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lunes, 12 de octubre de 2015

SERMÓN EN LA FIESTA DE NUESTRA SEÑORA DEL ROSARIO - P. TRINCADO


 "Denme un ejército que rece el Rosario y vencerá al mundo" (San Pío X).


Nos referiremos en esta ocasión la victoria de la batalla de Lepanto. Este triunfo dio origen a la fiesta de Nuestra Señora del Rosario, que celebramos hoy.

Hacia 1571 Europa era amenazada por los musulmanes turcos, que habían conquistado el Norte de África y el medio oriente, y controlaban el Mediterráneo. España y Portugal se habían librado de los musulmanes después de ocho siglos de lucha. Los turcos se preparaban para invadir Europa y tal cosa habría significado el fin del Cristianismo.

La situación era desesperada. El Papa San Pío V trató de unificar a los cristianos para la defensa militar del continente, pero contó con poco apoyo. Finalmente, logró reunir un ejército de 20.000 soldados y una flota de 101 galeones y otros barcos más pequeños. Los turcos, por su parte, poseían la flota más poderosa del mundo, con 300 galeras en las cuales había miles de esclavos cristianos que eran usados como remeros.


 
San Pio V y la visión del triunfo milagroso
 de la batalla de Lepanto.

Los cristianos estaban en gran desventaja siendo más pequeña su flota, pero poseían un arma invencible: el Santo Rosario. En la bandera de la nave capitana de la escuadra cristiana ondeaban la Santa Cruz y el Santo Rosario.

Conociendo el poder del Rosario, San Pío V pidió a toda la Cristiandad que lo rezara y ayunara, suplicando a la Santísima Virgen su auxilio ante aquel peligro. El Papa ordenó, además, que antes entrar en combate, se sacara de la armada católica a cualquier soldado cuyo comportamiento pudiese ofender a Dios.

Prisioneros de la batalla de Lepanto.

Poco antes del amanecer del 7 de octubre, la flota cristiana encontró a la flota turca anclada en el puerto de Lepanto, Grecia. La flota católica se ordenó en forma de cruz y la flota turca, en forma de media luna, mientras los fieles en todo el mundo dirigían su plegaria a la Santísima Virgen, Rosario en mano, para que ayudara a los cristianos en aquella batalla decisiva.

En nuestra flota se dio la señal de batalla izando la bandera enviada por el Papa, que tenía las imágenes de Cristo crucificado y de la S. Virgen. Los generales cristianos animaron a las tropas y ordenaron rezar, y los soldados cayeron de rodillas ante el crucifijo y continuaron en fervorosa oración hasta que las flotas se aproximaron. El Almirante Don Juan de Austria arengó en estos términos a los combatientes españoles: "Hijos, a morir hemos venido, o a vencer si el cielo lo dispone. No deis ocasión para que el enemigo os pregunte con arrogancia impía ¿dónde está vuestro Dios? Pelead en su santo nombre, porque muertos o victoriosos, habréis de alcanzar la inmortalidad".

Los turcos se lanzaron sobre los cristianos con gran rapidez, pues un fuerte viento les era favorable. Pero sucedió que éste se calmó justo al comenzar la batalla, y pronto cambió de dirección, favoreciendo a los católicos. La batalla fue terrible y sangrienta. Duró desde alrededor de las 6 de la mañana hasta que oscureció.

El Papa Pío V, desde el Vaticano, no cesó de rogar a Dios. Durante la batalla se hizo una procesión del Rosario para pedir la victoria. Estaba conversando con algunos cardenales cuando repentinamente los dejó, se quedó algún tiempo con sus ojos fijos en el cielo, y dijo: "No es hora de hablar más sino de dar gracias a Dios por la victoria que ha concedido a las armas cristianas". El Cielo le había revelado la victoria, confirmada por los mensajeros que llegaron varios días después.



El carácter milagroso del triunfo de Lepanto se corrobora por los testimonios de los prisioneros capturados en la batalla: ellos testificaron que habían visto a N.S. Jesucristo, a San Pedro, a San Pablo y a una gran multitud de ángeles, espada en mano, luchando contra los turcos y cegándolos con humo. 

En la batalla de Lepanto murieron unos 30.000 turcos y 5.000 fueron tomados prisioneros. Unos 15.000 esclavos cristianos fueron encontrados encadenados en las galeras y fueron liberados. Los musulmanes perdieron más de 200 naves. La flota cristiana sufrió 7.600 bajas y la pérdida de 12 galeras. Dios, que en su justicia había permitido que parte de las naciones cristianas cayeran bajo la opresión turca, impuso aquel día un límite al Islam y no permitió que el Cristianismo desapareciera.


Estandarte turco

Los católicos logramos ese 7 de octubre una milagrosa victoria que cambió el curso de la historia. Con este triunfo se fortaleció grandemente la devoción al Santo Rosario. En 1569, (dos años antes de la batalla) el mismo San Pío V había fijado la forma tradicional del Rosario, que se mantuvo intacta hasta que el modernista Juan Pablo II osó modificarla.

En agradecimiento a Dios por la victoria, el Papa Pio V instituyó la fiesta de N.S. de las Victorias, el primer domingo de octubre. A las letanías de Nuestra Señora añadió la invocación "Auxilio de los cristianos". El Papa Pío V murió el primero de mayo de 1572 y fue canonizado en 1712. En 1573, el Papa Gregorio XIII cambió el nombre a la fiesta, por el de Nuestra Señora del Rosario. San Pío X la fijó para el 7 de Octubre y afirmó lo siguiente: "Denme un ejército que rece el Rosario y vencerá al mundo".

Lo acontecido en Lepanto por intercesión de la Virgen y el rezo del Rosario se repitió en otros enfrentamientos con los turcos, como la batalla de Viena, el 12 de septiembre de 1683. En agradecimiento a N. Señora por esta victoria, se estableció la fiesta del Dulce Nombre de María.La victoria en la batalla de Temesvar, en Rumania, el 5 de agosto de 1716, también se debe a la intercesión de la S. Virgen María, etc. 

En la actualidad los católicos estamos en situación similar a la de la época de Lepanto. El enemigo parece muy superior y el cáncer modernista triunfante en la Iglesia desde el fatídico Vaticano II se extiende cada vez más.  El 29 de enero de 1975, Pablo VI, fiel a los sueños pacifistas y ecumenistas de los liberales, devolvió a los turcos el estandarte que los enemigos de Cristo izaron en su nave principal en Lepanto. Este insigne trofeo había sido conservado casi 400 años en Santa María la Mayor, como un exvoto de eterna gratitud a la Sma. Virgen, Protectora de la Cristiandad.

Y hoy, mientras los traidores liberales entregan Europa a los musulmanes, el astuto demonio ha logrado inocular el veneno liberal también en la FSSPX. El Superior General de la congregación ya ha entregado algunas banderas a los destructores de la Iglesia: ha preferido ceder en ciertos puntos doctrinales ante la amenaza de una nueva excomunión, y sigue dispuesto a poner a la tradición bajo el poder de los liberales, como lo prueba su diplomático silencio ante los constantes escándalos del Papa Francisco y de la secta conciliar.

Estimados fieles: aunque la situación es terrible, tengamos confianza porque la victoria absoluta de Cristo es cierta, indudable, inevitable: es una verdad revelada por el mismo Dios. Nosotros hagamos nuestra parte: “a los soldados toca combatir y a Dios dar la victoria”, decía Santa Juana de Arco: nuestro deber es combatir hasta el final, y para eso contamos con las armas invencibles de Dios: la fe íntegra, el santo Sacrificio de la Misa y el Santo Rosario.


"Denme un ejército que rece el Rosario y vencerá al mundo".

  

Publicado por Syllabus Errorum

viernes, 7 de agosto de 2015

R.P. TRINCADO - SERMÓN DOMINGO X DESPUÉS DE PENTECOSTÉS

domingo, 2 de agosto de 2015






Casi todo este sermón consistirá en leer algunos comentarios de los Santos Padres acerca del Evangelio de hoy, que se encuentran en la “Catena Aurea” de Santo Tomás de Aquino.

Y dijo esta parábola a los que, confiando en sí mismos, se tienen por justos y desprecian a los demás: dos hombres subieron al templo a orar: uno fariseo y otro publicano.

Y el fariseo, estando de pie… Cuando dice que estaba de pie, Nuestro Señor indica el orgullo, porque el fariseo se mostraba muy soberbio aun en su actitud física. En la soberbia hay un menosprecio de Dios. Es soberbio el que se atribuye a sí mismo las buenas acciones que ejecuta y no a Dios. La causa por la que los soberbios confían excesivamente en sí mismos, está precisamente en no atribuir a Dios lo bueno que hacen o que tienen. Decía Mons. Lefebvre que para ser humildes debemos estar en presencia de Dios, es decir, en la realidad, conscientes de que Él es todo y nosotros somos nada.

Oraba el fariseo en su interior… Es decir, como si no orase delante de Dios, porque se volvía hacia sí mismo por el pecado de la soberbia. El soberbio es siempre un egoísta, un enamorado de sí mismo. Y decía: yo te doy gracias, Dios mío… San Agustín comenta que no es reprendido por agradecer a Dios, sino porque ya no deseaba nada más para sí. Creyéndose perfecto, no necesitaba decir: perdona nuestras deudas. Como si el fariseo dijera: Dios me ha hecho hombre pero yo me hago justo (o bueno o santo).

El clero modernista enseña la oración del fariseo. En el lenguaje corriente,  la Misa ha pasado a ser la Eucaristía, palabra que significa acción de gracias. Si para los modernistas estamos todos salvados, y si “el infierno, si es que existe, está vacío” (Von Balthazar), ¿para qué suplicar? Sólo queda agradecer. Y muchas veces se oye decir: “yo no le pido nada a Dios, sólo le agradezco”. Diabólica ilusión de rectitud, desinterés y simplicidad. Cuidado.

Gracias -decía- porque no soy como los demás hombres… Si solamente dijese "como muchos hombres", pero con eso de “los demás hombres” quiere decir todos excepto él mismo.

Comenta San Gregorio que de cuatro maneras suele demostrarse el orgullo: primero, cuando uno cree que lo bueno que tiene o hace nace exclusivamente de sí mismo; luego cuando uno, convencido de que se le ha dado la gracia de lo alto, cree haberla recibido por sus propios méritos; en tercer lugar, cuando se jacta uno de tener lo que no tiene y, finalmente, cuando desprecia a los demás queriendo aparecer como teniendo lo que ellos desean.

San Agustín agrega que al estar el publicano cerca del fariseo, se le presentó a éste una ocasión para aumentar su orgullo, y por eso sigue diciendo: ni como este publicano... Como queriendo decir: “yo soy único, y éste es como los demás”.

No le bastó menospreciar a toda la humanidad -dice San Juan Crisóstomo-, sino que se refirió también al publicano en particular. Su falta habría sido menor si le hubiese exceptuado, pero con sus palabras ofende a los ausentes y lacera la herida del que está presente. Porque la acción de gracias no debe ser un insulto a los demás. Cuando damos gracias a Dios, no nos dirijamos a los demás hombres ni condenemos al prójimo.

Gracias porque no soy como los demás hombres, ladrones, injustos, adúlteros... Como el fariseo sabe que conviene no sólo evitar el mal, sino también hacer el bien, añade en contraposición a los pecados “de los demás hombres” las siguientes obras buenas: ayuno dos veces en la semana (los fariseos ayunaban los lunes y los jueves), y doy el diezmo de todo lo que poseo... Está diciendo: “evito el mal y hago el bien. No peco, pero no sólo eso: además me mortifico y doy generosas limosnas de mis bienes”. Nada mal.

San Gregorio comenta: por el orgullo abrió la ciudad de su corazón a los enemigos que la sitiaban, que en vano cerró por la oración y el ayuno, porque todas las fortificaciones se hacen inútiles cuando hay en ellas un solo punto por el que puede entrar el enemigo. De ciertas  monjas jansenistas (las de Port Royal), decía Pascal: “son puras como ángeles pero orgullosas como demonios” Cuidado. Por algo Cristo dice “vigilad y orad” y no sólo “orad.” ¿Vigilar qué? Pues nuestras intenciones ante todo, nuestro corazón.

Dice San Agustín: observa sus palabras y no encontrarás ruego alguno dirigido a Dios. Sólo “eucaristía”, sólo acción de gracias. Había subido en verdad a orar, pero no quiso rogar o suplicar a Dios, sino alabarse o ensalzarse a sí mismo, e insultar al que rogaba.

Entre tanto el publicano, a quien alejaba de Dios su propia conciencia, se acercaba a Él por su piedad y su humildad. Por esto sigue diciendo el Evangelio: pero el publicano, estando lejos…

El publicano se diferencia del fariseo no sólo en las palabras y en la actitud, sino sobre todo en la contrición del corazón. Porque no se atrevía a levantar sus ojos al cielo, creyendo que eran indignos de ver lo alto los ojos que antes eligieron buscar y mirar las cosas bajas. Por esta razón se daba golpes de pecho, como para castigar su corazón por las malas intenciones pasadas, y por eso decía Dios mío, ten piedad de mí, pecador.

Cuarenta años estuvo dedicada Santa María Magdalena a hacer lo mismo en una cueva de Marsella, ella, que de gran pecadora se convirtió en gran santa, “porque amó mucho” (Lc. 7 47). Las monjas fariseas de Port Royal, exteriormente correctas e intachables, a las que poco o nada se les había perdonado -por eso amaban poco- no la habrían aceptado como postulante.

Si el publicano hubiera oído eso de: "gracias, Dios mío, porque no soy como este publicano", no se habría indignado, sino que habría experimentado mayor contrición. El fariseo había descubierto la enfermedad del publicano, pero éste no buscaba ocultarla: buscaba curarse. “No necesitan médico los sanos, sino los enfermos. No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores”, dice Cristo (Mc. 2 17).

San Agustín agrega: estaba lejos el publicano y, sin embargo, se acercaba a Dios, y el Señor se acercaba a él. Su conciencia lo hundía pero su esperanza lo elevaba. Hería su pecho y se castigaba a sí mismo, y el Señor le perdonaba, porque se confesaba.

Habéis oído al acusador soberbio y al culpable humilde -sigo citando a San Agustín-, oíd ahora al Juez que dice: os digo que éste y no aquél, descendió justificado a su casa.

Dice San Juan Crisóstomo que en esta parábola propone Nuestro Señor dos carros en una carrera. Uno es la justicia unida a la soberbia, el otro es el pecado unido a la humildad. El carro del pecado sobrepasa al de la justicia por la fuerza de la humildad que lo acompaña. El otro es vencido por el peso de la soberbia. Por tanto, aun cuando lleves en tu conciencia el peso de mil culpas, si te crees pequeño, alcanzarás a Dios.

Y el Evangelio señala la causa de la sentencia divina que condena al fariseo y absuelve al publicano, cuando añade: porque todo el que se ensalza (o eleva) será humillado y el que se humilla (o rebaja) será ensalzado.  La soberbia -sigo citando al santo- puede privar del cielo al que no se cuide de ella, mientras que la humildad saca al hombre de sus pecados. Ella fue la que salvó al publicano, no al fariseo, y al buen ladrón dio el paraíso antes que a los Apóstoles. Si la humildad unida al pecado corre tan fácilmente que adelanta a la soberbia unida a la justicia, ¿cuánto más adelantará la humildad unida a la justicia? Y si el orgullo unido a la justicia puede dañar tanto a ésta, ¿a cuáles profundidades del infierno iremos si al orgullo unimos el pecado?

“Porque ha mirado la humildad de su esclava, por eso todas las generaciones me llamarán bienaventurada”, dice la Santísima Virgen en el Magnificat. Gracias, entonces, a la humildad, a su humildad, hubo Encarnación y pudimos ser redimidos. Todos los bienes nos vienen por la humildad. Que por la intercesión de nuestra Madre, Dios nos haga humildes.


Publicado por Syllabus Errorum 


miércoles, 27 de mayo de 2015

“Algunos puntos frente a la falsa Iglesia, la Iglesia Conciliar”

R.P. Fernando Altamira

Sermón del Domingo 17 de mayo de 2015.


La guerra Cristera


        Queridos fieles: 

         En esta nuestra lucha, “Lucha de los Finales de la Historia”, si algo abunda, y parece que nunca deja de crecer ni de aumentar, es EL ESTADO DE CONFUSIÓN. Confusión en esta crisis de la Iglesia; confusión en lo tocante a la falsa religión y a la falsa iglesia que han creado con el Concilio Vaticano II; confusión frente a tantos puntos relacionados con lo anterior. También: Confusión sobre las tácticas y lo que está haciendo Mons. Fellay, quien –creo- terminará de destruir la Fraternidad San Pío X. Sin duda que en Fraternidad San Pío X hay todavía muchos sacerdotes buenos, pero el riesgo es que, con el tiempo y con “el movimiento general” (manejado por Mons. Fellay), la realidad de las cosas “se los termine comiendo”, el riesgo es que la marea “se los termine comiendo”. De igual manera ocurrió durante el Concilio y en el post Concilio, donde tantos sacerdotes y obispos buenos veían los problemas, pero al no tomar ciertas decisiones, finalmente “fueron comidos” por la Religión Conciliar, por la Iglesia Conciliar, y así quedaron. De allí la necesidad de reaccionar. Ojalá muchos de estos sacerdotes se decidan a resistir públicamente a Mons. Fellay y a “su grupo”. Quería tocar, entonces, varios puntos relacionados con todo lo que implica esta falsa Iglesia del Concilio Vaticano II. El tema es bastante extenso (sepan tener paciencia); y creo que pedirá más de un sermón, ya veremos qué hacemos.

         Últimamente, entre tantas cosas que se publican y se comentan, no faltan afirmaciones de que Mons. Lefebvre siempre vio a Roma como “el centro de la unidad”, que él realizó grandes esfuerzos para evitar la acusación de cisma manteniendo contacto con las autoridades romanas. Hablar o publicar de la libertad para el rito de la Misa Tridentina y del (sic) levantamiento de las excomuniones, y decir que ¡“Roma accedió a esta petición”!, y que así Benedicto XVI publicó el Summorum Pontificum y levantó las excomuniones (¿cómo puede ser que se diga algo así?). También hablar de “un retorno a un estatus jurídico normal”, que es lo mismo que dice Mons. Fellay, y eso es hacer un ACUERDO, pero –agregan- que ahora no es “el momento” (¿lo haremos más adelante?). Afirmar y publicar cosas así hace daño. Y con este tipo de cosas siempre “se sigue”, “y se sigue”, “y se sigue”, aumentando LA CONFUSIÓN entre nuestros fieles. Dios mío, ¡qué tema éste de la confusión reinante!, parece que nunca acabará.


(         1. Monseñor Lefebvre: Roma, el centro de la unidad: 

          Evidentemente que Mons. Lefebvre, y todo católico debe ver en Roma el centro de la unidad. Pero evidentemente también, que eso se refiere a la verdadera Roma, no a la falsa Roma que han creado con el Concilio Vaticano II. Esta falsa Roma actual, si algo no es, es casualmente eso, “ser centro de la unidad”. La falsa Roma actual es todo lo contrario al centro de la unidad católica. En todo caso, la falsa Roma actual es el centro de la Religión Mundial para el Gobierno Mundial del Anticristo. 

            La Santísima Virgen en La Sallete dijo (año 1846): “Roma perderá la Fe, y se convertirá en la Sede del Anticristo”. 

           Escuchemos cómo se expresaba Mons. Lefebvre al final de su vida sobre la falsa Roma actual. Es una lástima que nosotros los sacerdotes (y también los fieles) tan fácilmente olvidemos lo que decía Mons. Lefebvre: “Pienso que cuanto más se avanza, es más abominable. Siempre he rezado mucho para que Nuestro Señor nos muestre el retorno de Roma a la Tradición o, por el contrario, que se agrave el alejamiento de Roma de la Tradición a fin de que esto sea claro. (…) Pienso que podemos hablar de descristianización y que estas personas que ocupan Roma hoy son anticristos. He dicho anticristos, como lo describe San Juan en su primera Carta: “ya el Anticristo hace estragos en nuestro tiempo”. El Anticristo, los anticristos, ellos lo son, es absolutamente cierto. Yo le dije al Cardenal Ratzinger: “Nosotros estamos en todo por Cristo y ellos están contra Cristo. ¿Cómo quiere que podamos entendernos?” (…) Estoy íntimamente persuadido de que nosotros no sabemos ni la mitad de lo que sucede en Roma: y si ya estamos escandalizados por la mitad que conocemos, es necesario pensar en la otra mitad. Si conociéramos todo, estaríamos espantados. Verdaderamente nosotros tratamos con una increíble mafia, ligada ciertamente con la masonería. (…) Ellos no están ya dentro de la Iglesia Católica” (extractos de una conferencia en el Retiro sacerdotal en Ecône, el 14 de septiembre de 1987; ¿qué nos diría hoy Monseñor Lefebvre de la Roma actual con Francisco a la cabeza?). Mons. Lefebvre llegó a llamar a la Roma actual, a la falsa Roma, como “la Roma liberal, modernista y anticristo”, la Roma anticristo (esto no es un invento, es literal en Mons. Lefebvre). Son palabras que tan fácilmente olvidamos todos. Además, éstas en particular, fueron dichas en un momento importantísimo de su vida: Un día antes de consagrar a los cuatro obispos y en la carta que les escribió a ellos. Escuchemos: (29 de agosto de 1987, Carta a los futuros cuatro obispos) “Queridos amigos: Puesto que la Sede de Pedro y los puestos de autoridad de Roma están ocupados por anticristos, la destrucción del Reinado de Nuestro Señor prosigue rápidamente dentro mismo de su Cuerpo Místico en esta tierra, especialmente por la corrupción de la Santa Misa… (…) La corrupción de la Santa Misa ha provocado la corrupción del sacerdocio y la decadencia universal de la Fe en la divinidad de Nuestro Señor Jesucristo. (…) (nota: esta lucha) nos ha valido la persecución de la Roma anticristo. 

           Puesto que esta Roma, modernista y liberal, prosigue su obra destructora del Reinado de Nuestro Señor, como lo prueban Asís y la confirmación de las tesis liberales del Vaticano II sobre la libertad religiosa, me veo obligado por la Divina Providencia a transmitir la gracia del episcopado católico que yo he recibido, con el fin de que la Iglesia y el sacerdocio católico sigan subsistiendo, para la gloria de Dios y para la salvación de las almas. (…) sean mi consuelo en Cristo Jesús, manténganse firmes en la Fe, en el verdadero sacrificio de la Misa y en el verdadero sacerdocio de Nuestro Señor, por el triunfo y la gloria de Jesús en el cielo y en la tierra, por la salvación de las almas y por la salvación de mi alma. (…)”.

(       2. Monseñor Lefebvre:) Con el Concilio, han creado una nueva falsa religión y una falsa iglesia, “la Iglesia del Concilio Vaticano II” o “Iglesia Conciliar”. Escuchemos a Mons. Lefebvre sobre esto: “La Iglesia Conciliar, estando extendida universalmente, difunde errores contrarios a la Fe Católica, y en razón de estos errores ha corrompido las fuentes de la gracia que son el Santo Sacrificio de la Misa y los Sacramentos. Esta falsa Iglesia está en ruptura cada vez más profunda con la Iglesia Católica” (carta a Mons. De Castro Mayer, 4 de diciembre de 1990). “La iglesia que afirma semejantes errores, es a la vez cismática y herética. Esta Iglesia Conciliar no es, por lo tanto, católica. En la medida en que el papa, los obispos, sacerdotes o fieles se adhieran a esta nueva Iglesia, ellos se separan de la Iglesia Católica. (…) El pedido de Su Excelencia Mons. Benelli es, por lo tanto, esclarecedor: sumisión a la Iglesia del Vaticano II, a la iglesia cismática”. (algunas reflexiones respecto de la “suspensio a divinis”, 29 de julio de 1976). 

 “          Nosotros nos veremos cada vez más obligados a actuar considerando esta nueva Iglesia Conciliar como no siendo ya católica” (carta a Jean Madiran, 29 de enero de 1986). O esta otra afirmación, muy terminante, de Mons. Lefebvre, dada hacia el final de su vida, en una conferencia en el Seminario de Suiza: “Se terminó. Ellos ya no son de nuestra religión. Se terminó, ellos ya no son católicos…” (conferencia, Ecône, 28 de octubre de 1985).

(         3. Monseñor Lefebvre:) Y en este “seguir sembrando confusión” por lo que se afirma o se publica (no juzgamos intenciones, decimos sólo lo que ocurre: la confusión siempre aumentada), sobre ese mantener contactos con la falsa Roma, para no ser acusados de cisma, sin aclarar un antes y un después en Mons. Lefebvre, todo ello confunde más a nuestros fieles: Ese seguir yendo a la falsa Roma, ese ir a “esa” Roma; ese buscar “un status jurídico normal” en la falsa Iglesia del Vaticano II. Todo esto confunde más y aumenta la confusión: Primero porque “ellos” (Francisco y compañía) son los cismáticos. Ellos son los cismáticos al romper con todo el pasado católico y con todos los Papas de la Iglesia Católica, por abandonar la Doctrina Católica. 

             Por esto mismo, esa falsa Iglesia es una iglesia cismática y no es la Iglesia Católica. Para ilustrar esto, además de las citas recién leídas, escuchemos otras de Mons. Lefebvre: «Esta apostasía (nota: de la falsa Iglesia Conciliar) convierte a estos miembros en adúlteros, en cismáticos opuestos a toda la Tradición, en ruptura con la Iglesia del pasado…» (Itinéraire Spirituel, p. 70). «Este Concilio representa, tanto a los ojos de las autoridades romanas como a los nuestros, una nueva Iglesia a la cual por otra parte llaman la Iglesia Conciliar. (…) (nota: el Concilio) al dar la espalda a la Tradición y al romper con la Iglesia del pasado, es un Concilio cismático. (…) Todos los que cooperan en la aplicación de este trastocamiento, aceptan y adhieren a la nueva Iglesia Conciliar… entran en el cisma. (…) ¿Cómo podríamos nosotros por una obediencia servil y ciega, hacerle el juego a esos cismáticos que nos piden que colaboremos en su empresa de destrucción de la Iglesia?» (Un Évèque Parle, pp. 97-98).


Todo esto confunde más y aumenta la confusión: Segundo porque aquello de “ir a la falsa Roma”, de seguir yendo y hacer diálogos, tratativas, “intentar convertirlos”, ese buscar “un status jurídico” en la falsa Iglesia, se ha mostrado, ¡hasta el cansancio!, absolutamente imprudente y destructor de lo poco que va quedando para luchar contra esta nueva Religión del Concilio. Nueve o diez congregaciones similares a la nuestra han caído ya con esa política de diálogos y reuniones con la falsa Roma. Mons. Fellay está a punto de terminar de destruir nuestra Congregación, la Fraternidad San Pío X, con esa misma política de “ir a Roma” (a la falsa Roma, evidentemente). Uno se pregunta, “¿hasta cuándo?, ya es hora de aprender de la experiencia”. Pero no: Seguimos con aquello de ir a Roma (la falsa), seguimos con “el status canónico”, etc. ¿Cómo manejar esto? “Ser lo que siempre hemos sido: Católicos que continúan. Es todo” (así dijo Mons. Lefebvre), y Dios nos muestra, y nos ha mostrado, que ése es el camino (también así enseñaba Mons. Lefebvre). Hay que decir a Francisco: “Mire, sabe, no haremos tratativas, no haremos reuniones, diálogos. Cuando usted vuelva al Catolicismo… ya no existirá ningún problema, automáticamente todos estaremos bien, todos estaremos en el Catolicismo cuando ustedes vuelvan”. Ellos se han ido del Catolicismo, de donde nosotros nunca hemos salimos. Ojalá que Francisco se convierta (pero tengo la impresión de que Cristo vendrá antes de eso). Mientras tanto seguir, dar testimonio la Fe Católica, manifestar el Catolicismo, tratar de vivir como buenos católicos. Escuchemos palabras de Mons. Lefebvre relacionadas con ir a Roma, con un acuerdo, etc: “hay quienes estarían dispuestos a sacrificar, yo diría, el combate de la Fe diciendo: ¡Reentremos primero en la Iglesia! (nota: se entiende: en la falsa Iglesia, pues nunca nos hemos ido de la verdadera Iglesia Católica)… una vez que estemos en el interior, ustedes van a ver, podremos combatir, podremos hacer esto, podremos hacer aquéllo… ¡Es absolutamente falso! (…) Lo que nos interesa por principio, es mantener la Fe Católica. Ése es nuestro combate. Entonces, la cuestión canónica… es secundaria” (conferencia a los seminaristas de Ecône, 21 de diciembre de 1984). “Aunque las mentiras de la Roma Conciliar sean tantas veces confirmadas por los hechos, su juego (nota: su juego de hacer un acuerdo, de ofrecer un acuerdo) vale la pena pues siempre hay quien muerda el anzuelo” (carta a los sacerdotes luego de la salida de algunos seminaristas del Seminario de Argentina, Cor Unum, 16 de julio de 1989). “Se terminó, he comprendido. Nos quieren embaucar, se terminó, es el fin… están jugando con nosotros… Es inútil continuar. Estamos completamente opuestos uno al otro” (conferencia de prensa en Ecône, 15 de junio de 1988).

         (Conclusión: La Segunda Venida de Cristo) 

Para terminar: ¿Quién arregla todo esto? Humanamente, ya nadie lo puede arreglar. Nuestros tiempos son los del Apocalipsis. Dios Nuestro Señor Jesucristo con su Segunda Venida es el único que puede solucionar esto. Ya no hay solución humana. Y la Parusía, y el triunfo de Cristo, será también el triunfo de su madre, de la Santísima Virgen María y de su Inmaculado Corazón. El católico debe esperar, desear, pedir y amar esta Segunda Venida. ¿Qué hacer mientras tanto? Guardar la Fe, que es el punto de partida para la salvación (la Fe implica las Verdades de Dios, la Doctrina Católica). Y practicar “el fruto de la Fe”, que es la Caridad, amor a Dios demostrado con el amor al prójimo, a los seres queridos y a los desconocidos (lo cual, confesamos, hemos fallado algunas veces). Y así, luchar con estas consignas hasta el final. Como lo decía el Padre Castellani en esta “tan-pero-tan” bella poesía, “No haga nada”:


Padre Leonardo Castellani, “NO HAGO NADA”

Corazón, tente en pie sin doblegarte de la injusta opresión a la insolencia;
aunque estoy loco, tengo yo mi arte: "Nam furor saepe fit laesa patientia".
Luchando sin más armas que mi triste corazón
contra el mal peor que existe ¿no hago yo nada?
Lucho, sangro y no caigo al suelo.
No hago mucho, pero hago más de lo que puedo...
Centinela aterido,
no dejo sospechar que estoy herido,
ni dejo conocer que tengo miedo...
Herido, helado, aguanto la bandera;
no deserto la inhóspita trinchera.
Y aunque sé que la muerte me ha podido,
estoy de pie y estoy ante ella erguido,
marcando el SOS de la brega a un auxilio
que no me llegará sino un momento tarde,
si es que llega,
y que muerto de pie me encontrará...
La otra mitad la hará sobre mi tumba otro infeliz, después que yo sucumba...
¡Corazón!, ¡tu mitad se ha hecho ya!


Publicado por El ariete católico el martes, 26 de mayo de 2015.


martes, 19 de mayo de 2015

R.P. TRINCADO - SERMÓN DOMINGO DESPUÉS DE LA ASCENCIÓN







Os he dicho estas cosas para que no os escandalicéis. Os expulsarán de las sinagogas, y viene la hora en que cualquiera que os mate pensará que sirve a Dios. Y os harán esto porque no conocieron al Padre ni a Mí. 
San Juan Crisóstomo comenta que Nuestro Señor intenta consolar a los Apóstoles con estas palabras, como si dijera: basta para vuestro consuelo el saber que padecéis esto por mí y por mi Padre. Nos dice Cristo: Me persiguieron a Mí y os perseguirán también a vosotros. La persecución es para nosotros católicos el pan nuestro de cada día; esta es la señal de que somos discípulos verdaderos de Jesucristo (P. B. Martín Sánchez en “El Reino de los Cielos Padece Violencia"). Esa es la verdadera señal, el sello de la auténtica catolicidad, ¡no las certificaciones o reconocimientos de gobiernos revolucionarios o de prelados herejes!


Os he dicho estas cosas para que no os escandalicéis, es decir, no tropecéis y seáis vencidos al ver que la persecución viene a veces de donde menos podía esperarse: de los buenos, de los más cercanos, de los amigos, de los superiores, de los compañeros de combate. Jesús nos previene para que no incurramos en el escándalo de que habla Mt 13, 21 (Mons. Straubinger): el sembrado en pedregales es el que oye la palabra y la recibe con gozo, pero no tiene raíz en sí mismo sino por un tiempo, y cuando viene la tribulación o la persecución por la palabra, pronto se escandaliza.


Os expulsarán de las sinagogas -o de la Iglesia mediante excomuniones, como en 1988; o de la congregación, o de la feligresía, como sucede en la Fraternidad desde el 2012-, y viene la hora en que cualquiera que os mate pensará que sirve a Dios. Y os harán esto porque no conocieron al Padre ni a Mí. Dice Mons. Straubinger: Rara vez habrá quien haga el mal por el mal mismo, y de ahí que la especialidad de Satanás, habilísimo engañador, sea llevarnos al mal con apariencia de bien. Así Caifás condenó a Jesús, diciendo piadosamente que estaba escandalizado de oírlo blasfemar, y todos estuvieron de acuerdo con Caifás. Lo mismo hizo Ménzingen cuando condenó la consagración de Mons. Faure.

Todos los que aspiran a vivir piadosamente en Cristo Jesús sufrirán persecución, dice San Pablo (2 Tim 3. 12). No hay duda de que todos los que quieren vivir conforme a la doctrina de Cristo serán perseguidos por envidia y malicia. Serán perseguidos por los demonios... por el mundo corrompido... Se les llenará de injurias, de burlas, de afrentas, de desprecio, siempre por envidia, ceguedad, injusticia y crueldad. Serán perseguidos en odio a la verdad, de los buenos ejemplos, del Evangelio, de la religión, del orden, de la sana doctrina, de la moral (…)... Serán perseguidos por sí mismos, por la concupiscencia, por el hombre viejo, que afrentan, que encadenan a pesar suyo, y que someten al espíritu.


No es cosa nueva que las almas piadosas sean perseguidas; esto se verifica desde el principio del mundo. Así Caín persiguió al piadoso Abel, su hermano, y le mató. (…) Abraham fue perseguido por los cananeos. Lot por los sodomitas. Isaac por Ismael. Jacob por Esaú, José por sus hermanos, Moisés por el faraón. Los hebreos primero por los egipcios y más tarde por los filisteos y otras naciones. Saúl persiguió a David; Absalón persiguió a su padre David; Manasés persiguió a Isaías; los judíos persiguieron a Jeremías, a Amós, a Ezequiel y a los demás profetas. Nabucodonosor persigue a Daniel (...) Herodes (el Grande) persigue a los santos Inocentes y (Herodes Antipas) hace decapitar a San Juan Bautista; Jesucristo es perseguido hasta su muerte... Los apóstoles  son perseguidos de mil maneras, y se les sentencia muerte por ser discípulos de Jesucristo... ¡Cuántos millares de mártires!... Todos los santos han sido más o menos perseguidos... (P. B. Martín Sánchez, ibíd.). Pensemos en los Cristeros perseguidos por los masones, en México, en el siglo pasado. En los católicos perseguidos por los comunistas en España, por la misma época, y en el resto del mundo durante la mayor parte del siglo XX. Pesemos en la muy sangrienta persecución que se desarrolla actualmente en el medio oriente. Pensemos en los millones y millones de niños asesinados en el vientre de sus madres…


Volvamos a la persecución de los católicos por los mismos católicos, que no por menos brutal es menos injusta, y que hoy nos toca padecer a nosotros en la Resistencia: Dice Mons. Lefebvre (“Itinerario Espiritual”): Así como el Israel del Antiguo Testamento tuvo una historia muy turbulenta por sus continuas infidelidades con Dios, muchas veces debidas a sus jefes y a sus levitas, así también la Iglesia militante (…) conoce sin cesar períodos de pruebas por causa de la infidelidad de sus clérigos, por sus compromisos con el mundo. Cuanto de más arriba vienen los escándalos, tantos más desastres provocan. Cierto es que la Iglesia en sí misma conserva toda su santidad y sus fuentes de santificación, pero la ocupación de sus instituciones por papas infieles y por obispos apóstatas, arruina la fe de los clérigos y de los fieles, esteriliza los instrumentos de la gracia, favorece los asaltos de todas las potencias del Infierno, que parecen triunfar. Esta apostasía convierte a estos miembros en adúlteros, en cismáticos opuestos a toda tradición y en ruptura con el pasado de la Iglesia, y, por lo tanto, con la Iglesia de hoy, en la medida en que ella permanece fiel a la Iglesia de Nuestro Señor. Todo lo que sigue siendo fiel a la verdadera Iglesia es objeto de persecuciones salvajes y continuas (…)Pero no somos los primeros perseguidos por falsos hermanos por haber conservado la fe y la tradición; el Martirologio nos lo enseña cada día. Cuanto más ultrajada está la Iglesia, tanto más debemos aferrarnos a Ella, en cuerpo y alma, y esforzarnos por defenderla y asegurarle su continuidad, valiéndonos de sus tesoros de santidad para reconstruir la Cristiandad (…) algunos nos perseguirán, como persiguieron a Nuestro Señor y a los apóstoles: “Me odian, os odiarán”. Lo que importa es que (…) por encima de todo guardemos la fe, ya que por ella murió Nuestro Señor (…); por ella murieron todos los mártires; por ella se santificaron todos los elegidos. Huyamos de quienes nos la hacen perder o la disminuyen.


Estimados hermanos: somos perseguidos porque queremos mantenernos enteramente católicos. Tengamos, entonces, siempre presentes las palabras eternas de Cristo: Mirad que yo os envío como ovejas en medio de lobos... por mi causa seréis conducidos ante los gobernadores y los reyes para dar testimonio de mí ante ellos y ante las naciones (Mt 10 16-18). En el mundo tendréis grandes tribulaciones, pero tened confianza: yo he vencido al mundo (Jn 16 33). Sabed que yo estaré siempre con vosotros, hasta el fin del mundo (Mt 28, 20). Felices los que padecen persecución por la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos (Mt 5, 10). Felices seréis cuando os insulten y os persigan, y con mentira digan contra vosotros todo género de mal por mí. Alegraos y regocijaos, porque grande será en los cielos vuestra recompensa (Mt 10 11). El que pierda su vida por mi amor, la salvará (Lc 9, 24). 



Publicado por Syllabus Errorum 

miércoles, 29 de enero de 2014

El Padre Jean Michel Faure

Padre Jean Michel Faure

Habla de la actual crisis 
que atraviesa la Fraternidad Sacerdotal san Pio X: