes que constituyen el Decálogo. ¡Aún no hemos vis­to que en nuestros catecismos debamos re­emplazar el Decálogo por los Derechos del hombre!... Y esto es muy grave. Se ataca a los Mandamientos de Dios, ya no se defiende a todas las leyes que conciernen a la fami­lia y así con lo demás.
La Santísima Misa, por ejemplo, que es el  resumen de nuestra Fe, que es precisamente nuestro catecismo viviente, la Santísima Mi­sa está desnaturalizada, se ha vuelto equí­voca, ambigua. Los protestantes pueden de­cirla, los católicos pueden decirla.
A este propósito, nunca he dicho y nunca he seguido a quienes han dicho que todas las Misas nuevas son Misas inválidas. No he dicho nunca cosa semejante, pero creo que, en efecto, es muy peligroso habituarse a se­guir la Misa nueva porque ya no representa nuestro catecismo de siempre, porque hay nociones que se han vuelto protestantes y que han sido introducidas en la nueva Misa.
Todos los Sacramentos han sido, en cierta manera, desnaturalizados, se han vuelto co­mo una iniciación a una colectividad reli­giosa. Los Sacramentos no son eso. Los Sacramentos nos dan la gracia y hacen desa­parecer en nosotros nuestros pecados y nos dan la vida divina, la vida sobrenatural. No estamos sólo en una colectividad religiosa puramente natural, puramente humana.
Es por ello que estamos adheridos a la Santa Misa. Y estamos adheridos a la Santa Misa porque es el catecismo viviente. No es únicamente un catecismo que está escrito e impreso sobre páginas que pueden desapa­recer, sobre páginas que no dan la vida en la realidad. Nuestra Misa es el catecismo vi­viente, es nuestro Credo viviente. El Credo no es otra cosa que la historia, yo diría, el canto en cierta manera de la redención de nuestras almas por Nuestro Señor Jesucristo. Cantamos las alabanzas de Dios, las alaban­zas de Nuestro Señor, nuestro Redentor, nuestro Salvador que se hizo Hombre para derramar su sangre por nosotros y así dio nacimiento a su Iglesia, al Sacerdocio, para que la Redención continúe, para que nues­tras almas sean lavadas en la Sangre de Nuestro Señor Jesucristo por el Bautismo, por todos los Sacramentos, y para que así tengamos participación de la naturaleza de Nuestro Señor Jesucristo mismo, de su na­turaleza divina por medio de su naturaleza humana y para que seamos admitidos en la familia de la Santísima Trinidad por toda la eternidad.
He ahí nuestra vida cristiana, he ahí nues­tro Credo. Si la Misa ya no es más la con­tinuación de la Cruz de Nuestro Señor, del signo de su Redención, no es más la realidad de su Redención, no es más nuestro Credo. Si la Misa no es más que una comida, una eucaristía, un reparto, si uno puede sentarse alrededor de una mesa y pronunciar simple­mente las palabras de la Consagración en medio ele la comida, esto ya no es más nues­tro Sacrificio de la Misa. Y si ya no es más el Santo Sacrificio de la Misa, lo que se realiza ya no es la Redención de Nuestro Señor Jesucristo.
Necesitamos la Redención de Nuestro Se­ñor, necesitamos la Sangre de Nuestro Señor. No podemos vivir sin la Sangre de Nuestro Señor Jesucristo. Él vino a la tierra para darnos su Sangre, para comunicarnos Su Vida. Hemos sido creados para eso, y nues­tra Santa Misa nos da la Sangre de Nuestro Señor Jesucristo. Su Sacrificio continúa real­mente, Nuestro Señor está realmente pre­sente con su Cuerpo, con su Sangre, con su Alma y con su Divinidad.
Para esto Él creó el Sacerdocio y para esto hay nuevos sacerdotes. Y es por ello que queremos hacer sacerdotes que continuarán la Redención de Nuestro Señor Jesucristo. Toda la grandeza, la sublimidad del Sacer­docio, la belleza del sacerdote es celebrar la Santa Misa, pronunciar las palabras de la Consagración, hacer descender a Nuestro Se­ñor Jesucristo sobre el altar, continuar Su Sacrificio ele la Cruz, derramar Su Sangre sobre las almas por el Bautismo, por la Euca­ristía, por el Sacramento de la Penitencia. ¡Oh! la hermosura, la grandeza del sacerdo­cio, ¡una grandeza de la cual no somos dig­nos! de la cual ningún hombre es digno. Nuestro Señor Jesucristo ha querido hacer esto.   ¡Qué grandeza!  ¡Qué sublimidad!
Y esto es lo que han comprendido nues­tros jóvenes sacerdotes. Estad seguros de que ellos lo han comprendido. Han amado la Santa Misa durante todo su seminario. Han penetrado su misterio. No penetrarán nunca su misterio de una manera perfecta incluso si Dios nos concediera una larga vida aquí abajo. Pero aman su Misa y pienso que han comprendido y que comprenderán siem­pre mejor que la Misa es el sol de su vida, la razón de ser de su vida sacerdotal para dar Nuestro Señor Jesucristo a las almas y no simplemente para partir un pan de la amis­tad en el cual ya no se encuentra Nuestro Señor Jesucristo. Y por consiguiente la gra­cia ya no existe en unas Misas que serían puramente una Eucaristía, puramente signi­ficación y símbolo de una especie de caridad humana entre nosotros.
He ahí por qué estamos aferrados a la Santa Misa. Y la Santa Misa es la expresión del Decálogo. ¿Qué es el Decálogo sino el amor de Dios y el amor del prójimo? ¿Qué realiza mejor el amor de Dios y el amor del prójimo sino el Santo Sacrificio de la Misa? Dios recibe toda gloria por Nuestro Señor Jesucristo y por su Sacrificio. No puede haber acto de caridad más grande hacia los  hombres que el Sacrificio de Nuestro Señor. Él mismo, Nuestro Señor Jesucristo, lo dice: ¿hay un acto más grande de caridad que dar su vida por aquéllos a quienes se ama?
Por consiguiente, se realiza en el Sacrificio de la Misa el Decálogo: el acto más grande de amor que Dios pueda tener de parte de un hombre y el acto más grande de amor que podamos tener de parte de Dios para con nosotros. He ahí lo que es el Decálogo: es nuestro catecismo viviente. El Santo Sacrifi­cio de la Misa está allí continuando el Sa­crificio de la Cruz. Los Sacramentos no son sino la irradiación del Sacramento de la Eucaristía. Todos los Sacramentos, son, en cierta manera, como satélites del Sacramento de la Eucaristía. Desde el Bautismo hasta la Extremaunción, pasando por todos los de­más sacramentos, no son sino la irradiación de la Eucaristía, porque toda gracia viene de Jesucristo que está presente en la Sagrada Eucaristía.
Ahora bien, el sacramento y el sacrificio están íntimamente unidos en la Misa. No se puede separar el sacrificio del sacramento. El Catecismo del Concilio de Trento explica esto magníficamente. Hay dos grandes reali­dades en el Sacrificio de la Misa: el sacri­ficio y el sacramento, el sacramento depen­diente del sacrificio, fruto del sacrificio.
Esto es toda nuestra santa religión y por ello estamos aferrados a la Santa Misa. Com­prenderéis ahora mejor quizás de lo que lo comprendisteis hasta hoy por qué defendemos esta Misa, la realidad del Sacrificio de la Misa. Ella es la vida de la Iglesia y la razón de ser de la Encarnación de Nuestro Señor Jesucristo. Y la razón de ser de nues­tra existencia es unirnos a Nuestro Señor Jesucristo en el Sacrificio de la Misa. En­tonces, si se quiere desnaturalizar nuestra Misa, arrancarnos en cierto modo nuestro Sacrificio de la Misa, ¡comenzamos a gritar! Estamos siendo desgarrados y no queremos que se nos separe del Santo Sacrificio de la Misa.
He aquí por qué mantenemos firmemente nuestro Sacrificio de la Misa. Y estamos per­suadidos de que nuestro Santo Padre el Papa no lo ha prohibido y no podrá nunca prohibir que se celebre el Santo Sacrificio de la Misa de siempre.   Por otra parte, el Papa San Pío V dijo de manera solemne y definitiva, que suceda lo que suceda en el futuro no se podría nunca impedir a un sacerdote la celebración de este Sacrificio de la Misa y que todas las excomuniones, todas las sus­pensiones, todas las penas que podrían so­brevenir a un sacerdote por el hecho de cele­brar  este Santo Sacrificio  serían nulas de pleno derecho.  Para el porvenir: "in futuro, in perpetuum".
Por consiguiente, tenemos la conciencia tranquila, pase lo que pase. Si podemos es­tar con la apariencia de la desobediencia, estamos en la realidad de la obediencia. He aquí nuestra situación. Y conviene que la digamos, que la expliquemos, porque somos nosotros los que continuamos la Iglesia. Los que desnaturalizan el Sacrificio de la Misa, los Sacramentos, nuestras oraciones, los que ponen los Derechos del hombre en lugar del Decálogo, que transforman nuestro Credo, son ellos quienes están en la realidad de la desobediencia. Ahora bien, esto es lo que se hace por los nuevos catecismos de hoy. Es por eso que sentimos una pena profunda de no estar en perfecta comunión con los auto­res de estas reformas... ¡y lo lamentarnos infinitamente! Quisiera ir de inmediato a ver a monseñor Rozier para decirle que es­toy en perfecta comunión con él. Pero me es imposible, si monseñor Rozier condena esta Misa que celebramos, poder estar en comunión con él, pues esta Misa es la de la Iglesia. Y los que rechazan esta Misa ya no están en comunión con la Iglesia de siempre.
Es inconcebible que obispos y sacerdotes que fueron ordenados para esta Misa y con esta Misa, que la han celebrado durante qui­zás veinte, treinta años de su vida sacerdotal, la persigan ahora con un odio implacable, nos echen de las iglesias, nos obliguen a decir Misas acá, al aire libre, cuando están hechas para ser celebradas, precisamente, en esas iglesias construidas para decir esas Misas. Y, ¿no es verdad que monseñor Rozier mis­mo dijo a uno de vosotros que si fuéramos herejes y cismáticos nos daría iglesias para celebrar nuestras Misas? Es una cosa inve­rosímil. Y por consiguiente, si ya no estuvié­ramos en comunión con la Iglesia y fuéra­mos herejes o cismáticos, monseñor Rozier nos daría iglesias. Así pues, es evidente que estamos todavía en comunión con la Iglesia.
He ahí una contradicción en su actitud que los condena. Saben perfectamente que esta­mos en la verdad, porque no se puede estar fuera de la verdad cuando se continúa lo que se hizo durante dos mil años, porque se cree únicamente en lo que se creyó durante dos mil años. Esto no es posible.
Una vez más, debemos repetir esta frase y repetirla siempre: "Jesús Christus heri, hodie et in saecula". Si estoy con Jesucristo de ayer, estoy con Jesucristo de hoy y estoy con Jesucristo de mañana. No puedo estar con Jesucristo de ayer sin estar con Aquél de mañana. Y porque nuestra Fe es la del pa­sado lo es también la del futuro. Si no esta­mos con la Pe del pasado, no estamos con la Fe del presente, no estamos con la Fe del porvenir. He ahí lo que es necesario creer siempre, he ahí lo que es necesario mantener a toda costa y sin lo cual no podemos sal­varnos.
Pidámoslo hoy de manera particular para estos queridos sacerdotes, para este querido padre, a los santos protectores del Poitou: en especial, a San Hilario, a Santa Radegunda que tanto amó la Cruz —fue ella quien trajo aquí, a esta tierra de Francia la pri­mera reliquia de la verdadera Cruz; ella amaba la Cruz y tenía una gran devoción por el Sacrificio de la Misa—, y, finalmente, al Cardenal Pie que fue un admirable defensor de la Fe católica durante el siglo pasado. Pidamos a estos protectores del Poitou nos concedan la gracia de combatir sin odio, sin rencor.
No seamos nunca de aquéllos que buscan polemizar, desunir y dañar al prójimo. Amé­moslos de todo corazón pero mantengamos nuestra Fe. Mantengamos a toda costa la Fe en la divinidad de Nuestro Señor Jesucristo.
Pidámoslo a la Santísima Virgen María. Ella no puede no haber tenido la fe perfecta en la divinidad de su Divino Hijo. Ella lo amó con todo su corazón, Ella estuvo pre­sente en el Santo Sacrificio de la Cruz. Pi­dámosle la Fe que Ella tenía. En el nombre del Padre...


(Homilía en Poitiers, 2 de setiembre de 1977)

martes, 14 de enero de 2014

EL GOLPE MAESTRO DE SATANÁS


Comenzamos hoy a publicar un pequeño libro de Monseñor Marcel  Lefebvre,
“El golpe maestro de Satanás”
El cual es, en realidad, una serie de charlas, sermones, y escritos varios
 en donde notamos la caridad y la prudencia con que se manejó Monseñor
en sus primeros tratos con Roma.
Escritos entre los años 1975 y 1977, denuncian ya  la gravedad de los dichos y
hechos realizados por las más altas jerarquías  de Roma,  
a partir del Concilio Vaticano II,
los cuales fueron minando y destruyendo 
la Doctrina milenaria de la Iglesia Católica
hasta llegar al punto en donde nos hallamos hoy:
Una nueva religión que insiste en seguir llamándose Católica
Pero  que reúne en sí todas las herejías ya condenadas 
por todos los Papas anteriores.
En este combate por la fidelidad a la Tradición y al depósito de la Fe 
Monseñor Lefebvre irá reafirmando su posición inicial 
al chocar con el endurecimiento y la obcecación
de los que ocupan Roma.


Portada del libro publicado en 1981
Por Editorial ICTION

I
            Sabemos por el Génesis y mejor aún por Nuestro Señor mismo que Satanás es el pa­dre de la mentira. En el versículo 44, capí­tulo 8 del Evangelio de San Juan, Nuestro Señor apostrofa a los judíos diciéndoles:
"El diablo es vuestro padre y vosotros queréis cumplir sus deseos. Desde siem­pre él es homicida y permanece fuera de la Verdad, puesto que no hay verdad en él, su palabra es mentirosa porque mien­te por naturaleza, ya que es mentiroso y padre de la mentira..."
Satanás es homicida en las persecuciones sangrientas, padre de la mentira en las here­jías, en todas las falsas filosofías y en las palabras equívocas que están en la base de las revoluciones, de las guerras mundiales, de las guerras civiles.
No cesa de atacar a Nuestro Señor en su cuerpo místico: la Iglesia. En el curso de la Historia ha empleado todos los medios, de los cuales uno de los últimos y más terribles ha sido la apostasía oficial de las sociedades civiles. El laicismo de los Estados ha sido y es siempre un escándalo inmenso para las almas de los ciudadanos. Y es por ese sub­terfugio que ha logrado laicizar poco a poco y hacer perder la fe a numerosos miembros de la Iglesia, a tal punto que esos falsos prin­cipios de separación de la Iglesia y el Estado, de la libertad de las religiones, del ateísmo político, de la autoridad que toma su origen de los individuos, han terminado por invadir los seminarios, los presbiterios, los obispa­dos y hasta el Concilio Vaticano II.
Para hacer eso, Satanás ha inventado pala­bras claves que han permitido que los erro­res modernos y modernistas penetraran en el Concilio: la libertad se ha introducido me­diante la Libertad religiosa o Libertad de las religiones; la igualdad, mediante la Colegia-lidad, que introduce los principios del igua­litarismo democrático en la Iglesia y, final­mente, la fraternidad mediante el Ecume-nismo que abraza todas las herejías y erro­res y tiende la mano a todos los enemigos de la Iglesia. El golpe maestro de Satanás será, por consiguiente, difundir los principios re­volucionarios introducidos en la Iglesia por la autoridad de la misma Iglesia,, poniendo a esta autoridad en una situación de incohe­rencia y de contradicción permanente; mien­tras que este equívoco no sea disipado, los desastres se multiplicarán en la Iglesia. Al tomarse equívoca la liturgia, se torna equí­voco el sacerdocio, y habiendo ocurrido lo mismo con el catecismo, la Fe, que no puede mantenerse sino en la verdad, se disipa. La jerarquía de la Iglesia misma vive en un equívoco permanente entre la autoridad per­sonal, recibida por el sacramento del Orden y la Misión de Pedro o del Obispo y los prin­cipios democráticos.

Es preciso reconocer que la jugarreta ha sido bien hecha y que la mentira de Satanás ha sido utilizada maravillosamente. La Igle­sia va a destruirse a sí misma por vía de la obediencia. La Iglesia va a convertirse al mundo hereje, judío, pagano, por obedien­cia, mediante una Liturgia equívoca, un cate­cismo ambiguo y lleno de omisiones y de instituciones nuevas basadas sobre princi­pios democráticos.

Las órdenes, las contraórdenes, las circu­lares, las constituciones, las cartas pastora­les serán tan bien manipuladas, tan bien or­questadas, sostenidas por la omnipotencia de los medios de comunicación social, por lo que queda de los movimientos de Acción Católica, todos marxistizados, que todos los fieles honrados y los buenos sacerdotes re­petirán con el corazón roto pero consintien­do: ¡Hay que obedecer! ¿A quién, a qué? No se sabe exactamente: ¿a la Santa Sede, al Concilio, a las Comisiones, a las Conferen­cias Episcopales? Uno aquí se pierde como en los libros litúrgicos, en los ordos diocesa­nos, en la inextricable maraña de los cate­cismos, de las oraciones del tiempo actual, etcétera. Hay que obedecer, con peligro de volverse protestante, marxista, ateo, budista, indiferente, ¡poco importa! hay que obede­cer a través de las negaciones de los sacer­dotes, la inoperancia de los obispos, salvo pa­ra condenar a quienes quieren conservar la Fe, a través del matrimonio de los consagrados a Dios, de la comunión a los divorciados, de la intercomunión con los herejes, etc. ¡hay que obedecer! ¡Los seminarios se vacían y se venden igual que los noviciados, las casas religiosas y las escuelas; se saquean los te­soros de la Iglesia, los sacerdotes se secula­rizan y se profanan en su vestimenta, en su lenguaje, en su alma!... hay que obedecer. Roma, las Conferencias Episcopales, el Sí­nodo presbiteral lo quieren. Es lo que todos los ecos de las Iglesias, de los diarios, de las revistas repiten: aggiomamento, apertura al mundo. Desgraciado sea él que no consiente. Tiene derecho a ser pisoteado, calumniado, privado de todo lo que le permitía vivir. Es un hereje, es un cismático, que merece úni­camente la muerte.

Satanás ha logrado verdaderamente un gol­pe maestro: logra hacer condenar a quienes conservan la fe católica por aquéllos mismos que debieran defenderla y propagarla.

Ya es tiempo de encontrar de nuevo el sen­tido común de la fe, de reencontrar la verda­dera obediencia a la verdadera Iglesia, ocul­ta bajo esa falsa máscara del equívoco y la mentira. La verdadera Iglesia, la Santa Sede verdadera, el Sucesor de Pedro, los Obis­pos en cuanto sometidos a la Tradición de la Iglesia, no nos piden y no pueden pedirnos que nos volvamos protestantes, marxistas o comunistas. Ahora bien, se podría creer al leer ciertos documentos, ciertas constitucio­nes, ciertas circulares, ciertos catecismos que se nos pide que abandonemos la verdadera Fe en nombre del Concilio, de Roma, etcétera.

Debemos negarnos a volvernos protestan­tes, a perder la Fe y a apostatar como lo hizo la sociedad política después de los errores difundidos por Satanás en la Revolución de 1789. Nos rehusamos a apostatar, aunque fuera en nombre del Concilio, de Roma, de las Conferencias Episcopales.

Permanecemos adheridos, por sobre todo, a todos los Concilios dogmáticos que han de­finido a perpetuidad nuestra Fe. Todo cató­lico digno de este nombre debe rechazar todo relativismo, toda evolución de su fe en el sentido de que lo que ha sido definido solem­nemente por los Concilios en otros tiempos dejaría de ser válido hoy y podría ser modi­ficado por otro Concilio, con mayor razón si es tan sólo pastoral.

La confusión, la imprecisión, las modifica­ciones de los documentos sobre la Liturgia, la precipitación en la aplicación, demuestran bien a las claras que no se trata de una re­forma inspirada por el Espíritu Santo. Esta manera de obrar es de tal modo contraria a las costumbres romanas que obran siempre "cum consilio et sapientia". Es imposible que el Espíritu Santo haya inspirado la definición de la Misa según el artículo VII de la Consti­tución y aún más inaudito que se haya sen­tido la necesidad de corregirla enseguida, lo que es una confesión de chapucería en la más importante realidad de la Iglesia: el Santo Sacrificio de la Misa.

La presencia de los protestantes para la reforma litúrgica de la Misa, es preciso con­fesarlo, establece un dilema al cual parece difícil escapar. Su presencia significaba o que estaban invitados a reajustar su culto se­gún los dogmas de la Santa Misa o que se les preguntaba lo que les desagradaba en la Misa Católica para evitar que se dejara pre­sente una expresión dogmática que ellos no podían admitir. Es evidente que esta segunda solución es la que fue adoptada, cosa incon­cebible y ciertamente no inspirada por el Es­píritu Santo.

Cuando se sabe que esta concepción de la "Misa normativa" es la del Padre Bugnini y que él la impuso tanto al Sínodo como a la Comisión de Liturgia, se puede pensar que hay Roma y Roma, la Roma eterna con su fe, sus dogmas, su concepción del Sacrificio de la Misa y la Roma temporal influenciada por las ideas del mundo moderno, influencia a la que no ha escapado el propio Concilio —el cual, a propósito y por la gracia del Espí­ritu Santo quiso ser únicamente pastoral.

Santo Tomás se pregunta en la cuestión de la corrección fraterna si conviene que se la practique a veces con los Superiores. Con todas las distinciones útiles, el Ángel de la Escuela responde que se la debe practicar cuando se trata de la Fe.

Ahora bien, ¿quién puede con toda con­ciencia decir que hoy en día la Fe de los fie­les y de toda la Iglesia no está amenazada gravemente en la Liturgia, en la enseñanza del catecismo y en las instituciones de la Iglesia?

Léase y reléase a San Francisco de Sales, San Roberto Bellarmino, San Pedro Canisio y Bossuet y se hallará con asombro que te­nían  que  luchar contra  los  mismos  falsos procedimientos.   Pero esta vez el drama ex­traordinario  consiste  en que  estas desfigu­raciones de la Tradición nos vienen de Roma y de las Conferencias Episcopales; si uno quie­re por consiguiente guardar su Fe tenemos que admitir sí que algo anormal pasa en la administración romana.   Debemos, por cier­to, sostener la infalibilidad de la Iglesia y del Sucesor de Pedro, debemos también ad­mitir la situación trágica en que se encuen­tra nuestra Fe católica por las orientaciones y los documentos que nos vienen de la Igle­sia; la conclusión vuelve a lo que decíamos al comienzo:   Satanás reina por el equívoco y la incoherencia, que son sus -medios de com­bate y que engañan a los hombres de poca Fe.

Este equívoco debe ser suprimido valien­temente para preparar el día elegido por la Providencia en que será suprimido oficial­mente por el Sucesor de Pedro.

Que no se nos tache de rebeldes u orgullo­sos, porque no somos nosotros los que juz­gamos, sino es Pedro mismo quien como Su­cesor de Pedro condena lo que él por otro lado fomenta, es la Roma eterna la que condena a la roma temporal. Nosotros preferimos obedecer a la eterna.

Pensamos con plena conciencia que toda la legislación emitida desde el Concilio es, por lo menos, dudosa y, en consecuencia, apelamos al Canon 23 que trata de este caso y nos pide atenernos a la ley antigua.

Estas palabras parecerán a algunos injuriosas para la autoridad. Por el contrario, son las únicas que protejen a la autoridad y la reconocen verdaderamente, porque la autoridad no puede existir sino para lo Verdadero y lo Bueno y no para el error y el vicio.




El 13 de octubre de 1974, en el ani­versario de las apariciones de Fátima.
Que María se digne bendecir estas líneas y haga que produzcan frutos de Verdad y Santidad.

Mons. Marcel Lefebvre



sábado, 11 de enero de 2014

La Verdad del depósito de la Fe



Monseñor Marcel  Lefebvre


“La Verdad del depósito de la Fe no pertenece al Papa. Es un tesoro de Verdad que ha sido enseñado durante veinte siglos. Y él debe transmitirlo fiel y exactamente a todos aquellos a los cuales está encargado de hablar, de comunicar la Verdad del Evangelio. Él no es libre”


Monseñor Marcel Lefebvre, “El golpe maestro de Satanás” pág.63.                                                                                      Editorial ICTION, Buenos Aires, 1981.

SENTIDO COMUN SIRIO

COMENTARIO ELEISON 339

Monseñor Richard Williamson

 11 de enero, 2014

Un excelente resumen a nivel político de cómo y porqué el mundo se ha vuelto hoy tan malo, está presentado en Youtube por una “Chica partisana siria” (“Syrian Girl Partisan”). Ella es una joven patriota siria que da ocho razones por las cuales el Nuevo Orden Mundial (NOM) odia a Siria y está haciendo todo lo que puede para derribar al actual gobierno sirio, y reemplazarlo por títeres del NOM. Tampoco los católicos deben permitir que la propaganda y las mentiras occidentales, envenenen sus espíritus, ni ellos deben decir que la política no tiene nada que ver con la religión. El NOM está dominado por el sueño loco de eliminar tanto el Reinado Social de Cristo Rey cuanto el orden natural Divino del mundo. He aquí las razones de la chica siria:

1. El Banco Central de Siria es propiedad del Estado y controlado por el Estado para así estar al servicio de la economía nacional y del pueblo sirio, en lugar de enriquecer los banksters internacionales de las naciones occidentales y de Israel, que imponen sobre casi todas las naciones del mundo préstamos usureros que provocan crisis al generar deudas artificiales, por medio de las cuales estas naciones están efectivamente esclavizadas.

2. Siria no debe nada al Fondo Monetario Internacional. El FMI tiene el papel de policía financiera de los banksters internacionales, encargada de cobrar las deudas internacionales. Toda nación avisada se mantiene afuera del alcance de las garras del FMI, lo que Siria ha logrado con éxito, pero a los banksters no les gusta para nada tal sabiduría.

3. Siria ha prohibido las semillas genéticamente modificadas, o “comida Frankenstein” porque Bashar El Assad quiere proteger la salud de su pueblo. “Comida Frankenstein” significa el control de la alimentación, lo que significa control de la población. Claro que el NOM favorece la “comida Frankenstein” (los EEUU la impusieron al Iraq que conquistaron).

4. La población de Siria sabe a qué atenerse en cuanto al NOM, cuya dominación de los políticos títeres del mundo a través de sus grupos de reflexión y sociedades secretas, está abiertamente en discusión en los medios de comunicación y universidades de Siria. Tal transparencia es anatematizada por el NOM, a quien le conviene encubrir sus operaciones con la mayor oscuridad posible. .

5. Siria posee masivas reservas de petróleo y de gas, y se esfuerza por explotarlas independientemente de las gigantescas compañías petroleras occidentales como Shell y Texaco. Al NOM le gusta el petróleo, pero no le gusta por nada la independencia petrolera.

6. Siria se opone de una manera clara e inequívoca al Sionismo y a Israel. En años recientes hasta los pérfidos medios de comunicación occidentales han reaccionado a la virtual transformación de Palestina en un mega-Gulag. Siria denuncia este brutal apartheid de Israel. Evidentemente los lobbies judíos alrededor del mundo se unirán usando toda su influencia para poner fin a tal firme oposición a sus compañeros judíos en Israel.

7. Siria es uno de los últimos estados musulmanes laicos en el Oriente Medio, y se rehúsa a reconocer cualquier superioridad de este pueblo que todavía pretende ser el pueblo elegido de Dios (a pesar de que ya van 2,000 años desde la aparición del Dios Encarnado, Jesucristo, quien dejó de elegir su Pueblo por la raza y empezó a elegirlo en cambio por la Fe – Romanos III, IV, etc.). Los mismos lobbies castigarán todo rechazo de su superioridad, sea religiosa o racial.

8. Siria mantiene y protege orgullosamente su identidad nacional, política y cultural, mientras que el NOM se esfuerza en disolver todas las naciones (menos una) en un único rebaño conglomerado de ovejas humanas dispuestas a recibir al cercano Anticristo.

Miren el video original de nueve minutos, “Syrian Girl Partisan” en YouTube, o lean el excelente resumen del comentarista argentino en actualidad.rt.com/expertos/salbuchi. (Este “Comentario Eleison” se inspira ampliamente en el texto de Adrián Salbuchi). Cuales quieran sean las otras culpas de las naciones musulmanas, ¿quién puede negar que ellas están haciendo mucho más que las corruptas y decadentes naciones occidentales para resistir al Nuevo Orden Mundial sin Dios?


Kyrie eleison.

sábado, 4 de enero de 2014

BILLOT - III

Cumplimos aquí con la tercera  entrega 
de las notas sobre los escritos del Cardenal Louis Billot 
comentadas por Monseñor Richard Williamson


Español - Número CCCXXXVIII (338) 4 de enero, 2014 


Cardenal Louis Billot

Los líderes actuales de la Fraternidad San Pio X están trabajando constantemente y astutamente para insertarla en el armazón de la Iglesia oficial, la cual está constantemente y astutamente adelantando a empujones las ideas Revolucionarias y Conciliares de libertad (libertad religiosa), igualdad (colegialidad) y fraternidad (ecumenismo). A pesar de ello, estos líderes seguramente toman en serio al Cardenal Billot. Ellos deberían meditar en las reflexiones que él hace sobre nuestra Quinta Edad de la Iglesia que se siguen de su exposición de las Siete Iglesias en el Epílogo del primer volumen de su celebrado Tratado de la Iglesia de Cristo. Aquí están algunas de esas reflexiones traducidas y adaptadas libremente del latín:

“Nuestra propia edad sería entonces la Quinta Edad, la Edad de la deserción, la apostasía y el liberalismo, que viene entre el fin del Sacro Imperio Romano y lo que San Pablo llama una “vida de entre muertos” (Rom. XI, 15). ¡Que así sea! Ello nos da a todos en medio de nuestras tan muchas y tan grandes tribulaciones de hoy en día (El Cardenal escribió esto en 1927 - ¿Qué hubiera escrito en el 2013?) esperanza para una restauración futura y –perdonen la expresión- Contra-revolución. Ya hoy en día muchos líderes científicos, políticos y economistas están reconociendo y admitiendo con libertad cuán envenenados están los frutos de la Revolución Francesa de 1789 que proclamó que la única y sola fuente de todos los males del mundo fue el desdén de los “derechos del hombre”. ¡Qué frivolidad! ¡Qué tontería! ¡Qué estupidez!

“La libertad de los Revolucionarios resulta en la tiranía de los fuertes sobre los débiles, su igualdad resulta en unos pocos millonarios enseñoreándose aún más sobre las personas (¡uno piensa en Wall Street, 2013!), su fraternidad resulta en conflictos internos y un odio implacable de clases. Algunas personas hacen esto, mientras que muchos no ven el carácter esencialmente diabólico de la Revolución. Sin embargo, aquellos que van más allá de la superficie ven que la cuestión religiosa subyace en todas las cuestiones que actualmente agitan a la humanidad: que la plaga del liberalismo político y económico se origina en el liberalismo ateo y anti-Cristiano expuesto arriba, que el orden social de ninguna manera puede ser restaurado a menos que los principios de la Iglesia una vez más dirijan la vida pública.

“¡Que este reconocimiento de la teoría conlleve frutos prácticos! De todo corazón, clamamos por tal restauración, sabiendo como las leyes paganas bajo las cuales vivimos hoy en día pueden aún permitir a los individuos ser Cristianos (en el 2013, ¿Por cuánto tiempo más?), pero hacen que una sociedad Cristiana sea del todo imposible. Por consiguiente, buscamos sobre todo el Reino de Dios y su justicia sin despreciar el resto que nos será agregado (cf. Mat. VI, 33). Dice San Pablo, ‘la piedad es útil para todo’. Así mismo lo es la influencia de la Iglesia ‘teniendo la promesa de la vida presente y de la venidera’” (cf. I Tim. IV, 8).
No es difícil ver aquí como el Cardenal no fue una de las muchas almas que él menciona que no ven a través del falso “glamour” del mundo moderno. Muy por el contrario, su firme asidero de la doctrina católica le permite describir nuestros propios tiempos, casi un siglo más tarde.

¡Cuartel General de la FSPX! Despertad de vuestro tonto sueño de convertir a los liberales que ahora controlan la Iglesia y parad de pretender con un flujo de Declaraciones ambiguas que vosotros estáis aún defendiendo la Tradición. Vuestras acciones prueban lo contrario y ¡las acciones hablan más que las palabras en Declaraciones! “Se os tiene por vivientes, pero estáis muertos. Poneos alerta y consolidad lo restante, que está a punto de morir. Recordad, pues, tal como recibisteis y oísteis del Arzobispo, y ponedlo en práctica y arrepentíos.


Kyrie eleison.