sábado, 22 de marzo de 2014

LA REALIDAD DEL ARCA

22 de Marzo de 2014
 
Monseñor Richard Williamson

Si alguien duda sobre la posibilidad de un castigo mundial, tal como Nuestra Señora de Akita nos lo advirtió, que recuerden que ya pasó hace 5,000 años, y así es que puede pasar nuevamente. Y si ellos dudan que el Diluvio Mundial de la época de Noé realmente sucedió, que vean en YouTube la fascinante película de 53 minutos titulada “L’Arche de Noé et le Déluge: Preuves Historiques et Scientifiques”. Helas. En español o inglés parece que no hay en YouTube una película equivalente sobre el Arca de Noé sino más bien una buena cantidad de desinformación. Los enemigos de Dios trabajan duro para mantener alejado de nosotros tal sensacional prueba de la verdad de la Biblia como lo es la real existencia del Arca de Noé.

Anida a alrededor de 4,600 m de altura en un cañón en el borde de la nieve perpetua de la Montaña Ararat en la frontera turco-armenia. Es de difícil acceso porque durante casi todo el año está cubierta de hielo y las avalanchas desde arriba amenazan todo el año mientras que abajo hay peligro de ladrones y guerras civiles locales. Pero, luego de referirse al relato idéntico del Diluvio en múltiples idiomas antiguos, siempre con el mismo nombre de Noé, la película francesa continúa con una larga lista de conocidos visitantes al Arca a lo largo de las épocas, 34 de los cuales describieron lo que vieron de una manera notablemente similar, según la película.

La lista comienza con un sacerdote caldeo cerca de medio milenio antes de Jesucristo. Incluye un obispo cristiano del 360 d.C. y el famoso explorador italiano Marco Polo en 1269. En 1840 un gigantesco terremoto labró el cañón en la ladera de la montaña donde el Arca ahora descansa, y la partió en dos pedazos ahora separados por casi treinta metros. En los siglos 19no y 20mo hubieron numerosos visitantes al Arca y durante y después de la Segunda Guerra Mundial muchos pilotos estadounidenses que volaron sobre la montaña claramente reconocieron un bote enorme construido por hombre, oscuro, en forma de barcaza. No tuvieron ninguna duda que ellos estaban viendo el Arca de Noé. Finalmente en nuestro propio tiempo, en el 2007, un equipo de exploradores turcos penetró dentro del Arca y filmaron unos cortos que también pueden encontrarse en YouTube, independientemente de la película francesa.

La película concluye con una fascinante especulación de científicos y geólogos modernos sobre la masa de agua que la Sagrada Escritura dice que ahogó las montañas más altas (por entonces) con una profundidad de siete metros (Gen.VII,20). Vale la pena notar especialmente como la Sagrada Escritura dice que el agua no solamente llovió de las alturas sino que también explotó desde abajo (Gen.VII,11; VIII,2). Una explicación persuasiva es ofrecida en la película por un ingeniero estadounidense, el Dr. Walter Brown, quien afirma que antes del Diluvio había enormes cavernas subterráneas interconectadas de agua, algunas de 800 m de profundidad, ferozmente comprimida debajo de la superficie de la corteza terrestre rocosa de 18 km de espesor. Fue suficiente una grieta en esa corteza que diera vuelta a la tierra en dos horas, y una masa de esa agua explotaría hacia arriba desde a bajo, cambiando la faz de la tierra y explicando muchos rasgos, argumenta el Dr. Brown, de la geología de la tierra tal como la conocemos hoy en día. Del todo fascinante.

Pero, ¿cuántas personas hoy en día quieren saber que Dios existe, que el pecado importa, y que el naufragio de los ambientes es una manera de castigar el pecado? La película dice que a finales del siglo 19no, a pesar del número de visitantes al Arca, la gente estaba más interesada en la Evolución que la libraba de Dios que en el Arca claramente señalando hacia El. Cierto, Dios prometió a Noé que El nunca más castigaría por medio de una inundación de agua (Gen.IX, 15), pero ello no excluye una lluvia mundial de fuego. Nuestra Señora de Akita habló en 1973 de esto último pendiendo sobre nuestras cabezas. Ciertamente, el pecado hoy en día está avanzando mundialmente a toda carrera, fuera de control.

Kyrie eleison.

Una película francesa reciente, accesible en YouTube, presenta evidencia histórica y tangible del Arca de Noé existiendo todavía hoy en día allá arriba en la Montaña Ararat.


jueves, 20 de marzo de 2014

LA IGLESIA NUEVA (15)

Este es el Capítulo VII, de la 2ª parte, del Libro de Monseñor Lefebvre. 
Asombra por su actualidad y reafirma la intención para la cual fue fundada 
la Fraternidad Sacerdotal san Pio X: Resistir en la Fe, resistir en la Santa Tradición.


Monseñor Marcel Lefebvre



CAPÍTULO VII




SERMÓN EN LILA
29 de agosto de 1976







Mis queridísimos hermanos:

Antes de dirigirles algunas palabras de exhortación, quisiera primero disipar algunos malentendidos. Y, por empezar, respecto de esta misma reunión.

Podrán ver por la simplicidad de esta ceremonia que no habíamos preparado una ceremonia para que reuniera a una multitud como la que se encuentra en esta sala. Habíamos pensado celebrar la santa misa el 29 de agosto como estaba convenido, en medio de algunos centenares de fieles de la región de Lila, como lo hago frecuentemente en Francia, en Europa y hasta en América, sin grandes anuncios.

Y he aquí que de golpe, esta fecha del 29 de agosto se ha convertido, por la prensa, por la radio, por la televisión, como en una especie de manifestación que se parecería, dicen, a un desafío. Y bien no, esta manifestación no es un desafío. Esta manifestación son ustedes los que la han querido, queridos fieles, queridos fieles que han veni­do aquí desde lejos. ¿Por qué? Para mani­festar su fe católica. Para manifestar su creen­cia. Para manifestar su deseo de rezar y de santificarse como lo hicieron sus padres en la fe, como lo hicieron generaciones y gene­raciones antes que ustedes. Ése es el ver­dadero objeto de esta ceremonia, durante la cual deseamos rezar, rezar con todo nues­tro corazón, adorar a Nuestro Señor Jesu­cristo que descenderá dentro de unos ins­tantes sobre este altar y que renovará el sa­crificio de la Cruz del que tanta necesidad tenemos.

Quisiera igualmente disipar otro malenten­dido. Y aquí me excuso, pero me veo obli­gado a decirlo: no soy yo quien me he lla­mado el jefe de los tradicionalistas. Ustedes saben quién lo ha hecho hace poco tiempo en circunstancias del todo solemnes y memo­rables en Roma. Se ha dicho que monseñor Lefebvre era el jefe de los tradicionalistas. No quiero ser el jefe de los tradicionalistas y no lo soy. ¿Por qué? Porque soy yo tam­bién un simple católico. Por cierto sacer­dote, por cierto obispo, pero estoy en las mis­mas condiciones en las cuales se encuentran ustedes, y tengo las mismas reacciones ante la destrucción de la Iglesia, ante la destruc­ción de nuestra fe, ante las ruinas que se acumulan ante nuestros ojos.

Habiendo tenido la misma reacción he pen­sado que era mi deber formar sacerdotes, formar verdaderos sacerdotes que la Iglesia necesita. A estos sacerdotes los he formado en una "sociedad San Pío X" que ha sido re­conocida por la Iglesia.  Y yo sólo hacía lo que todos los obispos hicieron durante siglos y siglos, no he hecho otra cosa, y lo que hice durante treinta años de mi vida sacerdotal. Lo que me valió ser obispo, lo que me valió ser delegado apostólico en África, lo que me valió ser miembro de la comisión central preconciliar, lo que me valió ser asistente del trono  pontificio.   ¿Qué podía desear  como prueba de que Roma estimaba que mi traba­jo era un trabajo que era provechoso para la Iglesia y para el bien de las almas? Y ahora que hago lo mismo, una obra del todo seme­jante a la que realicé durante treinta años, y he aquí que de golpe soy suspendido a divinis, quizás pronto excomulgado, separado de la Iglesia, renegado, ¿qué sé yo?   ¿Es esto posible? ¿Entonces lo que hice durante trein­ta años era susceptible también de una sus­pensión a divinis?

Pienso, por el contrario, que si en aquel mo­mento hubiera formado a seminaristas como los forman ahora en los nuevos seminarios, habría sido excomulgado. Si en aquel mo­mento hubiera enseñado el catecismo que se enseña en las escuelas, me habrían dicho hereje. Y si hubiera dicho la santa misa como se la dice ahora, me habrían calificado como sospechoso de herejía, me habrían ubicado también fuera de la Iglesia. Entonces, ya no comprendo nada. Precisamente algo ha cam­biado en la Iglesia, y es a esto a lo que quiero llegar.

Agrego un pequeño paréntesis para el que­rido monseñor Ducaud Bourget, que está aquí presente. Me ha rogado, y lo comprendo muy bien, que dijera que era absolutamente falso que haya sido, él, suspendido a divinis y que haya sido borrado de la Orden de Malta. Así pues, la prensa inventa muchas cosas que no corresponden para nada a la realidad. Como también dijeron que yo iba a ir a la asam­blea de los obispos de Lourdes, cuando nunca tuve intenciones de ir.

Pero debemos justamente volver a las razo­nes que nos hacen tomar tal actitud. ¡Ah! actitud extremadamente grave, lo reconozco; oponerse a las más altas autoridades de la Iglesia, ser suspendido a divinis, para un obispo es una cosa grave, una cosa muy pe­nosa. Cómo se puede soportar semejante cosa, si no es por razones excesivamente gra­ves. Y sí, las razones de nuestra actitud y de la actitud de ustedes son razones graves: es la defensa de nuestra fe, la defensa de la fe de ustedes. ¿Pero acaso las autoridades que están en Roma pondrían en peligro nues­tra fe? No juzgo a esas autoridades. Diría que no quiero juzgarlas personalmente. Qui­siera juzgarlas como el Santo Oficio antaño juzgaba un libro, y lo ponía en el Index. Roma estudiaba el libro, no tenía necesidad de cono­cer a la persona que había escrito ese libro. Le bastaba estudiar lo que había en las afir­maciones que estaban escritas. Y si esas afirmaciones eran contrarias a la doctrina de la Iglesia, ese libro era condenado y puesto en el Index, sin tener necesidad de interpelar a la persona. Se dijo precisamente en el concilio, algunos obispos se levantaron en contra de este procedimiento diciendo: "Es inadmisible que se ponga a un libro en el Index cuando ni siquiera se ha escuchado a quien lo escribió". Pero no es necesario ver a alguien que ha escrito un libro, con tal de que se tenga en la mano el texto de cosas que son absolutamente contrarias a la doc­trina de la Iglesia. Es el libro el que es con­denado porque sus palabras son contrarias a la doctrina católica. Es pues de esta manera que debemos juzgar las cosas. Debemos juz­garlas por los hechos, como muy bien lo dijo Nuestro Señor en el Evangelio que leíamos hace muy poco aún, y a propósito precisa­mente de esos lobos que están cubiertos de pieles de ovejas, decía: "Reconoceremos al árbol por sus frutos". Bueno, los frutos es­tán ante nosotros. Los frutos son evidentes. Están claros ante nuestros ojos. Esos fru­tos que vienen del Concilio Vaticano II y de las reformas posconciliares son frutos amar­gos. Frutos que destruyen a la Iglesia. Y cuando me dicen: "No toque al concilio ni a las reformas posconciliares", entonces yo contesto, como lo dicen los que hacen las reformas: "No soy yo quien hizo estas refor­mas". Los que hacen esas reformas nos dicen: "Las hacemos en nombre del concilio. He­mos hecho la reforma litúrgica en nombre del concilio. Hemos hecho la reforma de los cate­cismos en nombre del concilio. Hemos hecho todas las reformas en nombre del concilio". Ahora bien, ellos son las autoridades de la Iglesia. Son ellos los que, por consiguiente, interpretan legítimamente el concilio. ¿Qué pasó en ese concilio? Lo podemos saber fá­cilmente leyendo los libros de quienes fue­ron los instrumentos de ese cambio en la Iglesia, que se ha operado ante nuestros ojos. Lean por ejemplo El ecumenismo visto por un francmasón, de Marsaudon; lean el libro del senador del Doubs, el señor Prelot, El catolicismo liberal, escrito en 1969, y él les dirá lo que es el concilio, él, un católico libe­ral. Lo dice en las primeras páginas de su li­bro: "Hemos luchado durante un siglo y me­dio para hacer prevalecer nuestras opiniones en el interior de la Iglesia y no hemos tenido éxito. Al fin vino el Vaticano II y triunfa­mos. En lo sucesivo las tesis y los principios del catolicismo liberal están definitivamente aceptados y oficialmente por la santa Iglesia". ¿A ustedes les parece que esto no es un tes­timonio? No soy yo quien dice esto, es él quien lo dice, triunfante, él lo dice felicitán­dose.

Nosotros lo decimos llorando. Porque ¿qué quisieron los católicos liberales durante un siglo y medio? Casar la Iglesia con la Revolu­ción. Casar la Iglesia con la subversión. Ca­sar la Iglesia con las fuerzas destructoras de la sociedad, de toda sociedad, desde la socie­dad familiar y la sociedad civil, hasta la so­ciedad religiosa. Y este casamiento de la Igle­sia está inscrito en el concilio: tomen el esque­ma Gaudium et Spes y encontrarán allí: hay que casar los principios de la Iglesia con las concepciones del hombre moderno. ¿Qué quie­re decir esto? Quiere decir que hay que casar a la Iglesia, la Iglesia católica, la Iglesia de Nuestro Señor Jesucristo con principios que son contrarios a esta Iglesia, que la minan, que siempre han estado contra la Iglesia. Y es precisamente este casamiento el que fue intentado en el concilio por hombres de Igle­sia. Y no por la Iglesia. Porque jamás la Iglesia puede admitir una cosa así. Durante un siglo y medio precisamente todos los so­beranos pontífices condenaron ese catolicis- mo liberal, rechazaron ese casamiento con las ideas de la Revolución, con las ideas de aqué­llos que adoraron a la diosa razón.  Los pa­pas jamás pudieron aceptar cosa semejante. Y en nombre de esta Revolución algunos sa­cerdotes subieron al cadalso, algunas religio­sas igualmente fueron perseguidas y asesina­das. Recuerden los pontones de Nantes, don­de eran amontonados todos los  sacerdotes fieles y eran hundidos mar adentro.  Eso es lo que hizo la Revolución. Bueno, yo les digo, mis queridísimos hermanos, lo que hizo la Revolución no es nada al lado de lo que ha hecho  el Vaticano  II.   Nada.   Más hubiera valido que los treinta y cuarenta y cincuenta mil sacerdotes que abandonaron la sotana, que abandonaron su juramento hecho ante Dios, sean martirizados y vayan al cadalso; habrían por lo menos ganado su alma.   Y ahora corren el riesgo de perderla. Nos dicen que de entre esos pobres sacerdotes casados muchos ya están divorciados,  muchos  han pedido la anulación del matrimonio a Roma. ¿Qué significan estas cosas?   ¿Cuántas reli­giosas?  Veinte mil religiosas en los Estados Unidos que han abandonado su religión, que han abandonado su congregación religiosa y su juramento (que habían hecho a perpetui­dad), roto ese vínculo que tenían con Nuestro Señor Jesucristo para correr también al ca­samiento. Más les hubiera valido igualmente subir al cadalso. Por lo menos habrían dado testimonio de su fe. En definitiva, cuando un enemigo hace mártires de la Iglesia, hace lo que ya decía el adagio en los primeros siglos: sanguis martyrum semen christianorum —la sangre de los  mártires  es una  semilla  de cristianos. Y esto lo saben muy bien los que persiguen a los cristianos. Tienen miedo de hacer mártires porque saben que la san­gre de los mártires es una semilla de cris­tianos. Ya no se quieren hacer más mártires y es la victoria máxima del demonio la de destruir a la Iglesia por la obediencia.

Destruir a la Iglesia por la obediencia. Ve­mos que sé la destruye todos los días ante nuestros ojos; los seminarios vacíos, ese bello seminario de Lila que estaba lleno de semina­ristas. ¿Dónde están los seminaristas? ¿Quié­nes son aún estos seminaristas?  ¿Saben que van a ser sacerdotes? ¿Saben lo que van a ha­cer cuando sean sacerdotes?  Ah, es precisa­mente porque esta unión querida por esos ca­tólicos liberales, querida entre la Iglesia y la Revolución y la subversión, es una unión adúl­tera de la Iegesia, adúltera. Y de esta unión adúltera sólo pueden salir bastardos. ¿Y ame­nes son esos bastardos?   Son nuestros ritos, el rito de la misa es un rito bastardo, los sacramentos son sacramentos bastardos, va no sabemos si son sacramentos que dan la gracia o que no la dan.   Ya no sabemos si esta misa da el Cuerno y la Sangre de Nues­tro Señor Jesucristo o si no los da.  Los sa­cerdotes que salen de los seminarios va no sa­ben ellos mismos lo que son.   En Roma, el cardenal Cincinatti decía: “¿Porqué no hav más vocaciones?  Porque la Iglesia ya no sa­be lo que es un sacerdote".  Entonces ¿cómo puede seguir formando sacerdotes si ya no sabe lo que es un sacerdote?  Los sacerdotes que salen de los seminarios son sacerdotes bastardos.  Ya no saben lo qué son.   No sa­ben que están hechos para subir al altar para ofrecer el sacrificio de Nuestro Señor Jesu­cristo y para dar a Jesucristo a las almas y llamar a las almas a Jesucristo. Eso es lo que es un sacerdote. Y nuestros jóvenes que están aquí lo comprenden muy bien. Toda su vida va a ser consagrada a eso, a amar, a adorar, a servir a Nuestro Señor Jesucristo en la santa Eucaristía, porque creen en ella, en la presencia de Nuestro Señor en la santa Eucaristía. Y esta unión adúltera de la Igle­sia y de la Revolución se concretiza por el diálogo. La Iglesia, si ha dialogado, es para convertir. Nuestro Señor dijo: "Id, enseñad a todas las naciones, convertidlas". Pero no dijo dialoguen con ellas para no convertirlas, para tratar de ponernos en un pie de igual­dad con ellas.

El error y la verdad no son compatibles. Se debe examinar si se tiene caridad hacia los otros, como acaba de decirlo el Evangelio: el que tiene caridad es el que sirve a los de­más. Pues bien, los que tienen caridad de­ben dar a Nuestro Señor, deben dar la ri­queza que tienen a los demás, y no conversar con ellos, dialogar en un pie de igualdad. La verdad y el error no están en un pie de igual­dad. Sería poner a Dios y al diablo al mismo nivel, puesto que el diablo es el padre de la mentira, el padre del error.




Debemos por lo tanto ser misioneros.

Debemos predicar el Evangelio, convertir a las almas a Jesucristo y no dialogar con ellas tratando de tomar sus principios. Esto es lo que nos ha hecho esa misa bastarda, esos ritos bastardos. Porque se quiso dialo­gar con los protestantes y los protestantes nos dijeron: "Nosotros no queremos la misa de ustedes, no la queremos porque entraña cosas que son incompatibles con nuestra fe protestante.   Entonces, cambien esa misa y podremos rezar con ustedes. Podremos hacer intercomuniones. Podremos recibir sus sacra­mentos, ustedes podrán venir a nuestras igle­sias, nosotros iremos a las de ustedes y todo terminará y tendremos la unidad".  Tendre­mos la unidad en la confusión, en la bas­tardía.  Nosotros no queremos eso.  La Igle­sia no lo quiso nunca. Amamos a los protes­tantes, quisiéramos convertirlos.  Pero no es amarlos el hacerles creer que tienen la mis­ma religión que la religión católica.  Lo mis­mo pasa con los masones.  Ahora se quiere dialogar con los masones. No solamente dia­logar con ellos, sino permitir a los católicos formar parte de la masonería.  Pero esto es una vez más un diálogo abominable.   Sabe­mos perfectamente que esas personas que di­rigen la masonería, al menos los responsa­bles, están radicalmente en contra de Nues­tro Señor Jesucristo.   Y esas misas negras que realizan, esas misas abominables, sacrílegas, horribles que realizan, son parodias de la misa de Nuestro  Señor y ellos  quieren hostias consagradas para  realizar esas mi­sas negras.   Saben que Nuestro Señor Jesu­cristo está en la Eucaristía, porque el diablo sabe que Nuestro Señor Jesucristo está en la Eucaristía.   No quieren hostias provenientes de misas de las que no saben si el Cuerpo de Nuestro  Señor  está ahí  o no.   Y  entonces ¿dialogar con gentes que quieren la muerte de nuestro Señor Jesucristo por segunda vez, en la persona de sus miembros, en la per­sona de la Iglesia? No podemos admitir semejante diálogo.  Ya sabemos lo que costó primer diálogo de Eva con el diablo. Ella perdió, nos puso a todos en estado de pecadodo. Porque dialogó con el diablo. No se loga con el diablo. Y se predica a los que están bajo la influencia del diablo para que conviertan, para que vengan a Nuestro Señor Jesucristo. No se dialoga con los comunistas.  Se dialoga con las personas, pero no se  dialoga con el error *...

Pero precisamente ¿por qué de una mane­ra en verdad firme y resuelta no queremos aceptar esta unión adúltera de la Iglesia con Revolución?   Porque nosotros afirmamos la divinidad  de  Nuestro   Señor   Jesucristo. ¿Por qué Pedro fue hecho Pedro?   Recuerden el Evangelio. Pedro se convirtió en Pedro porque confesó la divinidad de Nuestro Señor Jesucristo. Y todos los apóstoles profesaron también esta fe públicamente, después de  Pentecostés.   E   inmediatamente   se  los persiguió. Los príncipes de los sacerdotes les dijeron: "No nos hablen más de ese hombre, no podemos ya escuchar ese nombre de Nues­tro Señor Jesucristo". Y los apóstoles dijeron: non possumus —no podemos no hablar de Nuestro Señor Jesucristo y de nuestro Rey.

Pero ustedes me dirán: "¿Es posible? ¿Us­ted parece acusar a Roma de no creer en la divinidad de Nuestro Señor Jesucristo?" El liberalismo tiene siempre dos caras: afir­ma la verdad, que pretende es "la tesis", y luego en la realidad, en la práctica, en "la hipótesis", como él dice, actúa como los enemigos, con los principios de los enemigos de la Iglesia. De tal manera que siempre se está en la incoherencia. Y bien, ¿qué quiere decir la divinidad de Nuestro Señor Jesucris­to? Que Nuestro Señor es la única persona en el mundo, el único ser humano en el mun­do que pudo decir: "Yo soy Dios". Y por el hecho mismo que pudo decir "Yo soy Dios", era el único Salvador de la humanidad, era el único Sacerdote de la humanidad, y era el único Rey de la humanidad. Por su natura­leza, no por privilegio, no por título, por su propia naturaleza, porque era Hijo de Dios. Ahora bien, hoy se dice: "No solamente hay salvación en Jesucristo, hay salvación fuera de Nuestro Señor Jesucristo. No hay sola­mente el sacerdocio en Nuestro Señor Jesu­cristo, todos los fieles son sacerdotes, todo el mundo es sacerdote". Cuando hay que par­ticipar sacramentalmente en el sacerdocio de Nuestro Señor Jesucristo para poder ofrecer el sacrificio de la misa; segundo error. Fi­nalmente, ya no se quiere el reinado social de Nuestro Señor Jesucristo. Bajo el pre­texto de que no es posible. Esto lo he escu­chado de la boca del nuncio de Berna; lo he escuchado de la boca del enviado del Vati­cano, de la boca del padre Dhanis, ex rector de la Universidad Gregoriana, quien vino a pedirme en nombre de la Santa Sede que no hiciera las ordenaciones del 29 de junio. Él estaba el 27 de junio en Flavigny cuando yo predicaba el retiro a los seminaristas. Y cuando me dijo: "¿Por qué está usted contra el Concilio?" — "Pero en fin, ¿es posible acep­tar el Concilio, cuando en nombre del Con­cilio usted dice que hay que destruir todos los Estados católicos, que ya no tiene que ha­ber más Estados católicos, por ende ya no más Estados en los cuales reine Nuestro Se­ñor Jesucristo? ¿Ya no es posible? Una cosa es que ya no sea posible, otra cosa que to­memos eso como principio y que por consi­guiente ya no busquemos más el reinado de Nuestro Señor Jesucristo".

¿Y qué es lo que decimos todos los días en nuestro "Padrenuestro"? Venga a nos el tu reino, hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo. ¿Qué es ese reino? Hace un momento han cantado en el Gloria "Tu solus Dominus, Tu solus altissimus Jesu Christe" —Tú eres el único Altísimo, Tú eres el único Señor. Lo cantaríamos y en cuanto hubiéramos salido, diríamos: ";Ah, no! ya no es necesario que Nuestro Señor Jesucristo reine sobre nosotros". Pero, ¿es que vivimos en el ilogismo? ¿Somos cristianos o no? ¿So­mos católicos o no?

No habrá paz en esta tierra si no es en el reinado de Nuestro Señor Jesucristo. Los Es­tados se desesperan, todos los días hay pági­nas y páginas en los diarios, en la televisión, en la radio, otra vez ahora con el cambio del primer ministro: ¿Qué vamos a hacer para que se arregle la situación económica? ¿Qué vamos a hacer para que vuelva el dinero? ¿Qué vamos a hacer para que las industrias prosperen?, etcétera. Todos los diarios están llenos de esto en el mundo entero. Pues bien, incluso desde el punto de vista económico, es preciso que Nuestro Señor Jesucristo rei­ne. Porque el reinado de Nuestro Señor Je­sucristo, es el reinado de sus principios de amor, justamente, de los mandamientos de Dios, que ponen equilibrio en la sociedad, que hacen reinar la justicia y la paz en la socie­dad; solamente dentro del orden, de la justi­cia, de la paz de la sociedad, la economía pue­de reinar, la economía puede volver a flore­cer. Se lo ve muy bien. Tomen la imagen de la República Argentina. ¿En qué estado esta­ba hace sólo dos o tres meses? Una anarquía completa, los bandidos matando a derecha y a  izquierda,   las   industrias   completamente arruinadas, los patrones de las fábricas rapta­dos y tomados como rehenes, ¿qué sé yo? Una revolución inverosímil.   En un país sin em­bargo tan hermoso, tan equilibrado, tan sim­pático como la República Argentina. Una Re­pública que podría ser de una prosperidad increíble, con riquezas extraordinarias.  Hay un gobierno que tiene principios, que tiene autoridad, que pone un poco de orden en los asuntos, que impide que los bandidos maten a los demás, y entonces la economía vuelve, los obreros tienen trabajo, y pueden volver a sus casas sabiendo que no van a ser matados por alguien que quisiera hacerlos hacer huel­ga cuando no desean hacer huelga.   He ahí el reinado de Nuestro Señor Jesucristo que queremos y que profesamos en nuestra fe diciendo que Nuestro Señor Jesucristo es Dios. Es por esto que también queremos la misa de san Pío V.   ¿Por qué?   Porque esta misa es la proclamación de la realeza de Nuestro Señor Jesucristo.  La nueva misa es una es­pecie de misa híbrida, que ya no es jerár­quica, que es democrática, en la que la asam­blea ocupa más lugar que el sacerdote, por lo que ya no es una misa verdadera que afir­me la realeza de Nuestro Señor Jesucristo. Porque ¿cómo se hizo también rey Nuestro Señor Jesucristo? Afirmó su realeza por su cruz: regnavit a ligno Deus. Jesucristo reinó por el madero de la cruz. Porque venció al pecado, venció al demonio, venció a la muerte por su cruz. Son pues tres victorias magnificas de Nuestro Señor Jesucristo. Ahora bien, nos dirán que eso es "triunfalismo" de Nuestro Señor Jesucristo. Y es por eso que nuestros antepasados construyeron esas magníficas catedrales. ¿Para qué haber gastado tanto dinero, gentes que eran mucho más pobres que nosotros, para qué haber gastado tanto tiempo para hacer esas magníficas catedrales que todavía admiramos hoy, incluso los que no creen? ¿Por qué? A causa del altar. A causa de Nuestro Señor Jesucristo. Para marcar el triunfo de la cruz de Nuestro Señor Jesucristo. Y bien, sí, queremos profesar el triunfo de la cruz de Nuestro Señor Jesucristo en nuestra misa y es por ello que nos arrodillamos. Nos gusta arrodillarnos ante la santa Eucaristía. Si hubiéramos tenido tiempo, pero no quiero retenerlos demasiado, hubiéramos circulado con el Santísimo Sacramento entre las filas para que ustedes manifestaran a Nuestro Señor Jesucristo, a su santa Eucaristía, que lo adoran. Señor, tú eres nuestro Dios; oh Jesucristo, te adoramos. Sabemos que es por ti que hemos nacido, es por ti que hemos sido cristianos, es por ti que fuimos redimidos, eres tú quien nos juzgará en la hora de nuestra muerte, eres tú quien nos dará la gloria en el cielo si la hemos merecido. Nuestro Señor está presente, como lo estaba en la cruz, en la santa Eucaristía. Eso es lo que debemos hacer, eso es lo que debemos pedir.




No estamos contra nadie.

No somos comandos, no le deseamos mal a nadie.

Queremos solamente que nos dejen profe­sar nuestra fe en Nuestro Señor Jesucristo.

Entonces nos echan de nuestras iglesias, a causa de ello, echan a los pobres sacerdotes, porque dicen la, antigua misa por la cual fueron santificados todos nuestros santos y nuestras santas: santa Juana de Arco, el santo cura de Ars, Teresita del Niño Jesús fueron santificados por esta misa y ahora algunos sacerdotes son expulsados brutalmente, cruel­mente de su parroquia porque dicen esta mi­sa que ha santificado a los santos durante siglos. ¡Es absurdo! ¡Casi diría que es una historia de locos! Nos preguntamos si no estamos soñando. No es posible que esta misa se haya convertido en una especie de horror para nuestros obispos y para quienes debieran conservar nuestra fe. ¡Y bueno! Conservaremos la misa de san Pío V porque la misa de san Pío V es la misa de veinte siglos. Es la misa de siempre, no es sola­mente la misa de san Pío V, y representa nuestra fe, es un escudo para nuestra fe. Y necesitamos ese escudo para nuestra fe.

Entonces nos dirán que nosotros hacemos una cuestión del latín y de la sotana. Evi­dentemente, es fácil desacreditar a aquéllos con quienes no se está de acuerdo, de esta manera. Por cierto, el latín tiene su impor­tancia y cuando yo estaba en África era mag­nífico ver a esas multitudes africanas que tenían una lengua diferente —teníamos a veces cinco o seis tribus diferentes que no se atendían entre sí— que podían asistir a misa en nuestras iglesias y cantar cánticos en latín con un fervor extraordinario, extraordinario. Vayan a ver ahora: se pelean en las Iglesias porque dicen la misa en una lengua que no es la de ellos; entonces no están contentos, piden que haya una misa en su lengua. Es la confusión total. Mientras que antes esa unidad era perfecta. Es un ejemplo. , Sin duda —ustedes habrán visto que hemos leído en francés la epístola y el evangelio, no vemos absolutamente ningún inconvenien­te en ello; e incluso si se agregaran además algunas oraciones en francés, oraciones co­munes en francés, no veríamos ningún incon­veniente. Pero nos parece que sin embargo el cuerpo de la misa, lo esencial de la misa, que va del ofertorio a la comunión del sa­cerdote, debería seguir siendo en una lengua única a fin de que todos los hombres de to­das las naciones puedan asistir a la misa jun­tos y sentirse unidos en esta unidad de la fe, en esta unidad de la oración. Por ello pe­dimos, verdaderamente hacemos un llamado a los obispos y hacemos un llamado a Roma: que tengan a bien tomar en consideración el deseo que tenemos de rezar como nuestros antepasados, el deseo que tenemos de con­servar la fe católica, el deseo que tenemos de adorar a Nuestro Señor Jesucristo, de querer su reinado. Esto es lo que le dije al Santo Padre en mi última carta —y creía realmente que era la última porque no creía que el San­to Padre me dirigiría otras cartas—, le dije **: Muy Santo Padre: devolvednos el derecho pú­blico de la Iglesia, es decir, el reinado de Nuestro Señor Jesucristo; devolvednos la ver­dadera Biblia y no una biblia ecuménica, sino la verdadera Biblia tal como era antaño la Vulgata que fue tantas y tantas veces con­sagrada por los concilios y los papas. Devolvednos la verdadera misa, una misa jerár­quica, una misa dogmática que defienda nues­tra fe y que era la de tantos y tantos siglos y que ha santificado a tantos católicos. Y fi­nalmente devolvednos nuestro catecismo se­gún el modelo del catecismo del concilio de Trento. Porque sin un catecismo preciso, sin una fe precisa, ¿qué serán nuestros niños ma­ñana, qué serán las futuras generaciones?: ya no conocerán más la fe católica y eso ya lo comprobamos hoy en día. Ay, no recibí nin­guna respuesta, nada más que la suspensión a divinis. Y es por ello que no considero estas penas como penas válidas. Tanto canónica como teológicamente, pienso con toda since­ridad, con toda paz, con toda serenidad, que no puedo contribuir por esas suspensiones, por esas penas que me son aplicadas y por el cierre de mis seminarios, por la negativa a hacer ordenaciones, no quiero contribuir a la destrucción de la Iglesia católica.

Quiero que en la hora de mi muerte cuan­do Nuestro Señor me preguntará: "¿Qué hi­ciste de tu episcopado, qué hiciste de tu gra­cia episcopal y sacerdotal?", que no pueda escuchar de la boca del Señor: "Contribuiste a destruir la Iglesia con los demás".

Mis queridísimos hermanos, acabo y termi­no dirigiéndome a ustedes, diciéndoles: ¿Qué tienen que hacer? Ah, lo sé muy bien, muchos grupos nos piden: "Monseñor, dénos  sacerdotes, dénos sacerdotes, dénos verdaderos sacerdotes.   Eso es lo que necesitamos. Tenemos lugar para ponerlo, construiremos una  capillita, estará ahí en nuestra casa, ins­truirá a nuestros hijos:   el verdadero catecismo, la verdadera fe. Queremos conservar la fe, como hicieron los japoneses durante tres siglos cuando no tenían sacerdotes. ¡Dénos sacerdotes!".   Y bien, mis queridísimos hermanos, hago todo lo posible para preparárselos y puedo decir que es mi gran consuelo sentir en estos seminaristas una fe pro­funda de verdaderos sacerdotes. Ellos han comprendido lo que es Nuestro Señor Jesu­cristo. Han comprendido lo que es el santo sacrificio de la misa, los sacramentos. Tie­nta una profunda fe arraigada en su corazón. Son, diría yo, mejor de lo que podíamos ser nosotros hace cincuenta años en nuestros seminarios, porque viven en una situación difícil. Por otra parte, muchos de ellos han hecho estudios universitarios. ¡Cuando nos objetan que esos jóvenes no están adapta­dos y no sabrán hablar a las generaciones modernas! Estos muchachos que han hecho tres, cinco, siete años de universidad, ¿no conocen a su generación? ¿Por qué han ve­nido a Ecône para hacerse sacerdotes? Es precisamente para dirigirse a su generación. La conocen bien, mucho mejor que nosotros, mucho mejor que todos los que nos critican. Entonces serán muy capaces de hablar e1 lenguaje necesario para convertir a las limas. Y es por eso que me siento muy feliz de poder decirles:   otra vez tendremos  veinticinco nuevos miembros este año en el  seminario de Ecône, a pesar de las dificulta­des; tendremos diez nuevos en nuestro semi­nario de los Estados Unidos en Armada; y cuatro nuevos en nuestro seminario de habla alemán en Suiza alemana. Por consiguiente los jóvenes, a pesar de las dificultades que se nos hacen, comprenden muy bien que noso­tros formamos verdaderos sacerdotes cató­licos.

Y es por esto que no estamos en el cisma, somos los continuadores de la Iglesia cató­lica. Los que hacen novedades son los que entran en el cisma. Nosotros continuamos la Tradición. Y es por eso que debemos te­ner confianza, no debemos desesperarnos, in­cluso ante la situación actual. Debemos man­tener. Mantener nuestra fe, mantener nues­tros sacramentos, apoyados en veinte siglos de Tradición, apoyados en veinte siglos de santidad de la Iglesia, de fe de la Iglesia. No tenemos que temer. Algunos reporteros me han preguntado a veces: "¿Monseñor, se sien­te usted aislado?". Yo dije: "De ninguna ma­nera, de ninguna manera. No me siento ais­lado. Estoy con veinte siglos de Iglesia y estoy con todos los santos del  cielo y del paraíso". ¿Por qué? Porque ellos rezaron como nosotros, porque se santificaron como nosotros tratamos de hacerlo, con los mismos medios. Estoy persuadido de que se alegran por esta asamblea de hoy. Dicen: por lo me­nos hay allí unos católicos que rezan, que rezan verdaderamente, que verdaderamente tienen en su corazón el deseo de la oración, de honrar a Nuestro Señor Jesucristo. Los santos del cielo se alegran, los santos ángeles de ustedes se alegran. Entonces no desesperemos, sino que recemos, recemos y santifiquémonos. Ah, hay un consejo que quisiera darles: es preciso que no se pueda decir de nosotros, de estos católicos que somos —no me gusta mucho el término de "católicos tradicionalistas", dado que no veo lo que pue­da ser un católico que no es tradicionalista: la Iglesia es una tradición; y por otra parte, ¿qué serían los hombres si no estuvieran den­tro de la tradición? ¡Pero si no podríamos vivir! Hemos recibido la vida de nuestros padres, hemos recibido la educación de los que estaban antes de nosotros. Somos una tradición. Dios lo ha querido así. Dios ha querido que las tradiciones vayan pasando de generación en generación tanto para las cosas humanas, para las cosas materiales, co­mo para las cosas divinas. Por consiguiente, no ser tradicional, no ser tradicionalista, es la destrucción de uno mismo, es un suicidio. Entonces, somos católicos, seguimos siendo católicos. Que no existan divisiones entre nosotros. Precisamente si somos católicos, estamos en la unidad de la Iglesia, la unidad de la Iglesia que está en la fe. No hay uni­dad sino en la fe. Entonces nos dicen: "Us­tedes tienen que estar con el Papa, el Papa es el signo de la fe en la Iglesia". ¡Claro! en la medida en que el Papa manifieste su es­tado de sucesor de Pedro, en la medida en que se hace eco de la fe de siempre, en la medida en que trasmite el tesoro que debe trasmitir. Porque una vez más, ¿qué es un Papa? Es el que nos da los tesoros de la tradición y el tesoro del depósito de la fe, y la vida sobrenatural por los sacramentos y por el sacrificio de la misa.  El obispo no es otra cosa, el sacerdote no es otra cosa: trasmitir la Verdad, trasmitir la Vida que no nos pertenece. La epístola lo decía hace un momento. La Verdad no nos pertenece, no le pertenece más al Papa que a mí. Él es el ser­vidor de la Verdad como yo debo ser el servidor de la Verdad. Y si llegara a suceder que el Papa no fuera ya servidor de la Ver­dad, ya no sería Papa. No es posible. No digo que lo sea, no me hagan decir lo que no he dicho. Pero digo: si esto llegara a ser ver­dad, pues bien, no podríamos seguir a alguien que nos arrastra al error. Es evidente. Aho­ra bien, ¿cuál es el criterio de la Verdad? Me dicen: "Usted juzga al Papa". Monseñor Benelli me enrostró: "¡No es usted quien hace la verdad!" Por supuesto que no soy yo quien hace la verdad, pero el Papa tampoco. La ver­dad es Nuestro Señor Jesucristo. Por lo tanto tenemos que remitirnos a lo que Nuestro Se­ñor Jesucristo nos ha enseñado, a lo que los apóstoles nos han enseñado, a lo que los Pa­dres de la Iglesia, a lo que toda la Iglesia ha enseñado para saber dónde está la verdad.

No soy yo quien juzga al Santo Padre, es la Tradición.

Un niño de cinco años con su catecismo puede muy bien contestar a su obispo, si su obispo viniera a decirle: "Nuestro Señor no está presente en la Santa Eucaristía". "Yo soy el testigo de la Verdad", diría el obispo. "Yo soy el testigo de la Verdad. Yo te digo que Nuestro Señor no está presente en la san­ta Eucaristía". Este niño con su catecismo, tiene cinco años, lee y dice: "Pero mi cate­cismo dice lo contrario". ¿Entonces quién es el que tiene razón?  ¿Es el obispo o es el catecismo? ¡Es el catecismo, evidentemente! El catecismo que representa la fe de siempre.

 Si muy simple.   Es infantil  como  razona­miento.   Pero en eso estamos.   Si hoy nos  dicen que se pueden hacer intercomuniones con protestantes, que ya no existen diferencias entre nosotros y los protestantes, y bue­no, no es cierto. Hay una diferencia inmensa. Es por eso que estamos realmente estupe­factos cuando pensamos que se ha hecho ben­decir por el arzobispo de Canterbury, que no es sacerdote (porque las ordenaciones an-glicanas no son válidas, el papa León XIII lo declaró oficial y definitivamente, porque es hereje, como lo son todos los anglicanos—, lo siento, ya no agrada ese nombre, pero con todo es la realidad; no es para insultarlo, no pido sino su conversión), luego no es sacer­dote, es hereje y se le pide que bendiga a la multitud de cardenales y obispos presentes en la iglesia de San Pablo con el Santo Padre. |A mí me parece que esto es algo absoluta­mente inconcebible!

Y concluyo agradeciéndoles que hayan ve­nido tantos y agradeciéndoles también que sigan haciendo de esta ceremonia una cere­monia profundamente piadosa, profundamen­te católica y rezaremos pues juntos para que Dios nos dé los medios para resolver el pro­blema. Sería tan sencillo si cada obispo en su diócesis pusiera a nuestra disposición, a disposición de los católicos fieles, una iglesia diciéndoles: aquí está la iglesia que es de ustedes. Y aquí, cuando se piensa que el obis­po de Lila ha dado una iglesia a los musul­manes, no veo por qué no habría una iglesia para los católicos fieles. Y en definitiva, toda la cuestión estaría resuelta. Eso es lo que le pediré al Santo Padre, si el Santo Padre tiene a bien recibirme: Déjenos hacer, Santísimo Padre, la experiencia de la Tradición.


° Aquí dos perturbadores interrumpen, provocando un momento de confusión. No sabiendo cómo manifestar su sentimiento, la asamblea se pone a aplaudir a monseñor Lefebvre con  energía.    Los  perturbadores  son  expulsados.


**   Es la carta del 17 de julio de 1976.



martes, 18 de marzo de 2014

LA IGLESIA NUEVA (14)

Otra entrega del libro de Mons. Lefebvre.

Monseñor Marcel Lefebvre





CAPÍTULO VI





¿DÓNDE ESTÁ EL CISMA?




           "¿Monseñor, no está usted al borde del cisma?" ¡Ésa es la pregunta que se hacen muchos católicos cuando leen las últimas sanciones tomadas por Roma contra nosotros! Los católicos, en su gran mayoría, definen o imaginan el cisma como la ruptura con el Papa. No llevan más lejos su investigación. Usted va a romper con el Papa o el Papa va a romper con usted, entonces usted va al cisma.

¿Por qué romper con el Papa es hacer cisma? Porque ahí donde está el Papa está la Iglesia católica. Es pues en realidad alejarse de la Iglesia católica. Ahora bien, la Iglesia católica es una realidad mística que existe no solamente en el espacio, en la superficie de la tierra, sino también en el tiempo y en la eternidad. Para que el Papa represente a la Iglesia y sea su imagen, no solamente debe estar unido a ella en el espacio sino también en el tiempo, por ser la Iglesia esencialmente una tradición viviente.

En la medida en que el Papa se alejara de esta tradición, se volvería cismático, rompe­ría con la Iglesia. Los teólogos como San Belarmino, Cayetano, el cardenal Journet y muchos otros, han estudiado esta eventuali­dad.   No es pues una cosa inconcebible.

Pero en lo que nos concierne, el Concilio Vaticano II y sus reformas, sus orientaciones oficiales, nos preocupan más que la actitud personal del Papá, más difícil de descubrir.

Este concilio representa, tanto a los ojos de las autoridades romanas como a los nues­tros, una nueva Iglesia a la que por otra par­te llaman "la Iglesia conciliar".

Creemos poder afirmar, ateniéndonos a la crítica interna y externa del Vaticano II, es decir, analizando los textos y estudiando los pormenores de este Concilio, que éste, al dar la espalda a la tradición y al romper con la Iglesia del pasado, es un Concilio cismático. Se juzga el árbol por sus frutos. En adelante, toda la gran prensa mundial, americana y europea, reconoce que este Concilio está arruinando a la Iglesia católica a tal punto que hasta los incrédulos y los gobiernos laicos se inquietan.

Un pacto de no agresión ha sido concertado entre la Iglesia y la masonería. A esto se lo ha cubierto con el nombre de "aggiornamento", de "apertura al mundo", de "ecumenismo".

En adelante, la Iglesia acepta no ser ya la única religión verdadera, único camino de salvación eterna. Reconoce a las demás re­ligiones como a religiones hermanas. Reco­noce como un derecho acordado por la natu­raleza de la persona humana, que ésta sea libre de elegir su religión y que en consecuencia un Estado católico ya no es admi­sible.

Admitido este nuevo principio, es toda la doctrina de la Iglesia la que debe cambiar, su culto, su sacerdocio, sus instituciones. Por­que hasta ahora todo en la Iglesia manifes­taba que ella era la única en poseer la Verdad, el Camino y la Vida en Nuestro Señor Jesu­cristo, al que tenía en persona en la santa Eucaristía, presente gracias a la continuación de su sacrificio. Es pues un trastrocamiento total de la tradición y de la enseñanza de la Iglesia el que se ha operado desde el Con­cilio y por el Concilio.

Todos los que cooperan en la aplicación de este trastrocamiento, aceptan y adhieren a esta nueva "Iglesia conciliar" — como la de­signa Su Excelencia monseñor Benelli en la carta que me dirige en nombre del Santo Padre, el 25 de junio último —, entran en el cisma.

La adopción de las tesis liberales por un concilio no puede haber tenido lugar sino en un concilio pastoral no infalible, y no puedo explicarse sin una secreta y minuciosa pre­paración, que los historiadores acabarán por descubrir ante la gran estupefacción de los católicos que confunden la Iglesia católica y romana eterna con la Roma humana y sus­ceptible de ser invadida por enemigos cu­biertos de púrpura.

¿Cómo podríamos nosotros, por una obe­diencia servil y ciega, hacerle el juego a esos cismáticos que nos piden que colaboremos en su empresa de destrucción de la Iglesia?

La autoridad delegada por Nuestro Señor al Papa, a los obispos y al sacerdocio en gene­ral está al servicio de la fe en su divinidad y de la trasmisión de su propia vida divina. Todas las instituciones divinas o eclesiásti­cas están destinadas a este fin. Todo el de­recho, todas las leyes, no tienen otro obje­tivo. Servirse del derecho, de las institucio­nes, de la autoridad para aniquilar la fe ca­tólica y no comunicar más la vida es practicar el aborto o la contracepción espiritual. ¿Quién se atreverá a decir que un católico digno de ese nombre puede cooperar en ese crimen peor que el aborto corporal?

Es por ello que estamos sumisos y prontos a aceptar todo lo que es conforme con nues­tra fe católica, tal como fue enseñada du­rante dos mil años, pero rechazamos todo lo que le es opuesto.

Se nos objeta: es usted quien juzga sobre la fe católica. ¿Pero acaso no es el deber más grave de todo católico juzgar la fe que le es enseñada hoy por la que fue enseñada y creída durante veinte siglos y que está ins­crita en catecismos oficiales como el de Trento, de san Pío X y en todos los catecismos de antes del Vaticano II. ¿Cómo han actuado todos los verdaderos fieles frente a las here­jías? Prefirieron derramar su sangre antes que traicionar su fe.

Que la herejía nos venga de cualquier por­tavoz que sea, tan elevado en dignidad como pueda serlo, el problema es el mismo para la salvación de nuestras almas. A propósito de esto existe en muchos fieles católicos una grave ignorancia sobre la naturaleza y la extensión de la infalibilidad del Papa. Muchos piensan que toda palabra salida de la boca del Papa es infalible.

Por otra parte, que la fe enseñada por la Iglesia durante veinte siglos no puede con­tener errores, nos parece mucho más cierto que el hecho de que haya una absoluta cer­teza de que el Papa sea verdaderamente Papa. La herejía, el cisma, la excomunión ipso facto, la invalidez de la elección, son otras tantas causas que, eventualmente, pueden hacer que un papa no lo haya sido nunca o ya no lo sea. En este caso, evidentemente muy excep­cional, la Iglesia se encontraría en una situa­ción semejante a la que conoce después del deceso de un Soberano Pontífice.

Porque, en fin, un grave problema se plan­tea a la conciencia de todos los católicos des­de el comienzo del pontificado de Paulo VI. ¿Cómo un Papa verdadero sucesor de Pedro, asegurado con la asistencia del Espíritu San­to, puede presidir la destrucción de la Igle­sia, la más profunda y la más extensa de su historia en tan poco espacio de tiempo, cosa que ningún heresiarca logró nunca hacer?

Un día habrá que responder a esta pregun­ta. Pero dejando este problema a los teólogos y a los historiadores, la realidad nos obliga a responder prácticamente según el consejo de san Vicente de Lérins: "¿Qué hará enton­ces el cristiano católico si alguna parcela de la Iglesia llegase a desprenderse de la comu­nión de la fe universal? ¿Qué otro partido tomar sino preferir al miembro gangrenado y corrupto el cuerpo en su conjunto que es­tá sano? Y si un nuevo contagio se esfuerza por envenenar no ya una pequeña parte de la Iglesia sino la Iglesia toda entera a la vez, entonces también su gran preocupación será la de apegarse a la antigüedad que evidente­mente ya no puede ser seducida por ninguna novedad mentirosa".

Estamos pues bien decididos a continuar nuestra obra de restauración del sacerdocio católico, pase lo que pase, persuadidos de que no podemos prestar un servicio mejor a la Iglesia, al Papa, a los obispos y a los fieles. ¡Que se nos deje hacer la experiencia de la tradición!


  

Ecône, 2 de agosto de 1976.

UN AÑO DE PONTIFICADO, UN AÑO DE CONFUSIÓN (III)

...Antes de impartir la bendición apostólica a los fieles, Francisco pidió a la muchedumbre que ella rezara primero por él para que Dios lo bendijese. El simbolismo del gesto es claro: la bendición ya no procede de lo alto.

(Continuación)

1. La noche de su elección, Francisco se presentó como el « Obispo de Roma », sin pronunciar la palabra «Papa ». Ese proceder, reiterado luego en varias ocasiones, fue confirmado por la nueva edición del Anuario Pontificio publicado en mayo. Calificándose a sí mismo exclusivamente con el título de Obispo de Roma, y ya no de Papa, Soberano Pontífice o Vicario de Cristo, Francisco realiza un gesto inédito en la historia de la Iglesia, claramente revolucionario, que menoscaba de manera brutal la autoridad de la Sede Romana.

2. Con ocasión de las JMJ celebradas en julio 2013 en Río de Janeiro, Francisco declaró, durante una entrevista de prensa concedida a la televisión brasilera, que « si un niño recibe su educación de los católicos, protestantes, ortodoxos o judíos, eso no me interesa. » Lo que le interesa es « que lo eduquen y que le den de comer. » Tales palabras no requieren comentario. A condición, evidentemente, de no haber perdido la Fe.

3. El 16 de marzo de 2013, al final de la audiencia otorgada a los periodistas del mundo entero en la sala Pablo VI del Vaticano, Francisco les dio una bendición totalmente atípica, una «bendición silenciosa, respetando la conciencia de cada uno.» No se dignó a hacer el signo de la Cruz sobre la multitud de periodistas ni a pronunciar el santo nombre de las Tres Personas Divinas. Lo que nos enseñó Jesús se sitúa en las antípodas de esa falsa noción de respeto:  « Todo poder me ha sido dado en el cielo y en la tierra. Id pues y enseñad a todas las naciones, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a observar todo cuanto os he mandado. » (Mt. 28, 18-20) Nuestro Divino Maestro nos ha dicho también : « A todo el que me confesare delante de los hombres, yo también lo confesaré delante de mi Padre, que está en los Cielos; pero a todo el que me negare delante de los hombres, yo lo negaré también delante de mi Padre, que está en los Cielos. » (Mt. 10, 32-33) Hablemos claramente: el «respeto de la conciencia» alegado por Francisco para dispensarse de ejercer su suprema autoridad apostólica carece de todo fundamento escriturístico, patrístico o magisterial. Se trata de una noción cuyo origen se halla en los « filósofos » del Iluminismo y que forma parte integrante de la enseñanza impartida en las logias masónicas. En la Encíclica Mirari Vos (1832) Gregorio XVI afirma que de la « fuente envenenada del indiferentismo deriva esa máxima falsa y absurda, o mejor dicho ese delirio, según el cual se debe garantizar a cada uno la libertad de conciencia, error de lo más contagioso (…) que ciertos hombres, por un exceso de impudicia, no vacilan en presentar como ventajoso para la religión. »

4. Durante esa misma audiencia dijo que deseaba « una Iglesia pobre para los pobres. » Es un deseo novador y completamente extranjero a la enseñanza y a la práctica bimilenaria de la Iglesia. « María, tomando una libra de ungüento de nardo legítimo de gran valor, ungió los pies de Jesús y los enjugó con sus cabellos, y la casa se llenó del olor del ungüento. Uno de sus discípulos, Judas Iscariote, el que habría de entregarlo, dijo - ¿Por qué este ungüento no se vendió por trescientos denarios y se dio a los pobres? » (Jn. 12, 3-5)

5. El 11 de septiembre Francisco recibió en audiencia privada al religioso peruano Gustavo Gutiérrez, sacerdote modernista, izquierdista y subversivo, quien diera origen al nombre de « teología de la liberación » gracias a su libro homónimo publicado en 1971. Este « teólogo », cómplice de los movimientos marxistas y tercermundistas latinoamericanos comprometidos en la lucha armada revolucionaria, considera que la salvación cristiana pasa por la emancipación de las servidumbres terrenas: « La creación de una sociedad justa y fraterna es la salvación de los seres humanos, si por salvación entendemos el paso de lo menos humano a lo más humano. No se puede ser cristiano hoy sin un compromiso de liberación », es decir, sin recurrir a una praxis histórica marxista ordenada a la emancipación revolucionaria de las masas « oprimidas » socialmente, en el seno de una « iglesia popular » que, gracias a su « conciencia de clase », toma partido por la lucha de los pobres contra la clase poseedora y contra la jerarquía eclesiástica. Es interesante notar que la semana anterior L’Osservatore Romano le había consagrado un largo artículo con motivo de la publicación de un libro que había co-escrito con Monseñor Gerhard Müller, actual prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, intitulado De parte de los pobres, teología de la liberación, teología de la Iglesia.

6. El día de su elección, antes de impartir la bendición apostólica a los fieles congregados en la plaza San Pedro, Francisco pidió a la muchedumbre que ella rezara primero por él para que Dios lo bendijese. El simbolismo del gesto es claro: la bendición ya no procede de lo alto, a través del papa que recibió su investidura de derecho divino, y que él hace descender luego directamente sobre los fieles: nos encontramos ante un gesto que evoca los principios democráticos revolucionarios, según los cuales el poder emana del pueblo, única fuente de legitimidad para el ejercicio de la autoridad.

7. Con ocasión de su homilía en la Casa Santa Marta, en el Vaticano, el 22 de mayo de 2013, Francisco dijo que el Señor salvó « a todos los hombres » por la Sangre de Cristo, y que de este modo se convierten en « hijos de Dios, no sólo los católicos, todos, los ateos también. » Gregorio XVI, en la encíclica citada anteriormente, censuraba « el indiferentismo, esa funesta opinión difundida por la depravación de los malvados según la cual es posible obtener la salvación por cualquier profesión de fe, con tal de que las costumbres sean conformes a la justicia y a la probidad. »

8. Francisco organizó una jornada de oración y de ayuno por la paz en Siria, lo que es en sí mismo algo laudable. Desgraciadamente, este evento fue convocado siguiendo el espíritu del falso ecumenismo conciliar de Nostra Aetate y de Asís, puesto que extiende la invitación « a todos los cristianos de otras confesiones, a los hombres y mujeres de cada religión, así como a los hermanos y hermanas no creyentes. » Esto se opone diametralmente tanto a la doctrina como a la práctica constante de la Iglesia hasta Vaticano II. He aquí lo que decía Pío XI al respecto: «(…) invitan a todos los hombres indistintamente, a los infieles de todo género como a los fieles de Cristo (…) Tales empresas no pueden ser aprobadas por los católicos de ninguna manera, ya que se basan sobra la teoría errónea según la cual todas las religiones son todas más o menos buenas, en el sentido de que todas, aunque de maneras diferentes, manifiestan y significan el sentimiento natural e innato que nos conduce a Dios y nos lleva a reconocer con respeto su poder. La verdad es que los partidarios de esa teoría se extravían en pleno error, pero además, pervirtiendo la noción de la verdadera religión, la repudian (…) La conclusión es clara: solidarizarse con los partidarios y los propagadores de tales doctrinas es alejarse completamente de la religión divinamente revelada. » (Mortalium Animos, 1928) Francisco prosigue diciendo que « la cultura del diálogo es el único camino para la paz. » Ahora bien, esto supone una concepción errónea de la paz, fundada en una visión naturalista de la vida y en el relativismo religioso: estamos ante una utopía humanista y un desconocimiento caracterizado de la naturaleza humana real, caída y redimida por la Sangre de Cristo, redención que se comunica a los hombres a través de su Cuerpo Místico, la Iglesia, fuera de la cual la humanidad, individual y socialmente considerada, permanece cautiva del pecado y sometida al imperio de Satán. En tales condiciones, hablar de «diálogo» como del «único camino para la paz» resulta un embuste grotesco y repulsivo. Sepan disculpar la extensa citación que me veo forzado a realizar para probar lo que digo : « El día en que Estados y gobiernos estimen ser un deber sagrado el atenerse a las enseñanzas y a las prescripciones de Jesucristo en sus relaciones interiores y exteriores, sólo así llegarán a gozar de una paz provechosa, mantendrán relaciones de confianza recíproca y resolverán pacíficamente los conflictos que pudiesen surgir (…) Síguese entonces que no podrá existir ninguna paz verdadera, a saber, la tan deseada paz de Cristo, hasta tanto los hombres no sigan en la vida pública y privada con fidelidad las enseñanzas, los preceptos y los ejemplos de Cristo. Una vez así constituida ordenadamente la sociedad, pueda por fin la Iglesia, desempeñando su divina misión, hacer valer todos y cada uno de los derechos de Dios lo mismo sobre los individuos como sobre las sociedades. En esto consiste la breve fórmula: el reino de Cristo (…) De todo lo cual resulta claro que no hay paz de Cristo sin el reino de Cristo. » (Ubi Arcano, Pío XI, 1922) Y también: « Si los hombres reconociesen la autoridad real de Cristo en su vida privada y en su vida pública, inmensos beneficios –una justa libertad, el orden y la tranquilidad- se propagarían infaliblemente sobre toda la sociedad. » (Quas Primas, Pío XI, 1925)

9. Con ocasión de la ceremonia del lavatorio del Jueves Santo, celebrada en un centro de detención de menores de Roma, entre las personas que representaban a los doce apóstoles había mujeres y musulmanes, lo que infringe gravemente la tradición litúrgica, la que ha recurrido siempre a hombres bautizados, ya que las mujeres no son admitidas al sacerdocio cristiano ni los infieles a las ceremonias litúrgicas. A menos que se pretenda utilizar el culto divino como una oportunidad para promover el feminismo y buscar transformar la santa liturgia en un espacio consagrado al relativismo y al indiferentismo religioso. A menos que se procure convertir la Santa Misa en una vulgar representación de humanitarismo miserabilista y demagógico, a través de una indigna operación de comunicación destinada al sistema mediático planetario, siempre ávido del menor gesto «humanista» y «progresista » de Francisco…La Santa Cena del Señor no fue pues celebrada en la basílica de San Pedro, ni en la catedral de San Juan de Letrán, en presencia del clero y de los fieles romanos y de los peregrinos procedentes del mundo entero para asistir a las festividades de la Semana Santa, sino nada menos que en una cárcel, lugar por completo inconveniente para una acción litúrgica, en presencia de una mayoría de no católicos, en una ceremonia confidencial, inaccesible para los fieles…Y como por casualidad, ese gesto insólito de ruptura de la tradición litúrgica tuvo lugar el día en que la Iglesia celebraba solemnemente la institución de la Santa Eucaristía y del Sacerdocio por Nuestro Señor Jesucristo…Visitar a los prisioneros es ciertamente una acción muy laudable, puesto que es una obra de misericordia. En cambio, servirse de ella como pretexto para rebajar el culto divino celebrando la Misa in Cena Domini en una cárcel, sin clero ni feligreses, sin predicación sobre la institución de la Eucaristía y del sacerdocio cristiano por Nuestro Señor, invitando a participar a infieles en la ceremonia, dista mucho de ser una acción laudable: se trata, lisa y llanamente, de un sacrilegio. Fieles, casi no había. Fotos e imágenes para la televisión, sí. Y dieron la vuelta al mundo. Parece ser que la operación fue todo un éxito.

...se trata, lisa y llanamente, de un sacrilegio.

 10. El 28 de agosto Francisco recibió en la basílica de San Pedro un grupo de 500 jóvenes peregrinos de la diócesis de Piacenza. Hacia el final, les pidió: « recen por mí, porque este trabajo es insalubre, no hace bien. » La misión de pastor universal de las almas, de vicario de Nuestro Señor Jesucristo en la tierra para « apacentar a sus ovejas » (Jn. 21,17) y para «confirmar a sus hermanos en la Fe» (Lc. 22, 32) no constituye para él más que un trabajo, y para colmo, insalubre…Jamás se había escuchado a un papa expresarse en esos términos, en los que vulgaridad y ridículo concurren a una desacralización notoria del ministerio petrino.

«confirmar a sus hermanos en la Fe» (Lc. 22, 32)
no constituye para él más que un trabajo, y para colmo, insalubre…
Jamás se había escuchado a un papa expresarse en esos términos.

11. Así como la primera misiva oficial de Francisco no había tenido por destinatarios a católicos, sino a los judíos de Roma, así también su primer viaje oficial tuvo por beneficiario a gente de otra religión, escogiendo un desplazamiento altamente simbólico y extremadamente mediático, con visos de manifiesto ideológico. En efecto, el 8 de julio acudió a Lampedusa, en memoria de los inmigrantes clandestinos musulmanes que se ahogaron tratando de alcanzar esa isla italiana desde África en el transcurso de los últimos quince años. Y eso en el mismo momento en que Europa, enteramente descristianizada, observa como el islam se vuelve de manera irresistible la religión preponderante, especialmente gracias a la inmigración masiva de musulmanes procedentes de África.

12. En el reportaje concedido a las revistas culturales jesuitas, efectuado por el Padre Antonio Spadaro s.j., director de La Civiltà Cattolica, en el mes de agosto y publicado en L’Osservatore Romano del 21 de septiembre, Francisco expresó un punto de vista totalmente novador en lo que concierne la naturaleza de la virtud teologal de la Fe, aseverando que la duda y la incertidumbre deberían formar parte de ella, so pena de caer en la «arrogancia», de encontrar a un Dios que sería «a nuestra medida», de tener sobre El una visión «estática y no evolutiva», de tender de un modo exagerado hacia la «seguridad doctrinal»…¿Puede pretenderse honestamente que no se trataría, como de costumbre, sino de una enésima citación malintencionada, de carácter tendencioso y sacando sus palabras del contexto? He aquí las declaraciones incriminadas: «Por supuesto, en ese buscar y encontrar a Dios en todas las cosas, queda siempre una zona de incertidumbre. Debe existir. Si alguien dice que encontró a Dios con una certeza total y que no deja ningún margen de incertidumbre, significa que algo no funciona (…) El riesgo de buscar y de hallar a Dios en todo es entonces la voluntad de explicitar demasiado; de decir con certeza humana y arrogancia: ‘‘Dios está aquí’’. Así sólo encontraremos un Dios a nuestra medida (…) Quien hoy día no aspira sino a soluciones disciplinares, quien tiende de manera exagerada a la ‘‘seguridad’’ doctrinal, quien busca obstinadamente recuperar el pasado perdido, tiene una visión estática y no evolutiva. De este modo, la Fe se vuelve una ideología como cualquier otra.» Francisco reiteró la misma idea en su Mensaje para la jornada de las comunicaciones sociales, presentado el 23 de enero, en el cual sostiene que «dialogar significa estar convencido que el otro tiene algo bueno para decirnos, hacerle un lugar a su punto de vista, a sus proposiciones. Dialogar no significa renunciar a sus propias ideas y tradiciones, pero sí a la pretensión de que sean únicas y absolutas.» Se observará la contradictio in terminis flagrante de la última frase, y forzoso es comprobar que con tales principios se firma, ni más ni menos, la sentencia de muerte de la Fe, para naufragar en los abismos del subjetivismo y del relativismo modernistas más explícitos.

13. En su Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium (§ 247 à 249), publicada el 24 de noviembre, Francisco afirma que la Antigua Alianza «no ha sido nunca revocada», que no debe considerarse al judaísmo talmúdico actual, estructurado en oposición a Cristo y a la misión evangelizadora de la Iglesia, como a «una religión extranjera» ni decir que los judíos estén llamados a «convertirse al verdadero Dios», puesto que juntos creemos «en el único Dios que actúa en la historia» y «acogemos con ellos la común Palabra revelada.» Pero desafortunadamente para Francisco, el cristiano verdadero bien sabe que sus enseñanzas son falsas y que ellas no pueden provenir sino del padre de la mentira, ya que aprendió que «quien niega al Hijo tampoco tiene al Padre; quien confiesa al Hijo, confiesa también al Padre.» (1 Jn. 2,22) y además que «todo espíritu que confiesa a Jesucristo venido en carne es de Dios ; y todo espíritu que no confiesa a Jesús, no es de Dios.» (1 Jn. 4, 2-3). Francisco prosigue luego sus afirmaciones insensatas, en ruptura total con el magisterio y la tradición unánime de la Iglesia durante veinte siglos, diciendo que «Dios sigue obrando en el pueblo de la primera Alianza y hace nacer tesoros de sabiduría que brotan de su encuentro con la Palabra divina. Por eso, la Iglesia también se enriquece cuando acoge los valores del judaísmo (…) Existe una rica complementariedad que nos permite leer juntos los textos de la Biblia hebraica y ayudarnos recíprocamente para profundizar las riquezas de la Palabra.» Perdón, pero la Palabra de Dios es idéntica al Verbo de Dios, a la segunda Persona de la Santísima Trinidad, que «se hizo carne y habitó entre nosotros» (Jn. 1, 14) y de la cual se dice igualmente que «vino a los suyos, pero los suyos no lo recibieron» (Jn. 1, 11) : los «suyos» son los judíos, quienes, en su gran mayoría, rechazaron a Jesucristo, el Verbo encarnado, la Palabra de Dios hecha carne. Atreverse a sostener, contra la enseñanza explícita dela Sagrada Escritura, que «acogemos con ellos la común Palabra revelada» y que «tesoros de sabiduría nacen de su encuentro con la Palabra divina» supone o bien una ignorancia supina, o bien una mala fe diabólica. En cualquier caso, estamos ante un serio problema, si se me permite el eufemismo…Y confieso que no puedo dejar de interrogarme: ¿llegará acaso el momento en que se prohíba a los fieles rezar por la conversión de los judíos, por considerarlo como un acto de «intolerancia religiosa», «discriminatorio» y «antisemita»? ¿Veremos el día en el que se nos impondrá coactivamente la nueva teología conciliar a efectos de dejarnos así «enriquecer con los valores del judaísmo (habla del actual, falso, talmúdico y anti-cristiano)? ¿Seremos a término obligados a adoptar la exégesis judía para «leer juntos los textos bíblicos» y «profundizar las riquezas» contenidas en las Escrituras?¿Hasta dónde nos conducirá la locura desatada por Nostra Aetate ? No hace falta ser profeta para predecir que si la lógica interna de ese documento revolucionario se desplegara hasta sus últimas consecuencias (y, a vista humana, resulta difícil vislumbrar otro desenlace…), se llegaría ineluctablemente a la apostasía generalizada y los fieles, debidamente aclimatados desde hace décadas por lobos despiadados disfrazados de ovejas a esa mutación radical de la Fe que es la impostura del ecumenismo «judeo-cristiano», se encontrarían preparados para acoger al «mesías » que espera la Sinagoga, y que no es otro que el Anticristo, como nos lo advierte claramente Nuestro Señor profetizando ante los judíos incrédulos de su época: «Yo he venido en nombre de mi Padre y vosotros no me habéis recibido ; otro vendrá en su propio nombre y vosotros lo recibiréis.» (Jn. 5, 43) En estas proféticas palabras de Nuestro Señor se halla la clave interpretativa de los tiempos históricos en los que nos es dado vivir, junto a 2 Tesalonicenses 2 y Apocalipsis 13.

14. En una entrevista mantenida con el periodista ateo Eugenio Scalfari el 24 de septiembre en el Vaticano, publicada por el cotidiano izquierdista La Repubblica el 1 de octubre, Francisco realizó unas declaraciones pasmosas. Cabe precisar que esta entrevista fue publicada en el sitio oficial de la Santa Sede, lo que le confería un rango magisterial. Fue retirada al cabo de un mes y medio, a causa de las incesantes polémicas y de las numerosas protestas que había suscitado en ámbitos católicos conservadores. Pero la entrevista permanece considerada «confiable en líneas generales», asegura el Padre Federico Lombardi, el encargado de la sala de prensa de la Santa Sede. Además, el artículo fue íntegramente publicado por el cotidiano del Vaticano, L’Osservatore Romano, incluso en su versión semanal italiana del 8 de octubre. Sin esas polémicas y protestas, la entrevista aún se hallaría en el sitio oficial del Vaticano, entre los documentos oficiales del nuevo pontificado…Tras haber expuesto el contexto, leamos algunos pasajes: «Los males más graves que afligen al mundo hoy son el desempleo de los jóvenes y la soledad en la que son abandonados los ancianos.» Frente a semejante sentencia, resulta imposible no interrogarse: ¿Más graves incluso que la legalización de la pornografía y del aborto, del divorcio y de la contracepción, del «matrimonio» homosexual y de la adopción «homoparental» ? ¿Más graves todavía que la apostasía de las naciones antaño católicas, que la escuela sin Dios, que la «cultura» de masa hedonista y que la ignorancia religiosa casi absoluta de la juventud? A renglón seguido, al periodista que se imagina que Francisco podría intentar convertirlo, éste le responde tranquilizándolo en términos inverosímiles: «El proselitismo es soberanamente absurdo, no tiene ningún sentido. Hay que conocerse, escucharse mutuamente y aumentar el conocimiento del mundo que nos rodea (…) Creo que ya he dicho al comienzo que nuestro objetivo no es el proselitismo sino la escucha de las necesidades, de los deseos, de las ilusiones perdidas, de la desesperación y de la esperanza. Tenemos que devolverles la esperanza a los jóvenes, ayudar a los viejos, mirar al futuro, propagar el amor.» Afirmaciones de este tenor podrían ser rubricadas sin vacilar por un masón, un «libre-pensador» o un filósofo «humanista»…No es por nada que Scalfari ha podido decir acerca de las declaraciones de Francisco que «nunca antes la cátedra de San Pedro había dado muestras de una apertura tan grande hacia la cultura moderna y laica, de una visión tan profunda en lo referido a la conciencia y a su autonomía.» He aquí otra sentencia bergogliana: «Todo ser humano posee su propia visión del bien y del mal. Nuestra tarea reside en incitarlo a seguir el camino que el considere bueno (…) No dudo en repetirlo: cada uno tiene su propia concepción del bien y del mal, y cada uno debe escoger seguir el bien y combatir el mal según su propia idea.» Esto no es sino puro naturalismo, relativismo moral e indiferentismo religioso. ¡Y pensar que nosotros creíamos, sin dudas algo ingenuamente, que la principal tarea de los clérigos consistía en anunciar a los hombres la salvación en Jesucristo! Pero retomemos la seriedad: salta a la vista de todo creyente medianamente instruido que la doctrina católica se sitúa en las antípodas de esas palabras inauditas y escandalosas en boca de quien ocupa la sede de San Pedro…Acá tenemos dos de las proposiciones solemnemente reprobadas por Pío IX en su Syllabus de 1864 : «Las leyes de la moral no requieren la sanción divina y no es en absoluto necesario que las leyes humanas se conformen con el derecho natural o reciban de Dios el poder de obligar.» (n° 56) «La ciencia de las cuestiones filosóficas y morales, así como las leyes civiles, pueden ser sustraídas a la autoridad divina y eclesiástica.» (n° 57) Pasemos a continuación a la última salida de Francisco: «Yo creo en Dios. No en un Dios católico, porque no existe un Dios católico, existe Dios (…) Por mi parte, observo que Dios es luz que ilumina las tinieblas, incluso si no las disipa, y que una chispa de esta luz divina se encuentra dentro de cada uno de nosotros (…) (Pero) la trascendencia permanece, porque esta luz, toda la luz que se encuentra en todos, trasciende el universo y las especies que lo habitan durante esta fase.» Francisco hace suya la posición teológica de su amigo y mentor, el cardenal jesuita Carlo Maria Martini, al que en dos oportunidades cita elogiosamente en su conversación con Scalfari, consignada en su último libro, editado en 2008, Conversaciones nocturnas en Jerusalén. Sobre el riesgo de la Fe, en el cual este eclesiástico progresista y francmasón, reconocido como tal por el Gran Oriente de Italia, afirmaba que «no se puede convertir a Dios en católico. Dios está más allá de los límites y de las definiciones que establecemos.» Los dichos consternantes de Francisco eximen de mayor comentario: ellos corresponden más a una gnosis naturalista y panteísta a la Teilhard de Chardin (¡Otro jesuita más! San Ignacio de Loyola debe estar que se revuelve en su tumba…) que a lo que nos enseñan la revelación divina y el magisterio de la Iglesia sobre la naturaleza de Dios, la creación y el orden sobrenatural.

15. Durante una homilía pronunciada el viernes 20 de diciembre en la capilla de la Casa Santa Marta, en el Vaticano, Francisco dió a entender que la Santísima Virgen María experimentó sentimientos de rebeldía al pie de la Cruz, que fue tomada de improviso por la Pasión de su divino Hijo, que creyó que las promesas formuladas por el ángel Gabriel el día de la Anunciación no eran sino mentiras y que por ende había sido engañada. Cito sus palabras: «Ella estaba silenciosa, pero en su corazón, ¡cuántas cosas le decía al Señor! ¡Tú, aquel día, me dijiste que sería grande; me dijiste que le darías el trono de David, su padre, que reinaría para siempre y ahora lo veo aquí! ¡La Virgen era humana! Y tal vez tenía ganas de decir : ¡Mentiras! ¡Me han engañado!» Estas palabras son sencillamente escandalosas. La tradición nunca ha atribuido a María sentimientos de revuelta ante el sufrimiento. Su disposición permanente en toda circunstancia fue la que tuvo el día de la Anunciación: «He aquí la servidora del Señor, que me sea hecho según tu palabra.» (Lc. 1, 38) La Iglesia venera a María como Reina de los Mártires, lo que no habría sido posible si no hubiese consentido a realizar el infinito sacrificio que Dios le pedía: hacer entrega de la vida de su divino Hijo con miras a la salvación de la humanidad caída, y del cual ella era plenamente consciente desde la profecía que le hiciera Simeón el día de la Presentación del Niño Jesús en el Templo: «Y a tí una espada te atravesará el alma para que se descubran los pensamientos de muchos corazones.» (Lc. 2, 35) Como lo explica San Alfonso María de Ligorio, Doctor de la Iglesia, en su obra Las glorias de María: «Cuanto más amaba a Jesús, tanto más su sufrimiento se acrecentaba, al considerar que debía perderlo por una muerte tan cruel. Cuanto más se acercaba el tiempo de la Pasión de su Hijo, tanto más desgarraba su corazón de madre la espada de dolor predicha por Simeón.» (Segunda parte, Primer Dolor) Y también: «(…) María, quien por amor de nosotros consintió en verlo inmolado a la justicia divina por la barbarie de los hombres. Los espantosos tormentos que María padeció, tormentos que le significaron más de mil muertes (…) Contemplemos unos instantes la amargura de esta pena, que hizo de la divina Madre la Reina de los mártires, dado que su martirio sobrepasa el de todos los mártires (…) Como la Pasión de Jesús comenzó a su nacimiento, según San Bernardo, así María, semejante en todo a su divino Hijo, sufrió el martirio durante toda su vida.» (Segunda parte, Discurso XI) Ningún signo de rebeldía ni de ignorancia en María, sino una completa sumisión a la voluntad divina y una total conciencia en su acto libre y voluntario de consentimiento en la inmolación de su divino Hijo por la salvación de los hombres. Así como Eva fue íntimamente asociada a la falta de Adán, así también María, la nueva Eva, fue asociada estrechamente al sacrificio redentor de Jesús, el nuevo Adán, sobre el altar de la Cruz. Esa es la doctrina tradicional de la Santa Iglesia de Dios, en conformidad con la revelación divina, en las antípodas de los dichos impíos y blasfematorios proferidos por quien ocupa la cátedra de San Pedro.

16. Francisco recibió a José Mujica, presidente del Uruguay, el sábado 1 de junio con motivo de una larga audiencia privada. Luego de ella declaró a la prensa sentirse «muy feliz de haber podido discutir con un hombre sabio.» Este hombre «sabio» fue miembro de los Tupamaros, una de las principales organizaciones terroristas latino-americanas durante los años 60’/70’, cuya actividad criminal comenzó mucho antes del golpe de estado militar de 1973. Pasó 15 años en la cárcel, condenado por asesinato, secuestro y actos de terrorismo. Fue liberado en 1985, «amnistiado» por el gobierno de Julio Sanguinetti. Mujica se negó a asistir a la ceremonia de inauguración del nuevo pontificado, en razón de su ateísmo militante. Cabe precisar que su gobierno aprobó la ley autorizando el aborto en octubre de 2010, la del «matrimonio» homosexual y de la adopción «homo-parental» en abril de 2013 y la de la legalización del cultivo, la venta y el consumo de marihuana en diciembre de 2013. Que un hombre de Iglesia pueda recibir en audiencia pública a semejante individuo, dejarse fotografiar a su lado sonriente y dándole un abrazo, para luego hacer de él un elogio encendido a la prensa es algo que supera lo imaginable. Sobre todo considerando que ese «hombre de Iglesia» es ni más ni menos que quien a los ojos del mundo pasa por ser el sucesor de San Pedro…

Francisco fue elegido «Hombre del año»
por Vanity fair y Rolling Stone, entre otras publicaciones.

17. Como consecuencia de todos esos gestos políticamente muy correctos y mediáticamente irresistibles, Francisco fue elegido «Hombre del año» por la edición italiana de la revista Vanity Fair. Otro tanto hizo la revista estadounidense Time tres días después, dedicándole la tapa con el título «El Papa del pueblo». Vanity Fair interroga a varias celebridades sobre el nuevo papa, todas fascinadas por su humildad y su carisma. Así, por ejemplo, el famoso cantor sodomita «Sir» Elton John declara que «Francisco es un milagro de humildad en una época dominada por la vanidad. Espero que sabrá hacer llegar su mensaje hasta las personas más marginadas en la sociedad, pienso por ejemplo en los homosexuales. Esta papa parece querer llevar a la Iglesia a los antiguos valores de Cristo, pero conduciéndola a la vez al siglo XXI.» Otra «celebridad » de fama mundial, el modista pederasta alemán Karl Lagerfeld, dijo por su parte que a él «le gusta el nuevo papa, tiene un no sé qué de divino, con un gran sentido del humor», pero añade seguidamente que él no necesita «a la Iglesia» y que no cree «ni en el pecado ni en el infierno». Tiempo después, en diciembre, la revista Time lo eligió también «Hombre del año 2013», haciéndolo suceder en el preciado historial al militante pro-aborto y pro-«matrimonio gay » Barack Obama. En el mismo mes de diciembre, la célebre revista de la comunidad homosexual estadounidense, The Advocate, le otorgó igualmente el premio de «Persona del año 2013», explicando a sus lectores que las declaraciones de Francisco son «las más alentadoras que un pontífice haya pronunciado jamás con respecto a los gays y a las lesbianas» y que, gracias a él, «los católicos LGBT tienen ahora fundadas esperanzas de que el tiempo propicio al cambio haya llegado». A Francisco fue dedicada también la tapa de la famosísima revista pop estadounidense Rolling Stone del mes de febrero, bajo el título Pope Francis: The times they are a-changin’ (Papa Francisco: Los tiempos están cambiando), que retoma el nombre de la legendaria canción contestataria de Bob Dylan de los años 60’ para aplicarlo a su acción durante su primer año de pontificado. Time, Vanity Fair, The Advocate, Rolling Stone: estamos hablando de cuatro de las publicaciones emblemáticas de la cultura subversiva, libertaria y decadente que prevalece en el mundo occidental desde el final de la segunda guerra mundial. Las cuatro hacen de Francisco su «héroe» del «progreso», su ícono del «cambio», ven en él la encarnación de la apertura mental hacia la «modernidad» y las cuatro se deshacen en alabanzas ditirámbicas hacia su persona. De nada sirve negar la realidad, por difícil que sea mirarla de frente: esto es algo que no tiene precedentes en la historia de la Iglesia y que no puede sino turbar profundamente el alma de los fieles. En estos tiempos diabólicos en los que la confusión reina soberanamente en la inmensa mayoría de las almas, no debe perderse de vista que, en lo que atañe a nuestras relaciones con el mundo, el cual se halla «enteramente bajo el imperio del Maligno» (1 Jn. 5, 19), Nuestro Divino Maestro nos advirtió explícitamente: «Si el mundo os odia, sabed que me odió a mí antes que a vosotros. Si fuéseis del mundo, el mundo amaría lo que le pertenece; pero como no sois del mundo, porque Yo os saqué del mundo, el mundo os odia.» (Jn. 15, 18-19)

Estoy descorazonado por verme en conciencia obligado a escribir esto. Entristecido en grado sumo. Anonadado, a decir verdad. ¡Cómo desearía que las cosas fuesen diferentes! Poder confiar y dejarme guiar. Me horroriza la oposición a la autoridad, la disputa, el conflicto: es una actitud ajena a mi naturaleza. Cada día imploro al Señor tenga a bien abreviar esta situación tan penosa, humanamente insoportable. A la espera de que El se digne a intervenir, me resulta imposible guardar silencio. A pesar de que querría poder hacerlo. Más de lo que podría imaginarse. Pero sencillamente no puedo: me sentiría avergonzado de mí mismo. La hora es grave. La confusión reina. El mal es profundo. Callar es volverse cómplice. Lo que está en juego es vital: se trata, ni más ni menos, de lograr conservar la Fe. Y de seguir profesándola públicamente. En el interior de la Iglesia como fuera de ella. Ser testigos de la Verdad frente a nuestros contemporáneos, presa del error y de la mentira vueltos sistema. Institucionalizados. Hay que dar testimonio, «a tiempo y a destiempo», nos exhorta San Pablo (2 Tim. 4,2). Como saben, testigo, en griego, se dice mártir. Esa es nuestra situación. En sentido literal, quizás aun no en nuestros países, pero en el figurado muy a menudo, y en todas partes. Los saludo fraternalmente en el Señor. Quiera El alumbrar nuestro camino terrestre con su claridad divina y guiar nuestros pasos hacia la gloria de su Reino venidero. Maranatha: «¡Ven, Señor Jesús!» (Ap. 22,20)

Terminado el dos de febrero de 2014, en la solemnidad de la Presentación del Niño Jesús en el Templo y de la Purificación de la Santísima Virgen María.

Alejandro Sosa Laprida