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jueves, 25 de febrero de 2016

LA IGLESIA CONCILIAR NO ES CATÓLICA: R. P. PIVERT

Miércoles, 24 de febrero de 2016

Monseñor Marcel Lefebvre







NdB: Monseñor Lefebvre dijo en su declaración del 21 de Noviembre de 1974:

"Las reformas han contribuido y siguen contribuyendo, a la aniquilación del Sacrificio y de los Sacramentos." ¿Que significa la aniquilación del Sacrificio y de los Sacramentos? Sin duda está relacionado a la validez de la misa nueva, la cual es lícito dudar (Breve examen crítico del Novus Ordo Missae), y la validez de los Sacramentos reformados (cambios en el rito de Confirmación, Ordenación Sacerdotal y Consagración Episcopal).

Monseñor Lefebvre dijo: "Ninguna autoridad, ni siquiera la más elevada jerarquía, puede obligarnos a abandonar o disminuir nuestra Fe católica, claramente expresada y profesada por el Magisterio de la Iglesia desde hace diecinueve siglos." En la verdadera FSSPX nunca se ha negado la autoridad del sumo pontífice, no se le obedece porque sostiene y promueve la herejía modernista. El católico tiene el deber de resistir las enseñanzas de falsas doctrinas aún enseñadas por el soberano Pontífice. "Pero aunque nosotros mismos (dice San Pablo) o un ángel del Cielo os anunciase otro Evangelio distinto del que os hemos anunciado, sea anatema" (Gálatas 1, 8)."

Continúa  Mons. Lefebvre: "La única actitud de fidelidad a la Iglesia y a la doctrina católica, para nuestra salvación, es el rechazo categórico de la aceptación de la Reforma." El rechazo categórico, significa no aceptar NADA de la reforma. No significa aceptar algo "bueno" en lo malo y por eso «bueno» ponerse en riesgo de beber el veneno completo.

A continuación el artículo del padre Pivert, publicado  en Non Possumus en el 2014. Mediante citas de Mons. Lefebvre se puede constatar que no hay confusión, la iglesia oficial es la iglesia conciliar, esa iglesia no es la Iglesia Católica.  La verdadera línea de la resistencia a la Neo FSSPX consiste en seguir las enseñanzas de Mons. Lefebvre y no innovaciones ni ambigüedades.

Viva Cristo Rey
Santa María de Guadalupe ruega por nosotros



IGLESIA CATOLICA E IGLESIA CONCILIAR

R.P PIVERT



Todo el problema de la crisis de la Tradición yace en el desconocimiento del modernismo y en el temor de cisma, el temor de afirmar la existencia de una iglesia conciliar o de una secta conciliar en la Iglesia. En cuanto al conocimiento del modernismo, no podemos tratarlo aquí, es suficiente proporcionarles esta cita de San Pío X en su Encíclica Pascendi sobre el modernismo: “Y ahora, abarcando con una sola mirada la totalidad del sistema, ninguno se maravillará si lo definimos afirmando que es un conjunto de todas las herejías. Pues, en verdad, si alguien se hubiera propuesto reunir en uno el jugo y como la esencia de cuantos errores existieron contra la fe, nunca podría obtenerlo más perfectamente de lo que han hecho los modernistas”. Por lo demás, estamos obligados a dirigir a nuestros lectores a los numerosos estudios sobre el tema.

En cuanto a la iglesia conciliar, creemos necesario recordar la clara enseñanza de Monseñor Lefebvre. Comenzaremos dando la célebre declaración del 21 de noviembre de 1974, después de la cual daremos los textos que la completan y la precisan.

Declaración del 21 de noviembre de 1974.

Nos adherimos de todo corazón, con toda el alma a la Roma católica, guardiana de la Fe católica y de las tradiciones necesarias para el mantenimiento de esa Fe, a la Roma eterna, maestra de sabiduría y de verdad.

En cambio, nos negamos (como nos hemos negado siempre) a seguir la Roma de tendencia neomodernista y neoprotestante, que se manifestó claramente en el Concilio Vaticano II, y después del Concilio, en todas la reformas que de él surgieron.

En efecto, todas esas reformas han contribuido y siguen contribuyendo a la destrucción de la Iglesia, a la ruina del Sacerdocio, a la aniquilación del Sacrificio y de los Sacramentos, a la desaparición de la vida religiosa, a una enseñanza naturalista y teilhardiana en las universidades, los seminarios, la catequesis, enseñanza surgida del liberalismo y del protestantismo condenados repetidas veces por el Magisterio de la Iglesia.

Ninguna autoridad, ni siquiera la más elevada jerarquía, puede obligarnos a abandonar o disminuir nuestra Fe católica, claramente expresada y profesada por el Magisterio de la Iglesia desde hace diecinueve siglos.

"Pero aunque nosotros mismos (dice San Pablo) o un ángel del Cielo os anunciase otro Evangelio distinto del que os hemos anunciado, sea anatema" (Gálatas 1, 8).

¿No es eso lo que hoy en día nos repite el Santo Padre? Y si manifestase cierta contradicción en sus palabras y en sus actos así como en los actos de los dicasterios, entonces optamos por lo que siempre se ha enseñado y hacemos oídos sordos a las novedades destructoras de la Iglesia.

No se puede modificar profundamente la "lex orandi" sin modificar la "lex credendi". A Misa nueva corresponde catecismo nuevo, sacerdocio nuevo, seminarios nuevos, universidades nuevas, iglesia carismática, pentecostalista, cosas todas contrarias a la ortodoxia y al Magisterio de siempre.

Esta reforma, por haber surgido del liberalismo, del modernismo, está completamente emponzoñada; sale de la herejía y desemboca en la herejía, aún cuando todos sus actos no sean formalmente heréticos. Resulta, pues, imposible a todo católico consciente y fiel adoptar esta reforma y someterse a ella, de cualquier manera que sea.

La única actitud de fidelidad a la Iglesia y a la doctrina católica, para nuestra salvación, es el rechazo categórico de la aceptación de la Reforma.

Por eso, sin rebeliones, sin amarguras, sin resentimientos, proseguimos nuestra obra de formación sacerdotal a la luz del Magisterio de siempre, persuadidos de que podemos rendir mejor servicio a la Santa Iglesia Católica, al Sumo Pontífice y a las generaciones futuras.

Por eso nos atenemos firmemente a todo lo que fue creído y practicado, en la Fe, las costumbres, el culto, la enseñanza del catecismo, la formación del sacerdote, la institución de la Iglesia, por la Iglesia de siempre y a todo lo que codificado en los libros publicados antes de la influencia modernista del Concilio, a la espera de que la luz verdadera de la Tradición disipe las tinieblas que obscurecen el cielo de la Roma Eterna.

Al obrar así, con la gracia de Dios, el auxilio de la Virgen María, de San José, de San Pío X, estamos convencidos de que permanecemos fieles a la Santa Iglesia Católica, Apostólica, Romana, a todos los sucesores de Pedro, y de ser los "fideles dispensatores mysteriorum Domini Nostri Jesu Christi in Spiritu Sancto". AMEN.

Fin del texto integral de la Declaración del 21 de Noviembre de 1974.

La iglesia conciliar no es católica.

Son ellos que hacen otra iglesia. Ellos siguen siendo lo que son, ellos siguen siendo modernistas, siguen apegados al concilio. Como el concilio es Pentecostés… El cardenal nos lo ha recordado no sé cuántas veces: ¡No hay más que una Iglesia!... No es necesario hacer una Iglesia paralela! Entonces esta iglesia, evidentemente, es la iglesia del concilio. Entonces si se les habla de la Tradición: ¡Pero si el concilio es la tradición ahora. Usted debe sumarse a la tradición de la Iglesia de hoy, no a la que pasó. Ella pasó, ella pasó! ¡Súmese a la iglesia de hoy!

Entonces son ellos que hacen una iglesia paralela, no nosotros.

(Conferencia en Ecône, 9 de junio de 1988).

Por lo tanto la situación es extremadamente grave, pues parece que la realización del ideal masónico se ha cumplido por la misma Roma, por el Papa y los cardenales. Los masones siempre han deseado esto y ellos lo consiguen ya no por ellos sino por los mismos hombres de Iglesia. (Ecône, retiro sacerdotal, septiembre de 1986)

La iglesia conciliar es cismática.

Todos aquellos que cooperan a la aplicación de esta alteración, los que aceptan y se adhieren a esta nueva iglesia conciliar como la designó Su Excelencia Monseñor Benelli en la carta que me dirigió en nombre del Santo Padre, el 25 de junio pasado, entran en cisma. (Declaración al Figaro del 4 de agosto de 1976 e Itinéraires).

Roma está en la apostasía

Es necesario resistir, absolutamente aguantar, resistir hacia y contra todo. Y entonces, ahora, llego a lo que sin duda les interesa más; pero yo digo: Roma ha perdido la fe, queridos amigos. Roma está en la apostasía.  ¡No estoy hablando palabras vacías! ¡Esa es la verdad! ¡Roma está en la apostasía! Ya no podemos tener confianza en esa gente. ¡Ellos abandonaron la Iglesia! ¡Ellos abandonaron la Iglesia! Es cierto, cierto. No podemos entendernos. Es eso, les aseguro, es la sítesis. No podemos seguir a esa gente. Verdaderamente  nos enfrentamos a gente que ya no tiene el espíritu católico, que ya no tienen el espíritu católico. Es la abominación, verdaderamente la abominación.

Podemos decir que estas personas que ocupan Roma actualmente son anticristos. No debemos preocuparnos de las reacciones de esas gentes, nosotros no estamos ante gente honesta. (Conferencia a los sacerdotes, Ecône, 4 de septiembre de 1987).

Esta selección de textos nos ilumina con una claridad resplandeciente acerca de la Revolución doctrinal inaugurada oficialmente en la Iglesia durante el Concilio y continuada hasta nuestros días de tal forma que no podemos dejar de pensar en el “Trono de la Iniquidad” pronosticado por León XIII o a la pérdida de la Fe por Roma profetizado por Nuestra Señora de la Salette.

La adhesión y difusión por parte de las autoridades Romanas de los errores masónicos, condenados tantas veces por sus predecesores, es un gran misterio de iniquidad que arruina, desde sus fundamentos la Fe Católica.

Esta dura y penosa realidad nos obliga, en conciencia, a organizar nosotros mismos la defensa y protección de nuestra Fe Católica. El hecho de ocupar la sede de la autoridad, no es ya, por desgracia, una garantía de la ortodoxia de la fe de aquellos que las ocupan. El mismo Papa difunde, desde entonces, sin descanso, los principios de una falsa religión, que da como resultado una apostasía general.

El restaurador de la Cristiandad es el sacerdote que ofrece el verdadero sacrificio, que administra los verdaderos sacramentos, que enseña el verdadero catecismo en su misión de pastor vigilante por la salvación de las almas.

Es alrededor de estos verdaderos sacerdotes fieles donde los cristianos deben agruparse y organizar toda la vida cristiana.

Todo espíritu de animadversión hacia los sacerdotes que merecen total confianza disminuye la solidez y firmeza de la resistencia contra los destructores de la Fe.

San Juan finaliza su Apocalipsis con este llamamiento: “Veni Domine Jesu”. Ven Señor Jesús, mostraos por fin, sobre las nubes del Cielo, manifestad vuestra Omnipotencia, ¡que vuestro Reino sea universal y eterno! (Presentación del primer número de laDocumentación sobre la Revolución en la Iglesia 4 de marzo de 1991, último texto de Monseñor Lefebvre).

La verdadera Iglesia son los fieles de la Tradición

Entonces, nosotros que tenemos la dicha de comprender estas cosas, que tenemos la dicha de creer en la divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, en su realeza, debemos proclamarlo en nuestras familias, en todas partes donde estemos. Debemos reunirnos en todas partes donde haya grupos de cristianos que todavía creen en la divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, en su realeza, y que tienen el amor en su corazón, el amor que la Santísima Virgen tiene por su Hijo Jesús. Pues bien, aquellos que tienen este amor, son ellos que son la Iglesia. Son ellos. No son los que destruyen el reino de Nuestro Señor. ¡Esto hay que decirlo abiertamente!

Somos nosotros quienes somos la Iglesia católica. Son ellos los que se separan de la Iglesia católica. No somos nosotros los que hacemos cisma. Nosotros queremos el reinado de Nuestro Señor. Nosotros queremos que se le proclame. ¡Estamos dispuestos a seguirlos! Que nuestros pastores digan en todas partes: Nosotros no queremos más que a un Dios, Nuestro Señor Jesucristo. Solo tenemos un Rey: Nuestro Señor Jesucristo. ¡Entonces les seguiremos! (Homilía en Ecône, 28 de agosto de 1976).

No somos nosotros, sino los modernistas quienes salen de la Iglesia.  En cuanto a decir “salir de la Iglesia VISIBLE”, es equivocarse asimilando Iglesia oficial a la Iglesia visible.

Nosotros pertenecemos bien a la Iglesia visible, a la sociedad de fieles bajo la autoridad del Papa, ya que no rechazamos la autoridad del Papa, sino lo que él hace. Reconocemos bien al Papa, a su autoridad, pero cuando se sirve de ella para hacer lo contrario de aquello para lo cual se le ha dado, está claro que no se puede seguirlo.

¿Salir, por lo tanto, de la Iglesia oficial? En cierta medida, ¡sí!, evidentemente. (…)

Si nos alejamos de esta gente, es absolutamente de la misma manera que con las personas que tienen el SIDA. No se tiene deseo de atraparlo. Ahora bien, tienen el SIDA espiritual, enfermedades contagiosas. Si se quiere guardar la salud, es necesario no ir con ellos. (Retiro Sacerdotal Ecône, 9 de septiembre de 1988).

Yo creo que nosotros estamos en la Iglesia, y que nosotros somos los que estamos en la Iglesia y que nosotros somos los verdaderos hijos de la Iglesia, y que los otros no lo son. Ellos no lo son parque el liberalismo no es hijo de la Iglesia, el liberalismo está contra la iglesia, el liberalismo es la destrucción de la Iglesia, en este sentido ellos no pueden decirse hijos de la Iglesia. Nosotros podemos decirnos hijos de la Iglesia porque continuamos la doctrina de la Iglesia, nosotros mantenemos toda la verdad de la Iglesia, integralmente, tal como la Iglesia la enseñó siempre (Conferencia en Ecône, 21 de diciembre de 1984).

¿De qué Iglesia hablamos?

Lo que es importante es permanecer en la Iglesia… en la Iglesia, es decir, en la fe católica de siempre y en el verdadero sacerdocio, y en la verdadera misa, y en los verdaderos sacramentos, en el catecismo de siempre con la Biblia de siempre. Esto es lo que nos interesa. Es esto lo que es la Iglesia. Ser reconocidos públicamente es secundario. (Conferencia en Ecône, 21 de diciembre de 1984).

Entonces no temamos estar de alguna forma al margen de la iglesia oficial. Nosotros somos miembros de la Iglesia católica y romana. Incluso si aquellos que ocupan las sedes episcopales actualmente nos crean como fuera de la Iglesia. ¡Absolutamente no! Nosotros somos las piedras vivas de la Iglesia católica. Son ellos que se alejan de la Iglesia católica y que ya no predican la verdadera doctrina de la Iglesia. (Sermón de Pascua, 19 de abril de 1987).

Dónde está la Iglesia visible

Pienso que ustedes, que están ahora en el Ministerio y que quisieron conservar la Tradición, tienen la voluntad de ser sacerdotes como siempre, como lo fueron los santos sacerdotes de antes, todos los santos párrocos y los santos sacerdotes que nosotros mismos pudimos conocer en las parroquias. Ustedes continúan y representan de verdad la Iglesia, la Iglesia Católica. Creo que es necesario convencerse de esto: ustedes representan de verdad la Iglesia Católica.
No que no haya Iglesia fuera de nosotros; no se trata de eso. Pero este último tiempo, se nos ha dicho que era necesario que la Tradición entrase en la Iglesia visible. Pienso que se comete allí un error muy, muy grave.

¿Dónde es la Iglesia visible? La Iglesia visible se reconoce por las señales que siempre ha dado para su visibilidad: es una, santa, católica y apostólica.

Les pregunto: ¿dónde están las verdaderas notas de la Iglesia? ¿Están más en la Iglesia oficial (no se trata de la Iglesia visible, se trata de la Iglesia oficial) o en nosotros, en lo que representamos, lo que somos?

Queda claro que somos nosotros quienes conservamos la unidad de la fe, que desapareció de la Iglesia oficial.

Un obispo cree en esto, el otro no; la fe es distinta, sus catecismos abominables contienen herejías. ¿Dónde está la unidad de la fe en Roma?  ¿Dónde está la unidad de la fe en el mundo? Está en nosotros, quienes la conservamos.
La unidad de la fe realizada en el mundo entero es la catolicidad. Ahora bien, esta unidad de la fe en todo el mundo no existe ya, no hay pues más de catolicidad prácticamente.

Habrá pronto tantas Iglesias Católicas como obispos y diócesis. Cada uno tiene su manera de ver, de pensar, de predicar, de hacer su catecismo. No hay más catolicidad.

¿La apostolicidad? Rompieron con el pasado. Si hicieron algo bien, es eso. No quieren saber más del pasado antes del Concilio Vaticano II. Vean el Motu Proprio del Papa que nos condena, dice bien: “la Tradición viva, esto es Vaticano II”. No es necesario referirse a antes del Vaticano II, eso no significa nada. La Iglesia lleva la Tradición con ella de siglo en siglo. Lo que pasó, pasó, desapareció. Toda la Tradición se encuentra en la Iglesia de hoy. ¿Cuál es esta Tradición? ¿A que está vinculada? ¿Cómo está vinculada con el pasado?

Es lo que les permite decir lo contrario de lo que se dijo antes, pretendiendo, al mismo tiempo, guardar por sí solos la Tradición. Es lo que nos pide el Papa: someternos a la Tradición viva. Tendríamos un mal concepto de la Tradición, porque para ellos es viva y, en consecuencia, evolutiva. Pero, es el error modernista: el santo Papa Pío X, en la encíclica “Pascendi”, condena estos términos de “tradición viva”, de “Iglesia viva”, de “fe viva”, etc., en el sentido que los modernistas lo entienden, es decir, de la evolución que depende de las circunstancias históricas. La verdad de la Revelación, la explicación de la Revelación, dependerían de las circunstancias históricas.

La apostolicidad: nosotros estamos unidos a los Apóstoles por la autoridad. Mi sacerdocio me viene de los Apóstoles; vuestro sacerdocio les viene de los Apóstoles. Somos los hijos de los que nos dieron el episcopado. Mi episcopado desciende del santo Papa Pío V y por él nos remontamos a los Apóstoles. En cuanto a la apostolicidad de la fe, creemos la misma fe que los Apóstoles. No cambiamos nada y no queremos cambiar nada.

Y luego, la santidad. No vamos a hacernos cumplidos o alabanzas. Si no queremos considerarnos a nosotros mismos, consideremos a los otros y consideremos los frutos de nuestro apostolado, los frutos de las vocaciones, de nuestras religiosas, de los religiosos y también en las familias cristianas. De buenas y santas familias cristianas que germinan gracias a vuestro apostolado. Es un hecho, nadie lo niega. Incluso nuestros visitantes progresistas de Roma constataron bien la buena calidad de nuestro trabajo. Cuando Mgr Perl decía a las hermanas de Saint Pré y a las hermanas de Fanjeaux que es sobre bases como esas que será necesario reconstruir la Iglesia, no es, a pesar de todo, un pequeño cumplido.

Todo eso pone de manifiesto que somos nosotros quienes tenemos las notas de la Iglesia visible. Si hay aún una visibilidad de la Iglesia hoy, es gracias a ustedes. Estas señales no se encuentran ya en los otros. No hay ya en ellos la unidad de la fe; ahora bien es la fe la que es la base de toda visibilidad de la Iglesia.

La catolicidad, es la fe una en el espacio. La apostolicidad, es la fe una en el tiempo. La santidad, es el fruto de la fe, que se concreta en las almas por la gracia del Buen Dios, por la gracia de los Sacramentos. Es totalmente falso considerarnos como si no formáramos parte de la Iglesia visible. Es increíble.

Es la Iglesia oficial la que nos rechaza; pero no somos nosotros quienes rechazamos la Iglesia, bien lejos de eso. Al contrario, siempre estamos unidos a la Iglesia Romana e incluso al Papa por supuesto, al sucesor de Pedro.

Pienso que es necesario que tengamos esta convicción para no caer en los errores que están extendiéndose ahora. (Retiro Sacerdotal en Ecône, 9 de septiembre de 1988).

Estas son cosas que son fáciles de decir. Meterse al interior de la Iglesia ¿qué quiere decir? Y por principio, ¿de qué Iglesia hablamos? Si es de la Iglesia conciliar, haría falta que nosotros, que hemos luchado contra ella durante veinte años porque queremos a la Iglesia católica, entremos es esta iglesia conciliar supuestamente para volverla católica. Es una ilusión total. No son los inferiores que hacen los superiores, sino los superiores que hacen a los inferiores”.

Fideliter. ¿No teme que a la larga y cuando Dios le haya llamado a Sí, poco a poco la separación se acentúe y que se tenga la impre­sión de una Iglesia paralela a lo que algunos llaman la “Iglesia vi­sible”?

Monseñor. Esta historia de la Iglesia visible de Dom Gérard y M. Madiran es infantil. Es increíble que se pueda hablar de Iglesia visible para designar a la Iglesia conciliar por oposición a la Iglesia católica que intentamos representar y continuar. Yo no digo que somos la Iglesia católica. No lo he dicho nunca. Nadie puede reprocharme de haber querido nunca considerarme un papa. Pero representamos verdaderamente a la Iglesia católica tal como era en todo tiempo puesto que continuamos lo que ella siempre ha hecho. Somos nosotros quienes poseen las notas de la Iglesia visible: la unidad, catolicidad, apostolicidad, santidad. Es esto lo que constituye la Iglesia visible. (Monseñor Lefebvre, Fideliter n°70, julio-agosto de 1989).

Nosotros no tenemos la misma religión.

Entrevista con el cardenal Seper, tal y como la contó a los seminaristas:

-¡Escuchen! Nosotros no tenemos ya la misma religión, vean, no tenemos la misma religión, eso no es posible. Porque si hay algo que hemos buscado toda la vida, es el reino social de Nuestro Señor Jesucristo. Ciertamente que la perfección es imposible, incluso nosotros no somos perfectos. Entonces, si la perfección es imposible, nosotros no hay que buscarla, entonces es el fin de todo, es el fin de la Iglesia. ¿De qué sirve la Iglesia? No, es imposible, yo no puedo someterme a estas cosas, es absolutamente imposible.

-Entonces él dijo: Pero usted sabe, es grave, usted no puede permanecer en una situación así, usted comprende, la Santa Sede está muy inquieta.
-¡Oh, eso me da igual! Yo no cambiaré, no cambiaré de posición, yo no puedo cambiar, mi fe me lo prohíbe. Entonces me fui. (Conferencia en Ecône el 20 de agosto de 1976).

Entonces nosotros no somos de esa religión. No aceptamos esta nueva religión.

Nosotros somos de la religión de siempre, somos de la religión católica, no somos de esta religión universal como la llaman hoy en día. Ya no es la religión católica. Nosotros no somos de esa religión liberal, modernista, que tiene su culto, sus sacerdotes, su fe, sus catecismos, su biblia, su biblia ecuménica. Nosotros no la aceptamos. No aceptamos la biblia ecuménica. No hay una biblia ecuménica. Existe la Biblia de Dios, la Biblia del Espíritu Santo, que fue escrita bajo la in­fluencia del Espíritu Santo. Es la palabra de Dios. No tenemos derecho a mezclarla con la palabra de los hombres. No hay bi­blia ecuménica que pueda existir. Hay sólo una palabra, la palabra del Santo Espíritu. No aceptamos los catecismos que ya no afirman nuestro Credo. Y así con lo demás. No podemos aceptar esas cosas. Es contrario a nuestra fe.  Lo lamentamos infinitamente. (Sermón en Ecône, 29 de junio de 1976)

Nosotros debemos separarnos

La voluntad del Vaticano II de querer integrar en la Iglesia a los no-católicos sin exigirles conversión, es una voluntad adúltera y escandalosa. El Secretariado para la Unidad de los cristianos, por medio de concesiones mutuas –diálogo- conduce a la destrucción de la fe católica, a la destrucción del sacerdocio católico, a la eliminación del poder de Pedro y de los obispos; se elimina el espíritu misionero de los apóstoles, de los mártires, de los santos. Mientras este Secretariado conserve el falso ecumenismo como orientación, y mientras las autoridades romanas y eclesiásticas lo continúen aprobando, se puede decir que siguen en ruptura abierta y oficial con todo el pasado de la Iglesia y con su Magisterio oficial. Por eso todo sacerdote que quiere permanecer católico tiene el estricto deber de separarse de esta iglesia conciliar, mientras ella no recupere la tradición del Magisterio de la Iglesia y de la fe católica.

La Fratenidad San Pio X y el papa.

“Que se nos comprenda bien, nosotros no estamos contra el papa en tanto él representa todos los valores de la sede apostólica que son inmutables de la sede de Pedro, sino contra el papa que es un modernista que no cree en su infabilidad, que hace el ecumenismo. Evidentemente nosotros estamos contra la iglesia conciliar que es prácticamente cismática,incluso si ellos no lo aceptan. En la práctica, es una iglesia virtualmente excomulgada, porque es una iglesia modernista (Monseñor Lefebvre, Fideliter n° 70, pág. 8).


Tomado de El Ariete Católico 



jueves, 29 de octubre de 2015

Declaración sobre la Relación final del Sínodo de la familia

28-10-2015  

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Monseñor Bernard Fellay



La Relación final de la segunda sesión del Sínodo de la familia, publicada el 24 de octubre de 2015, lejos de manifestar un consenso de los padres sinodales, constituye la expresión de un compromiso entre posturas profundamente divergentes. En ella se puede ver que se recuerdan ciertos puntos doctrinales sobre el matrimonio y la familia católica, pero también se notan lamentables ambigüedades y omisiones, y sobre todo brechas abiertas en la disciplina en nombre de una misericordia pastoral relativista. La impresión general que se desprende de este texto es la de una confusión que no dejará de ser explotada en un sentido contrario a la enseñanza constante de la Iglesia.

Por esta razón, nos parece necesario reafirmar la verdad recibida de Cristo sobre la función del Papa y de los obispos (1) y sobre la familia y el matrimonio (2), cosa que hacemos en el mismo espíritu que nos llevó a dirigir al Papa Francisco una súplica antes de la segunda sesión de este Sínodo.

1 – La función del Papa y de los obispos [1]

Como hijos de la Iglesia Católica, creemos que el obispo de Roma, sucesor de San Pedro, es el Vicario de Cristo, al mismo tiempo que es la cabeza visible de toda la Iglesia. Su poder es en sentido propio una jurisdicción a la que, tanto los pastores como los fieles de las Iglesias particulares, cada uno de ellos por separado o todos ellos reunidos, incluso en concilio, en sínodo o en conferencias episcopales, quedan obligados por un deber de subordinación jerárquica y de verdadera obediencia.

Dios ha dispuesto así las cosas para que, manteniendo con el obispo de Roma la comunión y la profesión de una misma fe, la Iglesia de Cristo no sea sino un solo rebaño bajo un solo pastor. La Santa Iglesia de Dios ha sido divinamente constituida como una sociedad jerárquica en la que la autoridad que gobierna a los fieles viene de Dios, a través del Papa y de los obispos que le están sometidos. [2]

Cuando el Magisterio pontificio supremo ha dado la expresión auténtica de la verdad revelada, tanto en materia dogmática como en materia disciplinar, no les corresponde a los organismos eclesiásticos con autoridad de rango inferior –como las conferencias episcopales– introducir modificaciones en él.

El sentido de los sagrados dogmas que ha de conservarse a perpetuidad es el que el magisterio del Papa y los obispos han enseñado de una vez por todas y del que nadie puede jamás separarse. Por consiguiente, la pastoral de la Iglesia cuando ejerce la misericordia ha de comenzar remediando la miseria de la ignorancia al dar a las almas la verdad que las salva.

En la jerarquía instituida así por Dios, en materia de fe y de magisterio, las verdades reveladas han sido confiadas como un depósito divino a los Apóstoles y a sus sucesores, el Papa y los obispos, para que lo guarden fielmente y lo enseñen con autoridad. Este depósito está contenido, como en sus fuentes, en los libros de la Sagrada Escritura y en las tradiciones no escritas que, recibidas por los Apóstoles de boca del propio Cristo o transmitidas como de mano en mano por los Apóstoles por dictado del Espíritu Santo, han llegado hasta nosotros.

Cuando la Iglesia docente declara el sentido de estas verdades contenidas en la Escritura y la Tradición, lo impone con autoridad a los fieles para que lo crean como revelado por Dios. Es erróneo decir que al Papa y a los obispos corresponde ratificar lo que les sugiere el sensus fidei o la experiencia común del Pueblo de Dios.    

Como ya habíamos escrito en nuestra Súplica al Santo Padre: «Nuestra inquietud brota de la condenación que San Pío X hizo, en su encíclica Pascendi, de la acomodación del dogma a pretendidas exigencias contemporáneas. Pío X y vos, habéis recibido la plenitud del poder de enseñar, de santificar y de gobernar en la obediencia a Cristo, que es el Jefe y el Pastor del rebaño en todo tiempo y en todo lugar, y de quien el Papa debe ser el fiel vicario sobre esta tierra. Lo que ha sido objeto de una condenación dogmática no puede convertirse, con el tiempo, en una práctica pastoral autorizada».

Esto es lo que llevó a Mons. Marcel Lefebvre a escribir en su Declaración del 21 de noviembre de 1974: «Ninguna autoridad, ni siquiera la más alta en la jerarquía, puede obligarnos a abandonar o a disminuir nuestra fe católica, claramente expresada y profesada por el magisterio de la Iglesia desde hace diecinueve siglos. «Si ocurriese —dice san Pablo— que yo mismo o un Ángel bajado del cielo os enseñase otra cosa distinta a lo que yo os he enseñado, sea anatema». [3]

2 – El matrimonio y la familia católica

Acerca del matrimonio, Dios ha provisto al crecimiento del género humano instituyendo el matrimonio, que es la unión estable y perpetua de un hombre y de una mujer [4]. El matrimonio de los bautizados es un sacramento, ya que Cristo lo elevó a esta dignidad; por lo tanto, el matrimonio y la familia son de institución divina y natural.

El fin primario del matrimonio es la procreación y la educación de los hijos, que ninguna voluntad humana podría excluir realizando actos que le son opuestos. El fin secundario del matrimonio es la ayuda mutua que se dan los cónyuges, así como el remedio de la concupiscencia.
Cristo estableció que la unidad del matrimonio sería definitiva, tanto para los cristianos como para todos los hombres. Esta unidad goza de tal indisolubilidad que no puede romperse nunca, ni por la voluntad de ambas partes ni por ninguna autoridad humana: «lo que Dios ha unido, no lo separe el hombre».[5] En el caso del matrimonio sacramental entre bautizados, la unidad e indisolubilidad se explican, además, por el hecho de ser el signo de la unión de Cristo con su esposa.

Todo lo que los hombres puedan decretar o hacer contra la unidad e indisolubilidad del matrimonio no corresponde ni a lo que exige la naturaleza ni al bien de la sociedad humana. Además, los fieles católicos tienen el deber grave de no unirse únicamente por el vínculo del matrimonio civil, sin tener en cuenta el matrimonio religioso prescrito por la Iglesia.

La recepción de la eucaristía (o comunión sacramental) requiere el estado de gracia santificante y la unión con Cristo mediante la caridad; la comunión aumenta esta caridad y significa al propio tiempo el amor de Cristo por la Iglesia, que le está unida como Esposa única. Por consiguiente, las personas que deliberadamente viven juntas en una unión de concubinato o incluso adúltera van contra las leyes de Dios y de la Iglesia, porque dan el mal ejemplo de una falta de justicia y de caridad, no pueden ser admitidas a la comunión eucarística y son consideradas como pecadores públicos: «El que se casa con la repudiada por el marido, comete adulterio». [6]

Para recibir la absolución de los pecados en el ámbito del sacramento de la penitencia, se requiere tener el firme propósito de no pecar más y, consiguientemente, los que se niegan a poner término a su situación irregular no pueden recibir una absolución válida.[7]

En conformidad con la ley natural, el hombre no tiene derecho a usar su sexualidad sino en el matrimonio legítimo y respetando las leyes fijadas por la moral. Por lo tanto, la homosexualidad contradice el derecho divino natural. Las uniones realizadas fuera del matrimonio, de concubinato, de adulterio e incluso homosexuales, son un desorden contrario a las exigencias de la ley divina natural y por lo tanto constituyen un pecado. No puede reconocerse en ellas parte alguna de bondad moral, ni siquiera disminuida.

Ante los errores actuales y las legislaciones civiles contra la santidad del matrimonio y la pureza de las costumbres, la ley natural no admite excepciones, pues Dios, en su sabiduría infinita, al darnos su ley ha previsto todos los casos y circunstancias, a diferencia de los legisladores humanos. Por ello no puede admitirse una moral denominada de situación, que se propone adaptar las reglas de conducta dictadas por la ley natural a las diferentes culturas. La solución de los problemas de orden moral no ha de someterse tan sólo a la conciencia de los esposos o de los pastores, y la ley natural se impone a la conciencia como regla del obrar.

La solicitud del Buen Samaritano con el pecador se manifiesta por medio de la misericordia que no transige con su pecado, lo mismo que el médico que quiere ayudar eficazmente a un enfermo a recuperar la salud no transige con su enfermedad, sino que le ayuda a deshacerse de ella. Es imposible liberarse de la ley evangélica en nombre de una pastoral subjetiva que, aunque recordara universalmente tal ley, la aboliría caso por caso. Nadie puede conceder a los obispos la facultad de suspender la ley de la indisolubilidad del matrimonio ad casum sin exponerse a que se vuelva sosa la doctrina del Evangelio y quede troceada la autoridad de la Iglesia. Pues, en esta perspectiva errónea, lo que se afirma doctrinalmente podría negarse pastoralmente, y lo que está prohibido de jure podría estar autorizado de facto.

En esta confusión extrema, le corresponde en adelante al Papa –conforme a su cargo y en los límites que le ha fijado Cristo– volver a expresar con claridad y firmeza la verdad católica quod semper, quod ubique, quod ab omnibus [8], e impedir que esta verdad universal sea práctica y localmente contradicha.

Siguiendo el consejo de Cristo: orate et vigilate, rezamos por el Papa: oremus pro pontifice nostro Francisco,y permanecemos vigilantes: non tradat eum in manus inimicorum ejus[9], para que Dios no lo entregue en manos de sus enemigos. Suplicamos a María, Madre de Iglesia, que le conceda las gracias que le permitan ser el fiel intendente de los tesoros de su divino Hijo.

Menzingen, 27 de octubre de 2015

+ Bernard FELLAY
Superior General de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X



[1] Concilio de Trento, sesión 4ª; concilio Vaticano I, constitución Dei Filius; decreto Lamentabili, n° 6.

[2] Mt 16, 18-19; Jn 21, 15-17; constitución Pastor aeternus del concilio Vatican I.

[3] Gál 1, 8.

[4] Gén 2, 18-25

[5] Mt 19, 6.

[6] Lc 16, 18.

[7] León XIII, Arcanum divinae sapientiae; Pío XI, Casti connubii.

[8] San Vicente de Lerins, Commonitorium.

[9] Oración pro summo Pontifice.



sábado, 1 de agosto de 2015

LA REVOLUCIÓN ANTI-MARIANA PARTE I

Sábado, 1 de agosto de 2015








Desde el concilio Vaticano II, en la iglesia conciliar se ha llevado a cabo una verdadera Revolución anti-mariana para hacer triunfar a Satanás e impedir el triunfo del Corazón Inmaculado de María.

Dice el P. Tam:

¿La Revolución anti-mariana es el objetivo principal de la Revolución en la Iglesia?

, porque la Santísima Trinidad es el Ser infinitamente superior y los hombres son seres infinitamente inferiores a Dios, y la más pequeña exaltación de la Santísima Virgen por la Santísima Trinidad, es infinitamente superior al máximo que los hombres puedan hacer.

Dios Padre la exaltó confiándole al Niño Dios: es lo máximo, Dios Hijo la exaltó haciéndola su Madre: es lo máximo, y Dios Espíritu Santo la exaltó tomándola por Esposa: es lo máximo.

Nuestro Señor vino a la tierra para realizar la Redención y enseñarnos el “Padre Nuestro”: “Hágase Tu Voluntad así en la tierra como en el cielo…”, por lo tanto, Dios exaltó a la Santísima Virgen, pero los hombres no lo han hecho aún, por lo que se hará, sea voluntariamente o por la fuerza. Es por eso que en Fátima se anunció que se realizará forzosamente: “Al fin, Mi Corazón Inmaculado triunfará”. El Diablo lo sabe y es por eso que hará todo para impedirlo, por medio del Vaticano II.

, porque la Santísima Trinidad quiere ahora la exaltación histórica de la Santísima Virgen, pues hasta ahora Ella ha permanecido oculta.

Sí, porque la Santísima Virgen es el obstáculo al reinado social de Satanás.

, porque Lucifer tiene celos de la Virgen y comunica sus celos a la Revolución mundialista.

, porque los enemigos « saben probablemente mejor que nosotros » (Mons. Lefebvre), que la Santísima Trinidad vencerá por la Virgen: “Ella te aplastará la cabeza”.

, porque en Fátima Dios nos hizo saber que “los últimos remedios dados al mundo son el Rosario y la devoción a mi Corazón Inmaculado”.

, porque el modernismo sabe que Ella es la única que tiene el permiso y la seguridad de lograr “aplastarle la cabeza”. Por la Revolución anti-mariana, ellos se esfuerzan en impedirlo disminuyendo sus privilegios y haciendo que se pierda el amor hacia la Santísima Virgen. Entonces nosotros haremos lo contrario.

Hasta aquí el P. Tam.

El Espíritu anti-mariano del concilio Vaticano II
(Sí, sí, no, no del 31 de mayo de 2013)

Veamos ahora cómo el «concilio de los Papas Juan y Paulo» se comportó en relación a Nuestra Señora de Fátima. Había en este sentido cuatro grandes cuestiones:

– Las Apariciones venían a evidenciar la verdad siempre acreditada por la Iglesia, acerca de la Mediación de María Santísima. Este era el asunto de un esquema especial preparado sobre Nuestra Señora;

– Los Novísimos se tornaban una prioridad pastoral para nuestra época incrédula e indiferente y habían sido recordados con fuerza en Fátima, por la visión del infierno a los pastorcitos;

– El mayor mal de nuestra época es el comunismo “intrínsecamente perverso” que multiplica opresiones y persecuciones; es el gran error esparcido por Rusia, como había avisado Nuestra Señora de Fátima;

– La gran promesa y única salida para esos errores impuestos por una potencia militar sin precedentes históricos fue ofrecida en Fátima a través del pedido de la consagración de Rusia al Inmaculado Corazón de María hecha por el Papa junto con todos los Obispos católicos.

El concilio era la ocasión ideal para tratar estas cuestiones que fueron recordadas también por centenares de Padres conciliares, lo que agrava todavía más la sistemática censura que recibieron del principio al fin del concilio. Veamos. Ya desde el comienzo, se levantó la oposición de las fuerzas neo-ecumenistas a todo aquello que recordase a la Madre de Dios que los Protestantes no aceptan.

– El esquema especial fue reprobado y fundido con el esquema sobre la Iglesia, evitando tratar acerca de la Mediación de María;

– El recuerdo de los Novísimos: Muerte, Juicio, Infierno y Gloria, debe de haber sido considerado por demás infantil para ser repetido en sede tan alta, porque en los documentos conciliares poco o nada se habla de eso, pero especialmente del Infierno, que Nuestra Señora quiso hacer recordar por la Iglesia con las Apariciones de Fátima;

– Sobre el comunismo, se supo después que había un veto implícito papal de discutirlo y, más todavía, de condenarlo, resultado de un compromiso para obtener la presencia de los representantes del Patriarcado de Moscú que, desde hacía mucho, era una “filial religiosa” del gobierno soviético;

– Está claro que en esas circunstancias la Consagración pedida era irrealizable.

El Mensaje ya había sido dejado de lado y puesto en un cajón antes, mostrando que el espíritu del Concilio es antagónico al espíritu de Fátima, a pesar de todos los engaños y apariencias.

Cuando después se analizaron mejor los documentos de ese Concilio anti-mariano, quedó clara la acción de un espíritu herético y cismático que estaba contra Fátima así como estaba contra la misma doctrina católica. La gravedad del hecho se mostró enteramente por los frutos conciliares que llevaron a la inexorable auto-demolición de la Iglesia.

Continúa…


Publicado por Syllabus Errorum